lunes, 3 de marzo de 2014

EL ALMIRANTE PAPACHÍN



Alberto Casas

            Una de las causas más disparatadas que originó una serie de conflictos navales de trágicas y costosas consecuencias, tanto en pérdidas y graves daños en los navíos enfrentados, como en el absurdo y dramático coste de miles de vidas humanas, no fue otra que el uso y abuso del poder y de la soberbia, exigiendo el poderoso pleitesía al más débil invocando reglas y normas que debían de ser de cortesía, reconocimiento y respeto, como era la inveterada, tradicional y antiquísima costumbre de saludarse en alta mar, o al entrar y salir de un puerto, bien con música y redobles de tambor y el grito repetido tres veces por la tripulación de ¡uh!, ¡uh!, ¡uh!, o el ¡hurra!, ¡hurra, ¡hurra! de las naves nórdicas, o, por ejemplo, el ¡ah!, ¡ah!, ¡ah! de las galeras venecianas. Este ceremonial público de caballerosidad ya es citado por Virgilio en la Eneida y Cervantes relata el embarque de don Quijote y Sancho en unas galeras, en Barcelona:

apenas llegaron a la marina, cuando todas las galeras abatieron tienda, y sonaron las chirimías; arrojaron luego el esquife al agua, cubierto de ricos tapetes y de almohadas de terciopelo carmesí, y en poniendo que puso los pies en él don Quijote, disparó la capitana el cañón de crujía, y las otras galeras hicieron lo mismo, y al subir don Quijote por la escala derecha, toda la chusma le saludó como es usanza cuando una persona principal entra en la galera, diciendo: ¡Hu, hu, hu! tres veces.

   Con la aparición de navíos expresamente construidos para misiones de guerra y provistos de una potente artillería en batería y capaces de liderar el dominio de los mares, algunas potencias marítimas, como manifestación de su poderío, comienzan a exigir que en alta mar se les rinda homenaje mediante el saludo correspondiente, consistente en el abatimiento de banderas y estandartes, arriar las gavias o amolar las velas (abrirlas hasta que el viento las hinche pero procurando que no flameen; con esta maniobra el navío pierde velocidad) y disparar una serie de salvas, siempre un número impar, ritual que una vez efectuado sería contestado por el navío reverenciado. El incumplimiento de esta regla injustificadamente impuesta por el más fuerte, se consideraba un agravio y justo motivo de casus belli.
   Esta falta de acatamiento, sumisión y docilidad dio lugar a un trágico incidente entre el almirante español Honorato Bonifacio Papachino, comúnmente llamado Papachín,  que en 1688 recibe la orden de dirigirse a Alicante, desde Nápoles de donde zarpa el 28 de mayo de dicho año, con dos naves de la flota de Flandes, el galeón Carlos III y la fragata San Jerónimo, y estando el 2 de Junio a la demora de Altea, se les acercaron por barlovento tres navíos franceses, al mando del Caballero de Tourville, que solicitó se le hicieran los honores que exigía le correspondían, privilegio que Papachino negó que tuviera y que por lo tanto no tenía obligación alguna de rendir saludo a la flota francesa, ni a otra nación, más que en régimen de reciprocidad, tal como el Reino de España lo tenía establecido con Francia, Inglaterra, Portugal, Polonia, Dinamarca, Suecia y los Estados Pontificios, máxime estando en aguas propias, en cuyo caso la cortesía incumbe al navío forastero.
   Con esta respuesta a la conminatoria demanda, los franceses trataron de abordar las naves españolas cañoneándolas, y tras haber sufrido unas 60 bajas, el San Jerónimo se rindió, mientras que Papachino, después de una heroica y desigual defensa ante fuerzas muy superiores, hubo de hacerlo forzosamente al haber perdido el palo mayor y el timón, impidiéndole maniobrar y contando ya con unos 120 hombres muertos, situación límite que le obligó a hacer el saludo, que no cortesía, que se le exigía; satisfecho, se dignó contestar Tourville desde su navío insignia Content.
   Efectuadas las reparaciones más indispensables, el Carlos III pudo navegar hasta Benidorm para su reparación y descarga de los efectos y documentos consignados a la Corte. El Rey aprobó sin reservas el proceder de Papachino, mientras al comandante de la San Jerónimo, Juan Amant Bli, se le sometió a Consejo de Guerra.
   Honorato Bonifacio Papachino nació en la isla de Cerdeña, y siendo muy joven se alistó como soldado en los Tercios de Mar, ascendiendo muy rápidamente en reconocimiento a sus acciones en misiones de guerra, en el Mediterráneo contra los berberiscos y los turcos, y en el estrecho de Gibraltar, al mando de 6 bajeles apresó un navío francés, a un argelino de 40 cañones, y un convoy holandés de 6 naves con pertrechos a un puerto francés. Asimismo destacó en la defensa del Peñón de Alhucemas; escoltó a los galeones de Indias e intervino eficazmente en la defensa de Barcelona. En 1664 fue nombrado Capitán de Mar y en 1667 se le concedió el título de Almirante ad honore por los muchos años que ha servido con diferentes plazas hasta la de Capitán y por los viajes, ocasiones y combates en que obró con valor y crédito de soldado y marinero.
   En 1679, el VI duque de Veragua, don Pedro Manuel Colón de Portugal y de la Cueva, ensalzando sus buenas condiciones de marinero y soldado, así como por la experiencia y valor con que ha servido tantos años y haber cumplido como bueno en las ocasiones de pelear que se han ofrecido, lo propone para Almirante de la flota de Flandes, compuesta por los galeones Carlos III y San Pedro Alcántara, la fragata San Jerónimo y el patache Castilla; en 1684 se le otorga un sobresueldo de 500 escudos y el titulo de Almirante Real; en 1694 es nombrado Jefe Superior de la Armada, retirándose del servicio activo en 1697, pasando sus últimos años en el Puerto de Santa María.

   Sin embargo, su fama proviene de negarse a cumplimentar le etiqueta impuesta por el rey francés Luis XIV, y que sólo la superioridad del enemigo lo hizo doblegar para evitar más muertes entre sus hombres, acción naval de bizarría y dignidad de la que nació el refrán: la escuadra de Papachin, un navío y un bergantín, expresando la inferioridad de una flota en combate.

No hay comentarios:

Publicar un comentario