jueves, 21 de marzo de 2013

EL MAL DE BUBAS

A. Casas.

En El coloquio de los perros, Cervantes hace decir a Berganza

   Que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la Universidad de Salamanca, dos mil oían Medicina: Infiero, o que estos dos mil médicos han de tener enfermos que curar (que sería harta plaga y mala ventura), o ellos se han de morir de hambre.
   En este dialogo canino, Cervantes apunta la calamitosa situación sanitaria de España en aquella época donde, solamente en Sevilla, había más de ochenta hospitales que no daban abasto para atender a la legión de enfermos de lepra, erisipela, fiebres cuartanas tabardillo, influenza, modorra, fiebre amarilla (Vómito prieto), bubas y mil más que iban y venían de Flandes, de Italia, de las Indias Occidentales y de otros lugares donde no se ponía el sol pero sí la maldición venérea.

   Las bubas, llamada también con otros nombres: mal serpentino, mal de Jacob, morbo gálico (mal francés), mal napolitano, pudendagra, mal cortesano, sarna egipciaca, peste blanca, mal villano y varios más, era una enfermedad conocida desde muy antiguo, aunque su difusión y expansión pandémica, con síntomas y patologías hasta entonces desconocidas, tuvo su auge a partir del Descubrimiento de América, por lo que se creyó que el mal procedía de aquellas tierras, y así lo manifiesta Rodrigo Ruíz de Isla (Tratado contra el mal serpentino. (1539), en el que asegura que lo trajeron los españoles de la isla Española. El nombre de sífilis fue creado por el veronés Girolamo Fracastoro en 1530 en un poema en el que el pastor Syphilo insulta al dios Apolo y éste le condena a sufrir dicha enfermedad.

Bubas.- (Covarrubias. Tesoro de la Lengua Castellana o Española. 1611).- El mal que llaman francés, que tanto ha cundido por el mundo. Buba es nombre francés, y vale póstula, porque las bubas picaras arrojan a la cara y a la cabeça unas postillas, que es forçoso andar el paciente lleno de botanas.

   Esta terrible enfermedad producida por la bacteria treponema pallidum, se contrae a través de comercio intersexual por vía de contagio excepto, naturalmente, los clérigos y eclesiásticos que la padecen, única y exclusivamente, por mor de la corrupción del aire. Durante los siglos XV, XVI y XVII estaba extendida por toda Europa, y en España preferentemente localizada en ciudades portuarias, como Barcelona, Valencia, Cádiz y Sevilla, en las que se fundaron hospitales dedicados a la cura del mal, aunque estos centros existían prácticamente en todo el reino. Precisamente, en el Hospital de las bubas de Valladolid, Cervantes sitúa la trama de El casamiento engañoso.
   En este Hospital, llamado Hospital de la Resurrección, que está en Valladolid, fuera de la Puerta del Campo, no lejos de la casa de Cervantes mientras vivió en esa ciudad, recibía tratamiento el alférez Campuzano, cuya primera fase de haber sudado en veinte días todo el humor que quizá granjeó en una hora, le había dejado tan debilitado que apenas si podía sostenerse en pie.
   Al preguntarle un amigo el por qué de tan lastimosa situación, el alférez contestó que, salgo de aquel hospital, de sudar catorce cargas de bubas que me echó a cuestas una mujer que escogí por mía, que no debiera.
   Los síntomas de la enfermedad los describe así:

Mudé posada y mudé el pelo dentro de pocos días, porque comenzaron a pelárseme las cejas y las pestañas, y poco a poco me dejaron los cabellos, y antes de edad me hice calvo, dándome una enfermedad que llaman lupicia, y por otro nombre más claro, la pelarela. Halleme verdaderamente hecho pelón, porque ni tenia barbas que peinar ni dinero que gastar. Fue la enfermedad caminando al paso de mi necesidad, y como la pobreza atropella a la honra, y a unos lleva a la horca, y a otros al hospital....llegado el tiempo en que se dan los sudores en el Hospital de la Resurrección, me entré en él, donde he tomado cuarenta sudores. Dicen que quedaré sano, si me guardo.

   El tratamiento se basaba en aislar al enfermo en una habitación de reducidas dimensiones, sin ventilación, casi a oscuras, arropándolo con mantas y teniendo encendido, día y noche, un brasero que mantenía la pieza a una temperatura altísima, condiciones que garantizaban la sudación, amén de la medicación a base de la cocción, a fuego lento, de jarabe de palo que se le suministraba cada cuatro horas para que el mal se escapara por los poros, indudablemente, bien abiertos.

   El jarabe de palo consistía en un cocimiento de palo santo o guayaco, árbol procedente de las Indias, cuya resina tiene poderes sudoríficos comprobados, y parece ser que fue introducido en España, en 1508, por un tal Juan Gonzalvo, que se curó en las Indias, lo trajo a España dedicándose a curar con estos leños de madera durísima del mismo modo que a él le había curado un médico indiano. En forma de emplasto se ponía sobre las llagas y partes purulentas, aunque otro procedimiento era cubrirlas de botanas, es decir, de astillas y virutas de guayaco cocidas. En algunos hospitales se aplicaban tinciones mercuriales, que antes mataban que curaban; cómo se creía que esta enfermedad era un castigo de Dios (Andrés Laguna: De Ebano), estos métodos funcionaban si iban acompañados de paternosters, cuantos más, mejor. En Italia este método curativo se introdujo unos veinte años mas tarde, y según el italiano Antonio Brasavola, que fue médico de Francisco I, que le puso el sobrenombre de Musa en memoria del médico del emperador Augusto, cuenta en su obra Morbo gallico que el primer paciente al que se aplicó y sanó fue al gran humanista Eneas Silvio Piccolomini (1405-1464), nombrado Papa con el nombre de Pio II en 1458.
   Había, asimismo, remedios contra la infección, como lavarse, antes del coito, las partes activas (verga y vulva) con vino y vinagre, y, para después del acto, se debía embadurnar el miembro con cuerno de ciervo molido durante cuatro horas por lo menos; de no tener un ciervo a mano, se recomendaba un cocimiento de aloe.
   Las curas, de una duración de treinta días, se realizaban en primavera y  en otoño, pero podían evitarse con los mentados remedios y una maceta de aloe en el patio de la casa, por si acaso.
   Erasmus de Rotterdam con humor negro sentenciaba, un hombre noble sin sífilis o no era hombre o no era demasiado hombre.

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