martes, 18 de febrero de 2014

HUELVA EN LAS ISLAS GALÁPAGOS

Alberto Casas.
           
Vasco Núñez de Balboa, acompañado de su perro Leoncico (hijo del célebre Becerrillo que tenía paga de ballestero) y por un grupo de 66 españoles, entre los que iba Francisco Pizarro y varios de Huelva, como Pedro Martín de Palos, Juan de Beas, Juan García, Juan Gallego, y Pedro Fernández, de Aroche, entre otros, descubrió la Mar del Sur, que también fue llamada Lago Español, y Magallanes bautizó con el definitivo de Océano Pacifico. Del evento de Vasco Núñez de Balboa levanta la preceptiva acta el escribano Andrés de Valderrábano:
   Y en martes veinte e cinco de aquel año de mil e quinientos trece, a las diez horas del día, yendo el capitán Vasco Nuñez en la delantera de todos los que llevaba por un monte raso, vido desde encima de la cumbre dél, la Mar del Sur…
   El citado monte raso lo identifican con el actual Cerro Gigante. En la relación el escribano explica que el descubridor, metiéndose en el agua hasta las rodillas dio vivas a

Los muy altos e poderosos señores don Fernando e doña Juana, reyes de Castilla e de León, e de Aragón, etc., en cuyo nombre e por la corona real de Castilla tomo e aprehendo la posesión real e corporal e actualmente destos mares e tierras, e costas, e puertos, e islas australes…

   El acontecimiento, de suma trascendencia, suponía la posibilidad del descubrimiento de nuevas tierras, de la explotación de sus riquezas y el establecimiento de un puente marítimo con las islas de las Especierías en las Indias Orientales. Asimismo, abría rutas para la exploración de la costa occidental americana en la búsqueda de un paso que comunicara los dos océanos, labor en la que también destacaron marinos de Huelva, como Andrés Niño, Antón Martín y Alonso Quintero.
   Con la fundación de Panamá comienzan las expediciones marítimas del Pacifico, principalmente de las aguas que bañaban las costas al sur de la Castilla del Oro y que realizan navegantes, como el Adelantado Pascual de Andagoya y, especialmente, el moguereño Bartolomé Ruíz, uno de los 13 de la fama, el verdadero descubridor del Perú y el primero que llevó a Panamá noticias del fabuloso imperio de los Incas. Bartolomé Ruiz bojeó aquellas costas cartografiándolas, siendo el primero también que atravesó la línea equinoccial del Pacifico reconociendo el litoral norte del Arauco (Chile) y dando cuenta de la existencia de una poderosa corriente que hoy se llama de Humboldt, exploración que más tarde continuó y completó el también moguereño Juan Fernández Ladrillero, del que Andagoya dice en una carta que escribió a Carlos V que es el hombre de más verdad, ciencia y habilidad que había encontrado.

   La conquista del Perú originó una serie de conflictos entre pizarristas y almagristas sobre los límites de sus respectivas gobernaciones, enmarcadas en territorios tan amplios como poco conocidos, situación que decidió al Emperador a nombrar al obispo de Panamá, Tomás de Berlanga, para que arbitrara en tan enojosa cuestión. El obispo fracasó en la misión encomendada por la intransigencia tanto de Pizarro como de Almagro, pero ha pasado a la historia como el descubridor de las islas Galápagos, el 10 de marzo de 1535.
   Situadas en el Océano Pacífico y atravesadas por la línea del Ecuador, latitud 0º y longitud 90º oeste, el archipiélago, que también se llama de Colón, se halla a unas 600 millas del lugar más próximo de la costa occidental suramericana. Formado por diecinueva islas principales y más de 200 islotes e innumerables peñascos, se halla en un punto geográfico que constituye una auténtica encrucijada de corrientes y contracorrientes que hacen que su navegación, a vela, se convierta en una peligrosa aventura, tanto a la ida como a la vuelta, aunque todo indica que hasta ellas llegaran algunas expediciones precolombinas que no se asentaron por sus nulas condiciones de habitabilidad al carecer de agua potable, de tierras cultivables y de minas productivas, circunstancias a las que se añaden una intensa actividad volcánica y los accidentes meteorológicos que cubren las derrotas de ida y retorno.

   El obispo Berlanga remite al Emperador un detallado informe del descubrimiento, en el que explica como las naves se engolfaron arrastradas por los alisios del nordeste y la corriente surecuatorial, que puede alcanzar los 3 nudos de velocidad, hasta que divisaron las islas en las que recalaron con grandes dificultades. Al efectuar los correspondientes cálculos náuticos hallaron con sorpresa que se habían alejado de la costa unas 600 leguas. La vuelta hacia tierra firme constituyó un prodigio de pericia del piloto que maniobró hasta meterse en la corriente ecuatorial que corría hacia el este. Berlanga las describe como pobladas por lobos marinos e tortugas e galápagos tan grandes que llevaban cada uno un hombre encima, e muchas iguanas que son como sierpes.
   Sin embargo, este descubrimiento pasó casi desapercibido por las causas mencionadas, por lo que durante mucho tiempo sirvieron de refugio de piratas y de balleneros que fueron dando nombre a cada una de las islas, que enumeradas  de mayor a menor, según su extensión territorial:

Albermarle, Indefatigable, Narborough, James, Chatham, Charles, Bindloe, Hood, Abingdon, Baltra, Barrington, Duncan, Tower, Jervis, Mosquera, Wenman, Brattle, Bartolomé, Darwin.

   





El 12 de Abril de 1831 la República del Ecuador tomó posesión del archipiélago fundando la capital, Puerto Baquerizo Moreno, en la isla San Cristóbal, que es la que reúne las mejores condiciones para sostener una población y tiene buenos fondeaderos para los buques.
   El estudio de la fauna y flora de estas islas fueron determinantes en la elaboración de las teorías de Darwin, que las visitó en 1835 durante su periplo a bordo del Beagle, mandado por el capitán Fitz Roy..

   Con motivo del IV Centenario del Descubrimiento (1892), que se celebró en Huelva, el gobierno del Ecuador decidió y aprobó una nueva titulación de las islas Galápagos, homenajeando la gesta colombina, que desde entonces es la siguiente:

Isabela, Santa Cruz, Fernandina,  San Salvador/ Santiago, Cristóbal, Santa María, Marchena, Española, Pinta, Baltra, Santa Fe, Pinzón, Genovesa, Rábida, Seymour Norte, Wolf, Tortuga, Bartolomé, Darwin.   


   En 1981, la Unesco las declaró Patrimonio de la Humanidad.

jueves, 6 de febrero de 2014

DON JUAN DE BENAVIDES: BATALLA NAVAL DE MATANZAS





Alberto Casas.

La mal llamada Batalla Naval de Matanzas es uno de los episodios más triste y nefasto de la Historia marítima de España, no sólo por la trascendencia meramente bélica, o por las pérdidas humanas que las confrontaciones conllevan, o por el naufragio de naves, cañoneadas o incendiadas, o el mayor o menor valor del botín que cae en poder del vencedor, en  muchos casos piratas y corsarios; pero en esta aciaga ocasión, el descalabro significó algo mas además de que se sufrió sin luchar, sin apenas pérdidas de vidas que contar, pero sí de barcos abandonados y de las riquezas que transportaban; este tesoro fue el primero de las Indias, que ha caído en manos de enemigos y herejes (Solórzano Pereira)
   El orgullo, la moral y el prestigio de España quedaron deshonrados, y lo que es peor, ridiculizados, y así con amargura lo reconocía el rey, Felipe IV:

Os aseguro que siempre que hablo del desastre se me revuelve la sangre en las venas, no por la pérdida de la hacienda, que de ésa no me acuerdo, sino por lo de la reputación que perdimos los españoles en aquella infame retirada, causada de miedo y codicia,
  
   Y la autoría de esta humillación de repercusión nacional e internacional recayó en un hombre de rancio abolengo y de conducta intachable hasta entonces, con reconocidos servicios a su patria: Don Juan de Benavides y Bazán, nacido en Úbeda (Jaén), en fecha que la mayoría de los historiadores no determinan, pero que el historiador don Antonio Domínguez Ortiz (1909-2013) señaló la del 21 de febrero de 1572. De familia aristocrática, hijo de don Manuel de Benavides, primer marqués de Jabalquinto, y de doña Catalina de Rojas y Sotomayor, nieta del marqués de Denia. El desaparecido historiador sevillano nos revela una historia que se había procurado mantener en el más absoluto secreto para que ninguna mácula enturbiara tan ilustre linaje.
   Hijo del marqués de Jabalquinto y entroncado con la alta nobleza castellana, con los marqueses de Frómista, los condes de Santisteban del Puerto, con los Bazán, sobrino nieto de don Álvaro, marqués de Santa Cruz, Capitán General de la Mar Océana, martillo de piratas y corsarios, de ingleses, de franceses y portugueses en la jornada de las Terceras, en Lepanto, etc., Cervantes lo titula padre de los soldados, rayo de la guerra, venturoso y jamás vencido… pero la verdadera historia de Juan Benavides – según Domínguez Ortiz –  empieza por ser el fruto de los amores de su padre con una hidalga de Úbeda, que al no cumplir su amante la palabra de matrimonio se retiró al convento de Santa Clara de la ciudad. Su padre, don Manuel, se casó con doña Catalina de Rojas y Sandoval que en el árbol genealógico figura como la madre de Juan Benavides.    
   Criado como correspondía a un caballero de su alcurnia, muy joven embarcó en las galeras de Portugal como entretenido de su tío don Álvaro de Bazán Benavides, con 30 escudos mensuales de sueldo. Finalizada su instrucción náutica pasó a servir en la flota de Indias, cruzando el Atlántico unas trece veces, siendo nombrado Almirante en 1615, recibiendo el hábito de Santiago en 1619 y el título de General de las flotas en 1620. Como Almirante realizó tres viajes a las Indias: con Antonio Oquendo en 1613, con Martín de Vallecilla en 1615 y con Juan de Salas Valdés en 1617, mientras que como General hizo dos, en 1620 y 1623, y la última y trágica en 1628.
   Encargado de recoger la flota de la plata, el 22 de julio de 1627, zarpa de Cádiz. El primer contratiempo fue que la salida hubo de retrasarse por la tardanza de presentarse a bordo el arzobispo de México Francisco Mauro. Arribada la flota a su destino, Veracruz, el 16 de septiembre, se prepara el convoy, 5 navíos de guerra y 30 mercantes, que ha de llevar el valioso cargamento a España, zarpando el 21 de julio de 1628, pero la falta de viento los obliga a fondear en el canal de San Juan de Ulúa, levantándose de noche un recio temporal que hace varar la Capitana, bien por una mala maniobra del timonel (argumento de Benavides) o por estar sobrecargada, procediéndose a transbordar la plata a otros navíos, operación en la que naufraga la nave mercante la Larga, perdiéndose en los transbordos unos días hasta que, finalmente, se hacen de nuevo a la mar el 8 de agosto. Mientras tanto, a la caza de la flota de la plata navegaba la escuadra del holandés Piet Pieterszoon Heyn, marino avezado con una larga experiencia como corsario, apresado por navíos españoles en los que sirvió durante cuatro años encadenado al remo de las galeras. El Gobernador de Cuba, Lorenzo de Contreras, envía un patache para informar a Benavides de la proximidad de los navíos holandeses que logran meter una urca entre la flota española que desaparece sin ser molestada.

  Benavides ordena navegar cerca de la costa cubana donde espera encontrar protección, pero en la desapacible mañana del 8 de septiembre se encuentra con la flota de Piet Heyn encima, por lo que decide que las naves se adentren en la bahía de Matanzas y que desembarquen la plata en tierra ante la imposibilidad de hacer frente a 32 navíos con un potencial de 623 cañones y 3500 hombres frente a 175 cañones de bronce y 48 de hierro de las naves españolas. Se da la orden de abandono que rápidamente es obedecida, pero en desbandada, y el propio Benavides en una chalupa es el primero que llega al ingenio de don Diego Días Pimienta; únicamente el almirante Leoz hace un intento de defensa, pero ante la superioridad holandesa, opta por rendirse pero despojándose de su hábito de Santiago para no ser identificado.
   El almirante holandés, sin ser molestado dispuso de todo el tiempo que quiso para apoderarse de la plata y de las mercancías más valiosas (índigo, cochinilla y otras), de saquear y destruir varios navíos y apoderarse de los que estaban en mejores condiciones, llevando los magníficos trofeos a Holanda donde 9 de enero de 1929 es recibido como héroe nacional y se le premia nombrándole Teniente Almirante de la Armada. El tesoro que entrega, plata, navíos y mercancías se valora en 11.499,176 reales (4 millones de ducados o 6 millones de pesos).
   La noticia en España causa un efecto demoledor, que Matías de Novoa (1576-1652), ayudante de Felipe IV resumió de esta forma:

Atormentó al reino, hizo temblar a los hombres de negocios y confundió el caudal de todos, poniendo en suma congoja á los más, no tanto por la falta que el Tesoro hiciera, como por la afrenta con que se engrosaban los enemigos para acabarnos de destruir.

   En La Habana, Benavides tiene tiempo de reflexionar sobre lo sucedido, de la extrema gravedad de su comportamiento y de las consecuencias que le pueden acarrear. Sin convicción, pero apelando a la piedad del rey, le envía el siguiente informe:

Señor: Quisiera poderme escusar de dar cuenta a V.M. de la ínfelice suerte que le estava guardada a esta flota de mi cargo, y aver sido tan dichoso que con mi muerte la escriviera otro; pero ya que Dios no lo permitió por mis pecados, hago saber a V.M. que habiendo salido del puerto de San Juan de Ulua a ocho de agosto después de la arribada en que quedó desarbolada la Capitana que traía, y no aviendo visto aviso de España ni tenídole de ninguna parte, tardé treinta días en llegar a la costa de La Habana, la qual reconocí ocho de setiembre al amanecer, hallándome cerca del puerto de Matanças, y a la misma hora vino sobre mí una armada olandesa de 32 urcas, tan pujante como constará a V.M. de otras relaciones, y aunque era tanta la desigualdad de la mía, que sólo consistía en dos navíos de armada y dos de merchanta, fui siguiendo mi viaje dispuesto a morir en tan justa y forçosa demanda, hasta que instado de toda la gente de la nao para que escusase riesgo tan declarado en la plata de V.M. y particulares, con parecer de los que pudieron darle, acordé por salvarla meterme en el dicho puerto de Matanças, donde fui informado que podría entrar con seguridad, y con muy poco lugar que el enemigo diese, calmando el viento como de ordinario suele por las noches, echarla en tierra, o quando no, la gente, y quemar dichas naos, con que el tesoro quedaría en parte que con facilidad podría sacarse. Llegué a la vaía ya noche, aunque no lo parecía según la claridad de la luna, encallaron todas cuatro naos en una laja que tiene, embaraçándose de suerte que sólo pudimos valernos de las pieças de popa, aviéndole refrescado el viento al enemigo y acercándose tanto que me obligó a dar orden en dichas naos para que a toda priesa echasen la gente en tierra y se quemasen, y lo mismo fui ejecutando en la Capitana, començando por alguna infantería, que salió con el estandarte y vandera, con orden de sustentarse en el desembarcadero hasta estar todos en tierra, para que juntos guardásemos el puerto más cercano y a propósito que fuera posible para ofender al enemigo si desembarcase gente, que ayudados en la fragosidad de la tierra y del socorro que podíamos esperar de la gente della, no fuera dificultoso. Esta orden fue tan mal obedecida, que estando yo mismo disparando las pieças que se dispararon en la Capitana y subiendo los cartuchos para ellas, porque ya la gente de mar y artilleros me avían quedado muy pocos, vino el guardián Della en un bote dándome voznes para que fuese a tierra a hazer repara la gente que toda se iva huyendo el monte adentro, y a que volviesen las chalupas, que las ivan desamparando; y pareciéndome que podía acudir a uno y a otro, volviendo a las naos y trayendo las chalupas, salté en dicho bote, dexando prevenidos fuegos en la Capitana para quemarse con las demás barloadas; y aviendo llegado a tierra, ni hallé gente que detener ni quien volviese a las chalupas, ni la priesa con que el enemigo  abordó nuestras naos por la vanda de tierra dexándome aislado en ella, y las muchas valas que al mismo tiempo dispararon al desembarcadero diesen lugar a mi buelts, ni le hiziesen en mi cuerpo, aunque lo deseé, envidiando a los que cerca de mí cayeron  muertos y heridos.

    Felipe IV dio orden de detenerlo en cuanto llegara a España, como así se hizo, siendo su intención de ejecutarlo inmediatamente, pero suspendiendo la sentencia ante las suplicas de doña María, hermana de Benavides y dama de honor de la reina, sacando del rey la promesa de que respetaría la vida del reo mientras ella viviese, compromiso que indignó al Conde-Duque de Olivares. Don Juan fue internado en una oscura celda de la cárcel de Carmona, donde permaneció casi seis años en condiciones infrahumanas que le impulsaron a suicidarse, intento que falló a pesar de las heridas que se infligió con un cuchillo.
   Se encargó la instrucción del proceso al Licenciado don Juan de Solórzano Pereira, del Consejo de S. M. en el Real de las Indias, que lo acusó del crimen de prodición (traición o entrega) que no tiene excusa ni perdón cuando es cometido por los nobles, recordándole que en Francia los ahorcan en las horcas más altas, y que en 1627 fue degollado en Rotterdam el capitán Bagwyn por haber abandonado su navío a los galeones españoles sin oponer resistencia.
   Fue acusado también de llevar las naves embalumadas con pipas de vino, sacos de azúcar, muebles y equipajes que tapaban las portas y aspilleras de la artillería, estorbando las maniobras de la tripulación. En las naves iban pasajeros de más con sus criados, criadas, cocineros, sastres, barberos y otro personal de servicio, y el mismo Benavides llevaba 5 o 6 criados suyos, todo ello en merma del enrolamiento de marineros, soldados y sobre todo artilleros.
   El 5 de mayo de 1634 le fue comunicada su sentencia a muerte y así fue proclamada públicamente: Esta es la justicia que el Rey nuestro señor y sus Reales Consejos mandan hacer a este hombre por el descuido que tuvo en la pérdida de la flota de Nueva España, que tomó el enemigo el pasado año de 1628. ¡Quien tal hizo, que tal pague!.
   Fue trasladado a Sevilla un Benavides excesivamente envejecido (62 años). con el pelo cano, la barba hasta la cintura y el cabello largo cubriendo sus hombros, siendo ejecutado (degollado), el 18 de mayo de 1634 en el cadalso levantado en la plaza de San Francisco de Sevilla, corriendo con los gastos de las exequias y entierro el duque de Veragua.


martes, 28 de enero de 2014

EL JAVANÉS


Alberto Casas

Método sencillo y rápido para el aprendizaje del “Javanés”,
 y reglas prácticas para su correcta y eficaz aplicación, según el método tradicional.

            Sucedió un lunes, 8 de Septiembre de 1522, cuando la nao Victoria fondeó  frente al muelle de las Muelas de Sevilla, culminando la primera vuelta al mundo al mando de Juan Sebastián de Elcano. Del maltrecho y casi desmantelado navío que había realizado la más larga travesía hasta entonces conocida, desembarcaron 18 canijos tripulantes, supervivientes de los 365 que con Magallanes habían iniciado tan  extraordinario viaje en Sanlúcar de Barrameda, el 20 de Septiembre de 1519, tres años antes. Entre los argonautas que desembarcaron tres eran de Huelva: Francisco y Juan Rodriguez, y Antón Hernández Colmenero. Enfermos y exhaustos, tuvieron ánimo y fuerzas para dirigirse en procesión, descalzos, en camisa, a pie y con un cirio en la mano, a la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria y a la de Santa María la Antigua, como le habíamos prometido hacer en los momentos de angustia (A. Pigafetta.- “Primer viaje en torno del Globo”)

  Dos meses antes, al recalar en Cabo Verde para abastecerse de víveres y agua, y realizar las reparaciones más urgentes, los portugueses apresaron a 12 tripulantes, entre ellos, al bollullero Ocacio Alonso y al huelvano Gómez Hernández. Eran los que quedaban de unas tripulaciones en las que se habían enrolado marineros procedentes de Huelva, Lepe, Ayamonte, Palos, Aracena, Moguer, Almonaster, Trigueros, Aroche, Cabezas Rubias y otras localidades.
   Entre los 18 que pisaron tierra española se encontraba el Caballero de Rodas, Antonio (Lombardo) Pigafetta, cronista de la expedición, razón por la que ocupa un lugar destacado en el Panteón de la Historia por su constancia, y buena salud también, por la gracia de Dios, yo no sufrí ninguna enfermedad, en narrar, día a día, los extraordinarios acontecimientos que le tocó vivir. Asesinado Magallanes por los nativos de Joló, y sustituyéndole en el mando Elcano, se continua la navegación por las Molucas, cargando las naves de especias (clavo, nuez moscada, canela y jengibre), hasta que bien repletas las bodegas, se decidió que la Victoria iniciara el viaje de retorno a España, pero ella sola, ante la imposibilidad de que la Trinidad, muy averiada, pudiera seguirla. Con anterioridad, la Santiago había sido arrojada a la costa por un espantoso temporal durante su misión de  reconocimiento de la costa patagónica; más tarde, la San Antonio, al mando del portugués Esteban Gómez, desertó a la entrada del estrecho de Magallanes, regresando a España, y, por último, ya en las islas del Pacifico, fue quemada la Concepción, por evidentes razones estratégicas.

   En su Relación, el Patricio Vicentino deja constancia, hasta sus mínimos detalles, de todo lo que observa y llama la atención de su curiosidad: los acaecimientos de la navegación, las peculiaridades de las tierras que visitan, su flora, su fauna, las costumbres de los indígenas, su lenguaje, su vestimenta, su relaciones sociales y sexuales, etc., sorprendiéndonos la realización de prácticas en pueblos que vivían sin las teorías, lecciones y medios de todo género que nos invaden y agobian.
   Durante su complicada estancia en tierras brasileñas no cuenta el siguiente suceso, extraño y que muchos historiadores dudan de su credibilidad:

Una hermosa joven subió una noche a la nao capitana, donde me encontraba yo, no con otro propósito que el de aprovechar alguna nadería de desecho. Andando en lo cu al, le echó el ojo, en la cámara del suboficial, abierta, a un clavo, largo más que un dedo; y apoderándose de él con gran gentileza y galantería, hundiólo por entero, de punta a cabo, entre los labios de su natura…viéndolo todo perfectamente el capitán general y yo.

   En la isla de Mactán, donde Magallanes perdió la vida  a manos de los nativos el 27 de abril de 1521, Pigafetta narrando los hábitos sociales de los indígenas, nos deja la siguiente narración:

Estos pueblos andan desnudos, cubriéndose solamente las vergüenzas con un tejido de palmas que atan a la cintura. Grandes y pequeños se han hecho traspasar el pene cerca de la cabeza y de lado a lado, con una barrita de oro o bien de estaño, del espesor de las plumas de oca y en cada remate de esa barra tienen unos como una estrella, con pinchos en la parte de arriba; otros, como una cabeza de clavo de carro. En mitad del artefacto hay un agujero, por el cual orinan, pues aquél y sus estrellas no tienen el menor movimiento. Afirman ellos que sus mujeres lo desean así y que de lo contrario nada les permitirían. Cuando desean usar de tales mujeres, ellos mismos pinzan su pene, retorciéndolo, de forma que, muy cuidadosamente, puedan meter antes la estrella, ahora encima y después la otra. Cuando está todo dentro, recupera su posición normal y así no se sale hasta que se reblandece, porque de inflamado no hay quien lo extraiga ya.

   Grima y algunas cosas más se sienten al leer estos terribles párrafos, aunque si ellas lo quieren así, pues eso…
   Navegando de vuelta a España, sobre finales de Enero y principios de Febrero de 1522, la nao recaló en la isla de Java, Jaoa para los indígenas, para proveerse de agua y un copioso matalotaje en el que entraban cabras, cerdos, búfalos, arroz y plátanos, que se pagaron con telas, hachas y cuchillos; el cronista cuenta cosas maravillosas y fantásticas de la isla, pero ninguna como la forma que tienen sus pobladores de seducir y rendir a las mocitas javanesas.

Igualmente nos informaron de que los mozos de Java, cuando se enamoran de alguna bella joven, átanse con hilo ciertas campanillas entre miembro y prepucio; acuden bajo las ventanas de su enamorada, y haciendo acción de orinar y agitando el miembro, tintinean las tales campanillas hasta que las requeridas las oyen. Inmediatamente acuden al reclamo, y hacen su voluntad; siempre con las campanillas, porque a sus mujeres les causan gran placer escucharlas cómo les resuenan dentro de sí. Las campanillas van siempre cubiertas del todo, y cuanto más se las cubre, más suenan.

  En verdad, es justo y necesario reconocer que, muchos años ha, y muchos siglos ha, unos pobres casi desnudos e inocentes indígenas de las paradisíacas islas del Pacifico, ya nos daban tres vueltas y algunas más en esta ardiente asignatura referente a la cohabitación,  Amput en lengua nativa, sin necesidad de tanta facundia y charlatanería de la libido, del punto G (los javaneses no sabían hacer la O con un canuto), del poliorgasmo, del francés, del griego y de no sé cuantos idiomas más, aparte del método de mirar p’a Cuenca o practicar el sistema numeral, o consultar la tabla gimnástica del Kamasutra, ahora resulta que no teníamos ni idea del bueno, del mejor, del Javanés; a su lado, todo lo demás que se diga, que se vea, que se escuche, que se lea o que se haga, no admite comparación.
   En realidad, si nos paramos a pensarlo, lo único que hasta ahora se ha conseguido con tanta fanfarria de educación sexual que de hace nada a esta parte nos invade y atosiga, lo quieras o no, es que las cigüeñas y los cigüeñatos se hayan quedado en el paro.
Por cierto, los nativos y las nativas llamaban a estas campanillas colón-colón (Véase Pigafetta).




miércoles, 15 de enero de 2014

LA NAO VICTORIA



Alberto Casas.

             De las cinco naves que zarparon de Sevilla el lunes por la mañana 10 de agosto del año 1519 (Pigafetta), sólo la nao Victoria, al mando de Juan Sebastián de Elcano, regresó al puerto de partida tres años más tarde, dando la primera vuelta al mundo. Existen discrepancias en cuanto al número de hombres que componían la tripulación, pues mientras Carlos i estableció un límite de 235, Pigafetta es cribe que zarparon con una dotación de 237, auque la mayoría de los historiadores la cifran entre 265 y 270, entendiendo que el cronista de la expedición pasa por alto a los funcionarios, como escribanos, alguaciles, clérigos y otros. Fueren los que fueren, alrededor de 60 procedían de Huelva y sus pueblos: Huelva, Palos de la Frontera, Trigueros, Beas, Ayamonte, Lepe, Moguer, Aroche, Almonaster, Aracena, Bollullos… La circunvalación, navegando al oeste, hizo el siguiente recorrido:

   Sevilla,  Sanlúcar de Barrameda, islas de Cabo Verde, travesía del Atlántico hasta el Brasil que costean internándose en la bahía de Santa Lucía (Río de Janeiro); navegan al sur explorando el Río de la Plata descubierto por Díaz de Solís, siguen hasta San Julián donde pasan el invierno, descubrimiento del estrecho el 21 de Octubre, cuyos 592 kilómetros tardaron algo más de un mes en atravesar, abriéndose ante ellos un inmenso mar que bautizan con el nombre de Pacifico que tardaron más de tres meses en cruzar, agotándose las provisiones y cebándose en la tripulación el escorbuto que se cobró 19 víctimas; por fin tocan, sucesivamente, en las islas Marianas, de San Lázaro (Filipinas), Mindanao, Borneo, Timor, internándose en el Indico que navegan eludiendo las rutas portuguesas hasta el cabo de Buena Esperanza, entonces justamente llamado de las Tormentas, el más grande y peligroso cabo conocido de la tierra, escribe Pigafetta en su Relación del viaje, que doblan tras vencer tempestades una detrás de otra, vientos huracanados, mar arbolada, la rotura del mástil y verga del trinquete y la pérdida de 22 hombres, entre ellos Diego García de Trigueros, casado con Inés González de Gibraleón.
   Navegando el Atlántico, rumbo al norte, arriban a la isla de Cabo Verde, de la que han de escapar dejando doce tripulantes apresados por los portugueses, entre los que estaban Acacio Alonso, de Bollullos y Gómez Hernández, de Huelva, para, finalmente, completar el periplo en Sanlúcar de Barrameda el 8 de septiembre de 1522 con 18 hombres, de los que resaltamos Antón Hernández Colmenero, vecino de Huelva, marido de Catalina Gómez, Juan Rodríguez de Huelva, casado con Marina García, y Francisco Rodríguez, marido de Catalina Díaz.   
 
   Carlos I reconoció y honró la gesta del marino de Guetaria poniendo la bola del mundo en la cimera de su escudo con la leyenda: Primus circumdedisti me.
                                                             
    La Victoria, botada en Zarauz en 1515, era una nave de 85 toneles vizcaínos de porte, alrededor de 100 toneladas sevillanas, porque diez toneles de Vizcaya son doce toneladas de las nuestras; y así va a decir de lo uno a lo otro veinte por ciento (Itinerario.- Escalante de Mendoza); de 22 metros de quilla y 8 de manga. Carenado y amarinado en Sevilla, se puso bajo el mando de Luís de Mendoza, Capitán y Tesorero de la Armada, con una dotación de 44 hombres en la que figuran Gonzalo Rodríguez (herrero), de Huelva, el “sobresaliente” Bartolomé de Saldaña, de Palos de la Frontera, que desertó en la isla de Timor, y el grumete Martín, de Ayamonte. En su gambuza se embarcaron 80 pipas de vino, 100 arrobas de aceite, 40 arrobas de vinagre de Moguer, 41 arrobas de tocino, 50 ristras de ajo, 144 quesos, 7 botijas de miel y diversas partidas de pescado y bastina secos, habas, garbanzos, lentejas, harina, almendras, sardinas (cebo para pescar), pasas, ciruelas, higos de Lepe, azúcar, carne de membrillo, mostaza, arroz y bizcocho, además de una vaca.
   Casi todos los documentos definen a las 5 embarcaciones de la flota de Magallanes como naos, pero es permisible dudar de esta calificación, por lo menos en cuanto se refiere a la Victoria, que claramente se comporta como una carabela redonda en las arrumbadas de ceñida, en las complicadas maniobras en los estrechos y en las continuas bordadas que ha de realizar entre la maraña de las islas del Maluco (Gilolo, Tidore, Obi, Ternate, Burú, Ceram y el arpiélago de Banda) y en el cabo de Buena Esperanza. Ha de tenerse en cuenta que en aquella época el término nao se aplicaba a los navíos de cierto porte que, especialmente, en aquellos tiempos estaban sometidos a una auténtica revolución en el diseño naval, obligados a la búsqueda de un buque cuyo escantillón reuniera las medidas que exigía la nueva navegación trasatlántica: velocidad, seguridad y gran capacidad de carga, lo que suponía la construcción de grandes naves, incluso de más de mil toneladas.
   Para cumplir estos requisitos se aumenta la superficie vélica, se sube la obra muerta para la colocación de las piezas artilleras, aumentando la altura metacéntrica para corregir los ángulos de escora que puedan producirse por la acción del viento y de la mar, colocando el palo mayor en la vertical, aproximadamente, del centro de carena; se arma cuadrado el espejo del alcázar de popa adoptando la forma de violín del casco, modificando el combés reduciendo el arrufo de la cubierta. Las características de la Victoria, más que coincidir con las de una nao se aproximan al tipo de navío precedente del galeón, que algunos llaman carabela de armada.

    La paradoja de esta expedición consiste en que las mercancías que la nao descargó en Sevilla, 528 quintales de clavo, además de ciertas cantidades de canela, nuez y otras especias, produjeron unos beneficios que superaron con creces los gastos que ocasionaron la expedición: 8.334,335 maravedíes, de los que 1.316, 250 corresponden a la adquisición y aparejamiento de los cinco navíos: San Antonio (120 toneles, 330.000 mrs.). Trinidad (110 toneles, 270.000 mrs.). Concepción (90 toneles, 228,750 mrs.). Victoria (85 toneles, 300.000 mrs.) y Santiago (75 toneles, 187,500 mrs).
    La nao Victoria fue reparada y realizó varios viajes a las Indias hasta desaparecer en las aguas del Océano.

   López de Gómara en su Historia General de la Indias, escribe: La nave Argos de Jasón, que pusieron las estrellas, navegó muy poquito en comparación de la nao Victoria, la cual se debiera guardar en las Atarazanas de Sevilla.

miércoles, 1 de enero de 2014

LA POROROCA



Alberto Casas

     

Corresponde a Vicente Yáñez Pinzón (1462-1514) la gloria de mandar la carabela Niña en el descubrimiento de América, pero también de ser, no sólo el primero que descubrió la costa mejicana, con las carabelas Magdalena y San Benito en la expedición que realizó en 1508 con Diego Díaz de Solís, sino, asimismo, el primero que cruzó la línea equinoccial alcanzando, aproximadamente, los 8 grados de latitud Sur y descubrir, sobre los días 20 y 26 de Enero de 1500, las tierras vírgenes del Brasil, de las cuales tomó posesión cortando ramas y árboles, y paseándose por ellas y haciendo semejantes actos profesionales y jurídicos. Las naves expedicionarias, cuatro carabelas pequeñas, que zarparon del muelle de las Muelas de Sevilla entre noviembre y diciembre de 1499, iban tripuladas mayoritariamente por sus parientes y vecinos de Palos, Moguer, Punta Umbría, Lepe etc., algunos curtidos en la travesía oceánica, como su hermano Francisco Martín Alonso Pinzón, su tío Diego Martín Pinzón el Viejo, sus primos Juan, Francisco y Bartolomé (hijos de Diego), el físico Garci Fernández que desde el primer momento había apoyado a Cristóbal Colón durante su estancia en Palos de la Frontera, a los pilotos Juan de Jerez, Juan Quintero Príncipe, Juan de Umbría (Punta Umbría) primo segundo de los Pinzones, Alonso Núñez y Juan de Jerez, los marineros García Alonso, Diego de Alfaro, Rodrigo Álvarez, Diego Prieto, Antón Hernández Colmenero, que años más tarde, en 1519, se embarcó en la expedición de Magallanes que culminó El Cano dando la primera vuelta al mundo, siendo de los pocos supervivientes que en la nao Victoria desembarcó en Sevilla el año 1522; Juan Calvo, Juan de Palencia, Manuel Valdovinos, Pedro Ramírez, Juan de Lepe, Pedro Medel, el despensero García Hernández, Cristóbal de Vega y otros, como Arias Pérez y Diego Fernández Colmenero, hijo y yerno respectivamente de Martín Alonso Pinzón.
  Por entonces la navegación astronómica, por debajo de la línea ecuatorial, ofrecía serias dificultades ante el hecho de que al ocultarse la estrella Polar en el hemisferio y desconocerse las características de la Cruz del Sur, la situación sólo podía obtenerse por la meridiana del Sol y el correspondiente cálculo de las declinaciones.
   Datos rigurosamente históricos avalan la primacía del piloto Palermo en las costas brasileñas, como el avistamiento del promontorio al que se bautizó como Santa María de la Consolación, probablemente los actuales cabos San Agustín o el San Roque, desde el que ordenó virar en redondo arrumbando al norte encontrando, próximo a la línea equinoccial, una corriente de agua dulce y fangosa que penetraba muchas millas en el mar, decidiendo seguir su estela gobernando hacia tierra hasta abocar en la desembocadura de un gran y caudaloso río que los indios llamaban Tungurahua y que él bautizó con el nombre de Santa María del Mar Dulce, después Amazonas que le puso el extremeño Francisco de Orellana en 1541.
   Con motivo de los pleitos colombinos promovidos por el hijo del Almirante, D. Diego Colón, Vicente Yáñez compareció ante el fiscal del rey el 31 de Marzo de 1513, declarando que: ….descubrió toda la costa, é luego corriendo al occidente la cuarta al nurueste, que así recorre la tierra, é que descubrió é halló la mar dulce, é que sale 40 leguas en la mar el agua dulce… Explorando su inmenso estuario (Boca del Río Grande), la flota fue sorprendida por una gigantesca ola que con gran ruido, velocidad y violencia la arrastraba río adentro, poniendo a las naves en peligro de zozobrar que, finalmente, pudo ser evitado gracias a la pericia y esfuerzos de la marinería.
   En las probanzas de los pleitos citados, el 25 de septiembre de 1515, Antón Hernández Colmenero manifestó que: ….entraron en un río en que hallaron agua dulce, que entra el agua dulce en la mar 30 leguas, é estando surtos los navíos, alzábase de golpe la mar é el ruido que traía les alzó cuatro brazas el navío…. Este fenómeno, conocido como macareo y por los indios Pororoca que en su legua significa gran estruendo, constituye una de las pruebas más evidentes del descubrimiento del Amazonas y consecuentemente del Brasil por Vicente Yánez, aunque los portugueses proclaman a Pedro Álvarez del Cabral o a una expedición secreta de Duarte Pacheco como los descubridores de  esas tierras, cuando antes que Cabral y poco después de Vicente Yáñez, su primo Diego de Lepe, acompañado de su hermano Juan Rodríguez de Mafra, también recalaba en la costa brasileña, descubriendo en su retorno el río Orinoco.
  La Pororoca, llamada en francés Mascaret y en inglés Bore, tiene su causa en las mareas que periódicamente se verifican en el nivel del mar. Estas oscilaciones, al alterar el equilibrio de una masa de agua, producen ondulaciones que se propagan por encima o por debajo del nivel medio del mar. De esta anomalía se deriva que en los ríos la marea sube con más rapidez que baja, siendo el periodo de tiempo menor entre la bajamar y la pleamar que entre ésta y la bajamar, motivo por el que en algunos la ola se convierte en un muro de agua cuya velocidad y altura dependen de la configuración del estuario, de su profundidad y de las irregularidades de su lecho. De estas olas de mareas destacan, entre otros, el macareo del Tsien-Tang-Kiang en China, el mayor del mundo y con olas de hasta 9 metros, el del Brhamaputra en Bangladesh, y la Pororoca del Amazonas, que llegan a alcanzar los 7 metros de altura, penetrando 100 km. o más río arriba. De menor importancia se producen en el Hugli de la India, en el Petitkodiac (bahía de Fundy) en el Canadá, en el Sena en Francia,  que ya no se produce por la canalización del puerto de Le Havre, siendo tristemente famoso porque una de sus olas produjo la muerte de una hija de Victor Hugo.

  La Pororoca es, pues, prueba concluyente de la expedición palerma, injustamente casi ignorada. Económicamente fue un desastre: vinieron muy gastados e pobres. De las cuatro naves que zarparon de Palos, sólo regresaron dos en los últimos días de septiembre de 1500, transportando en sus bodegas unos 350 quintales de palo brasil, a pesar de su prohibición en las Capitulaciones de 1499, unos topacios, algunas especias y cerca de 40 indígenas apresados para venderlos como esclavos, pero Mártir D’Anglería  cuenta que ocho hombres perecieron en enfrentamientos con los nativos. Los Reyes Católicos, para compensar las pérdidas, promulgaron una Real Ejecutoria, el 21 de junio de 1501, para librar el dinero que Vicente Yánez había adelantado y otorgándole permiso a él y a sus sobrinos, acatando los buenos é leales servicios que nos habedes fecho é esperamos que nos fareis de aquí adelante, extraigan de las costas de Andalucía 400 cahíces de trigo y lo vendan donde les conviniera.
   En la Real Provisión dictada por el emperador Carlos I en Barcelona en 1519, otorgando escudo de armas a la familia Pinzón y sus descendientes, se declara: …diz que descubrieron seis cientas leguas de Tierra Firme, é hallaron el gran río y el Brasil…
   Se trata, en definitiva, de reivindicar un acontecimiento cuya trascendencia histórica, social y económica lo demandan.


lunes, 16 de diciembre de 2013

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


  Alberto Casas.

          Moguer, un pueblo blanco de Huelva, acostado en la margen izquierda del río Odiel, el Urium tartésico, nace en 1881 Juan Ramón Jiménez Mantecón, el poeta del siglo XX español, innovador y rebelde, blandiendo la ética y la estéEn tica como sus grandes armas con las que emprende su particular guerra de lo nuevo contra lo viejo. El mismo lo explica así:

Cuando solo cuarto en mi, huyendo de la conversación vulgar y baja de miras, me deleito saboreando manjares de mis inspiraciones; cuando lejos de la vida material y solitario en el rincón de mi pueblo, me olvido del gran mundo que se agita tras mis horizontes, impulsado por móviles rastreros; pienso amargamente, con desprecio y compasión, en esos seres miserables que no sienten, que no piensan, que no lloran.

  Quien estas líneas escribe, poco o nada sabe de métrica, ni de la obra de Juan Ramón, aunque, como disculpa, pobre disculpa, confiesa que es un apasionado leedor de Platero  y yo, que el propio poeta definió como un gran movimiento de entusiasmo y libertad hacia la belleza; no lo encuadra, por tanto, como una nueva tendencia literaria, sino como la manifestación lírica de una actitud estética, nacida de un estado de ánimo. Hablamos del modernismo español para diferenciarlo del decadente francés y del deslumbrante  hispanoamericano, introductor del movimiento a través de Rubén Darío. Una muestra de esta forma de expresión espiritual la encontramos, precisamente, en Platero, en cualquiera de sus capítulos, por ejemplo, el titulado El Corpus  (LVI):

Entrando por la calle de la Fuente, de vuelta del huerto, las campanas, que ya habíamos oído tres veces desde los Arroyos, conmueven, con su pregonera coronación de bronce, el blanco pueblo. Su repique voltea y voltea entre el chispeante y estruendoso subir de los cohetes, negros en el día, y la chillona metalería de la música. La calle, encalada y ribeteada de almagra, verdea toda, vestida de chopos y juncias. Lucen las ventanas colchas de damasco granate, de percal amarillo, de celeste raso, y, donde hay luto, de lana cándida, con cintas negras. Por las últimas casas, en la vuelta del Porche, aparece, tarda, la Cruz de los espejos, que, entre los destellos del poniente, recoge ya la luz de los cirios rojos que lo gotean todo de rosa. Lentamente, pasa la procesión. La bandera carmín, y San Roque, Patrón de los Panaderos, cargado de tiernas roscas; la bandera glauca, y San Isidro, Patrón de los Labradores, con su yuntita de bueyes; y más banderas de más colores, y más Santos, y luego Santa Ana, dando lección a la Virgen niña, y San José, pardo, y la Inmaculada, azul. Al fin, entre la guardia civil, la Custodia, ornada de espigas granadas y de esmeraldinas uvas agraces su calada platería, despaciosa, en su nube celeste de incienso. En la tarde que cae, se alza limpio, el latín andaluz de los salmos. El sol, ya rosa, quiebra su rayo bajo, que viene por la calle del Río, de oro viejo de las dalmáticas y capas pluviales. Arriba, en derredor de la torre escarlata, sobre el ópalo terso de la hora serena de junio, las palomas tejen sus altas guirnaldas de nieve encendida....Platero, en aquel hueco de silencio, rebuzna. Y su mansedumbre se asocia, con la campana, con el cohete, con el latín y con la música de Modesto, que tornan al punto, al claro misterio del día; y el rebuzno, se le endulza, altivo, y, rastrero, se le diviniza....

   A la vista está que no se trata de una descripción gráfica y academicista, hasta entonces al uso, sino que en ella laten, sobre todo, la impresión y las sensaciones que le producen el procesional desfile. Un poeta lo recitará como si de poesía pura se tratara; un melómano, tal vez, lo que primero perciba sea su musicalidad, un arabesco musical, decía Ramiro de Maeztu; y un pintor paseará por una galería de cuadros impresionistas pintados con la pluma palabrera del poeta de Moguer, pero, sobre todo, se desvela la gran belleza que se esconde en las cosas más sencillas y naturales.

   El pueblo blanco, la calle encalada, la nieve encendida; el negro; la almagra (óxido de hierro); el rojo, granate, la bandera carmín (rojo intenso), escarlata; rosa; la calle verdea, la bandera glauca (verde claro), esmeraldinas uvas agraces (sin madurar); azul, celeste; amarillo, oro viejo; pardo; el bronce campanero y la metalería de cegadores reflejos: todos los colores que sentían y brocheaban Manet, Monet, Degas, Renoir o Pisarro. Juan Ramón no era mal pintor y tuvo durante un tiempo hospedado en su casa a Sorolla, el pintor de la luz deslumbrante y de sus soleadas sombras.
   En los actos que se celebran con motivo del cincuenta aniversario de la concesión del premio Nobel en 1956 (Juan Ramón murió dos años más tarde en San Juan de Puerto Rico), se recordó a una persona que fue fundamental en la vida del poeta moguereño: su esposa, Zenobia Camprubí; pero, no parece sino que, al lado del homenaje que con toda justicia se le tributó, se vislumbraba el riesgo de relegar a un segundo plano la figura del autor de Platero y yo, del Diario de un poeta recién casado (mi mejor libro, le dice a Ricardo Gullón, en 1952), en el que aporta el revolucionario “verso libre”; de Dios deseado y deseante, y mil más.
   Por último, conviene recordar que Juan Ramón era un buen amigo de otro gran poeta de Huelva, Rogelio Buendía, injustamente olvidado y con quien compartía ideas sobre el modernismo. En el prácticamente ya 2014, se cumple el Centenario de la publicación de su obra genial y maestra Platero y yo.

jueves, 28 de noviembre de 2013

EL CONOCIMIENTO DE EMBARQUE


Alberto Casas.

   Conocimiento de Embarque es el documento expedido por el Capitán que acredita la recepción a bordo de las mercancías especificadas en el mismo para ser transportadas al puerto de destino, conforme a las condiciones estipuladas, y entregadas al titular de dicho documento (A. Vigier de la Torre.- Derecho Marítimo. 1973).
   Este precepto, una de las estipulaciones jurídicas que recoge nuestro Ordenamiento Marítimo, carácter imperativo en la contratación del transporte marítimo de mercancías, documento que ya circulaba en la antigüedad, salvando los matices temporales y espaciales que a lo largo de los siglos van replanteando nuevos procesos normativos en su estructura convencional, y en su observancia y cumplimiento.
   En el área mercantil, mediterráneo y atlántico, recibían, respectivamente, los nombres de póliça de cárrega en el ámbito catalán, bill of landing en Inglaterra, en Francia conaissement, en Italia polizza di carico, en el Adriático polissa de bordo, en neerlandés cognossement, en alemán konnssement, en los paises escandinavos utenriks konnossement...
   Antiguamente el embarque de mercaderías consistía, básicamente, en una actividad que se desarrollaba bajo los criterios que establecían los usos y costumbres mercantiles y comerciales en el que, conjuntamente, se obligan todos por el todo, desde los mareantes o navegantes (el magístrum navis) y demás gente de mar, hasta los mercaderes y pasajeros que van con ellos, que también en este tráfico tienen la condición de navegantes según señala Hevia Bolaños (Laberinto del comercio terrestre y naval.- 1617).
   En esta actividad regían unas prácticas tradicionales que se ajustaban en un Derecho consuetudinario común, sin construcción doctrinal, al que se remitían las personas y asociaciones vinculadas y participantes en el transporte, desde los miembros que componen la tripulación hasta los comerciantes que habitualmente navegan con sus mercancías; El mercader puede tener a bordo dos mozos, pero pagará el precio del viaje por ellos (Leyes Rhodias). Como escribe Ulpiano (170?-228),  intervienen en la restitución de las cosas que les han sido entregadas nautas, caupones, et stabulariorum (Pandecta, Título IX, Libro XIV).
   Pero la navegación estaba (está) sujeta a una serie de riesgos, unos considerados naturales (temporales, naufragios, embarrancamientos, echazón de mercancías (iactu) por razones de seguridad de la nave, etc.), y otros imprevistos pero reales, como robos, saqueos, abordajes, o el ataque de piratas que infectaban prácticamente los mares del Mediterráneo oriental, ocasionando graves perjuicios al comercio naval.
   Las condiciones que rodeaban este agitado escenario naval, demasiados frecuentes en aquella época, demandaban urgentemente la implantación de normas que regularan las responsabilidades que habían de asumir las personas implicadas en el negocio marítimo, ya en su almacenaje, en su embarque y desembarque y en las eventualidades ya señaladas.

   Probablemente sean estas circunstancias, o una más, el germen de la elaboración de leyes escritas desligadas del carácter local de las mismas, que se adaptaran a la realidad dominante, armonizando y universalizando los intereses económicos y sociales de los países del entorno (fenicios, egipcios, griegos, cartagineses y de la Magna Grecia o sicilianos). Con esta perspectiva, también política, se componen las Leyes Rhodias (de la isla de Rodas), fuente de emplazamiento de los vigentes derechos marítimos y mercantiles, y la base en la que se crea y desarrolla el Derecho Romano en esta faceta, que ni la Ley de las XII Tablas contempla, de tal forma que se atribuye al emperador Antonino la conocida frase, Yo soy, ciertamente, Señor en la tierra, mas la Ley los es del mar; los negocios marítimos trátense según las Leyes Rhodias.
   Alrededor de este cuerpo jurídico, los romanos promulgan el Edicto al que incorporan la actio de recepto dentro de la custodiam praestare o prestación obligatoria de custodia `del cargamento, como parte del oficio del capitán (magister navis), que en la mayoría de los casos era además propietario de la nave, o leño, añadiéndose el concepto de culpa que se le puede imputar por incumplimiento, negligencia o lenidad en el daño causado.
   Pero, como a todos los Imperios, a Roma también le había llegado su hora y su caída que la Historia la sitúa en el año 476, culminando una decadencia que Teodosio trató de remediar inútilmente, aunque su medida logró que se salvara el Imperio Romano de Oriente, heredera, depositaria y conservadora de la cultura clásica, especialmente de la estatutaria, labor en la que puso todo su empeño y medios el emperador Justiniano (527-565), que rodeándose de los juristas más prestigiosos, como Triboniano, Teofilo, o Doroteo, les encargó la realización de una compilación legislativa recogiendo disposiciones, relaciones, colecciones, comentarios, constituciones imperiales, jurisprudencia, etc., y textos, entre otros, de Paulo y Ulpiano, conformando un sistema  legal uniforme, asegurando la permanencia  de las reglas del derecho marítimo, comercial y mercantil.
   El Código de Justiniano, o Corpus Ius Civilis, está dividido en cuatro partes: Digesto o Pandectas (donde están insertas la mayor parte e las leyes Rhodias), Instituciones, Código y Novelas.
  El Código garantiza la continuidad jurídica que después de un largo periodo de paralización y adaptación vuelve a restablecerse, al principio con matices que permiten una diferenciación entre las atlánticas y las mediterráneas, en razón de la meteorología que distingue a ambas zonas (viento, mar, corrientes, etc.), por el tipo de naves que surcan dichos mares (más pesadas en el Atlántico), por los accidentes geográficos de sus costas, por los productos que se exportaban e importaban, tradiciones náuticas distintas  que se reflejan en las leyes marítimas que se promulgan. En el Atlántico, las Roles d’Oleron (s. XII), Ordenanzas de Wisbuy (isla de Gothland en el mar Baltico), el Ius Hanseaticum, (S. XIII) por el que se encauzan las ciudades portuarias que forman la Liga Hanseatica), y en Mediterráneo se pueden destacar el Consulado del Mar, y las reglas de las repúblicas de Génova, Venecia y Malta.

   El descubrimiento de América y las grandes travesías trasatlánticas exigen modificaciones en las normas de navegación en las que irrumpe el pasaje de viajeros a las Indias, protagonismo legal que culmina con su integración en los Códigos que comienzan a establecerse en el siglo XIX, en España en 1885, en el que tanto el Código como la jurisprudencia reconocen el triple valor del Conocimiento de Embarque, como título de crédito contra el Capitán, como título representativo de las mercancías embarcadas, y como título probatorio, aunque la internacionalización del comercio y los conflictos de sus respectivas leyes que pueden originarse entre diversos países, prescribe que puedan dirimirse sujetándose a las reglas del Convenio de Bruselas aprobado el 25 de Agosto de 1924, sustituido por el del 10 de diciembre de 1957 y ratificado por España en 1959. Incluso los usos y costumbres tienen validez como norma supletoria en situaciones no previstas en las leyes.