martes, 30 de junio de 2015

EL DOCTOR TORRALBA





Alberto Casas.
        
    El extraño vuelo que el conquense Eugenio Torralba (Doctor para unos, Licenciado para otros) realizó a Roma el 27 de mayo de 1527, a volandas de su ángel bueno Zaquiel, para que fuera testigo del saco de la ciudad por las tropas imperiales y de la muerte en el asedio del condestable de Borbón, le convirtió casi en un mito entre el pueblo que le admiraba, aunque también le infundía un gran respeto su fama de nigromante. El viaje a la Ciudad Eterna duró hora y media, el mismo en las calles de la fede perduta, eran contados por el médico con todo lujo de detalles en Valladolid, y coincidentes totalmente con las noticias oficiales que llegaron casi una semana después. Tan sonado fue el caso, ya milagroso, ya por intervención demoníaca, que de él se hicieron eco los más importantes escritores de la época, como Luis Zapata (Carlo famoso), y, cómo no, el mismísimo Cervantes que en el Quijote (II-41) compara el episodio del volador caballo mecánico Clavileño con el vivido por el popular Torralba, cuya insólita aventura aérea aún permanecía viva en el recuerdo setenta y tantos años más tarde. Leemos en la novela del Ingenioso Hidalgo:

En esto unas estopas ligeras de encenderse y apagarse desde lejos,  pendientes de una caña, les calentaban los rostros. Sancho, que se olía la patraña, dijo a su señor:

Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego, o bien cerca, porque una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por descubrirme y ver en qué parte estamos.
No hagas tal, respondió don Quijote, y acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas, llegó a Roma, y se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los abrió y se vio tan cerca a su parecer del cuerno de la luna, que la pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra por no desvanecerse.
   En las doce horas está incluido el tiempo que desde el aire contempló todo lo que en la capital pontificia sucedía.
   La notoriedad y difusión del extraordinario suceso se debió, en gran parte, a la denuncia de un amigo de Torralba a la Inquisición de Cuenca que, inmediatamente, decidió investigar el caso, empezando por la inmediata detención del médico y el consiguiente proceso en los eclesiásticos tribunales.
   A pesar de que, como era habitual, se utilizó la tortura para arrancarle la verdad, no encontraron indicios algunos de herejía o desviación de la fe católica, ni de obra, ni de palabra, ni siquiera que tuviera pactos con el Maligno; por lo tanto, los celosos guardianes de los dogmas de la Iglesia no tuvieron más remedio que sobreseer la causa. Además, en el ánimo de los inquisidores pesó la evidencia de otros viajes realizados en condiciones más o menos parecidas e incluso más portentosos por obispos, santos y reyes (el mismísimo Carlomagno), y de cuya fiabilidad no se podía dudar. Finalmente, los sesudos jueces del Santo Oficio salvaron su prestigio absolviéndole y permitiéndole la reconciliación y abandono del hábito penitencial, pero, advirtiéndole de que los paseos por el aire, a partir de entonces, se habían terminado para siempre jamás; por último, le ordenaron la expulsión del pícaro Zaquiel, en cuanto que ni su nombre ni sus atributos figuraban en la nómina de ángeles buenos admitidos por la Santa Madre Iglesia que sólo reconocía, como auténticos, a Miguel, a Gabriel y a Rafael que, por otro lado, eran arcángeles, que es más que ángeles.
El juicio de todas formas, no perjudicó la fama de Torralba como médico, pues en sus últimos tiempos aparece prestando sus servicios como galeno del Almirante de Castilla, don Fadrique Enriquez.
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La verdad es que la Suprema apenas si se molestaba en perseguir a brujos, magos y hechiceros más que en casos muy excepcionales y escandalosos, como el aquelarre de Zugarramurdi. Generalmente, se los quitaban de en medio con una severa amonestación y unos cuantos latigazos, o, alguna vez que otra, con el destierro y la prohibición de continuar con semejantes supercherías. En el Coloquio de los perros, Cervantes se ocupa de las célebres Camachas que, por encargo, convertían a hombres y mujeres en animales, sobre todo caballos, que eran los que mejor les salían. Las Camachas eran de Montilla, de donde, según la tradición, era el vino que el Señor consagró en la Última Cena.
Quizás esta inhibición inquisitorial se debiera a que la mayoría de ellos, la nobleza y los reyes, eran y han sido aficionados a la astrología y a la alquimia, manteniendo a una cohorte de augures, herbolarios y expertos en pócimas, conjuros, sortilegios y velas negras (Nostradamus, Sor María de Agreda, Cagliostro, Saint Germain, Rasputín, etc.)... .


domingo, 24 de mayo de 2015

LA CONJURA SEVILLANA DE 1480

Alberto Casas.





No fueron fáciles, sino todo lo contrario, los comienzos del reinado de Isabel y Fernando a los que en 1494 el papa Alejandro VI concedió el título de Católicos. Problemas políticos, sociales, económicos y de toda índole les acuciaban pero también les vigorizaba, atemperaba y adoctrinaba.
   Una de las cuestiones que demandaba una solución urgente era terminar con la sangrienta pugna que mantenían los poderosos señores de Andalucía, don Enrique de Guzmán, duque de Medina Sidonia, y don Rodrigo Ponce de León, marqués de Cádiz, enfrentamiento que se habían convertido en una auténtica guerra civil que estaba causando grandes estragos en la región, situación que requirió la intervención personal de los reyes que se trasladaron a Sevilla en 1477 donde permanecieron un año, en cuyo transcurso la reina dio a luz al príncipe don Juan, el primero y único varón que falleció, de amor canta el romancero, el 4 de octubre de 1497.
   Conflictos de intereses agravados por el inmenso poder que ejercían los conversos, no sólo en Sevilla, sino en todos los territorios que estaban bajo la jurisdicción de los Medina Sidonia principalmente. Los soberanos, instigados por las turbulentas predicaciones del dominico fray Alonso de Hojeda, en las que prevenía vehementemente contra los que, además de practicar la herética pravedad, ejercían el omnímodo control de oficios, cargos públicos y aun religiosos de la ciudad: mayordomos, corregidores, ediles, jurados, arrendadores de las cuentas reales, letrados, etc. Se trataba de una comunidad que por otra parte se oponía a la férrea autoridad que los Reyes Católicos deseaban y lograron imponer a nobles y vasallos de todo el reino, lo cual y a corto plazo supondría  la pérdida de los privilegios  que gozaban.
   Pero el sólido bloque converso se tambalea amenazando su derrumbe total cuando los reyes deciden establecer en Sevilla la Inquisición, cuya creación había sido aprobada el 1 de noviembre de 1478 por el Papa Sixto IV en la Bula Exigit sincerae devotionis affectus. Los primeros inquisidores, los dominicos Miguel de Morillo y Juan de San Martín, se instalaron en el convento de San Pablo del que precisamente era prior fray Alonso de Hojeda, e inmediatamente mostraron su intolerancia pretextando defender la pureza de la fe y atacar el criptojudaismo, aplicando con todo rigor, severidad y abuso de poder cometiendo toda clase de excesos llenando las cárceles de inocentes cuyo pecado consistía en ser conversos, o simplemente sospechosos de serlo.

   Ante el cerco brutal a que se ven sometidos, los miembros más influyentes de la sociedad de marranos se reúnen secretamente en la casa del banquero Diego Susón, en la collación de San Salvador, donde traman un arriesgado plan de resistencia armada pasando por el asesinato de los inquisidores Miguel y Juan.
   Y es en este punto donde, al lado de la trágica realidad, brilla un patético halo de infortunadas leyendas románticas. Uno de los conjurados, Diego Susón, tenía una hija, Susana ben Susón la Susona, aclamada como la mas fermosa fembra de Sevilla, que andaba en amoríos con un caballero cristiano de distinguida familia sevillana. Una noche, la fermosa, sin ser vista, se enteró del complot que urdían los conjurados y temiendo que su amante pudiera ser una de las victimas de tan macabro plan, lo puso en su conocimiento; éste, sin dudarlo, puso la información recibida en conocimiento del Asistente de la ciudad Diego de Merlo, que de inmediato reunió las fuerzas necesarias que rodearon la casa deteniendo a los conspiradores conduciéndolos a prisión.
   De acuerdo con el manuscrito 1419 que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid, los conjurados apresados fueron:

DIEGO DE SUSÓN.- Propietario de tierras al que se le suponía una fortuna de más de 10 cuentos.  Fue uno de los 24 que llevó el palio en el bautizo del príncipe don Juan. Algunas crónicas apuntan que antes de ser entregado al brazo secular se convirtió al cristianismo.
PEDRO FERNÁNDEZ BENADEVA.- Mayordomo de la Iglesia. Padre del canónigo Benadeva y sus hermanos. Tenía en su casa un gran arsenal de armas capaz para 100 hombres.
JUAN FERNÁNDEZ ABULAFIA el Perfumado.- Alcalde de Justicia y Letrado. Los Abulafia era una extensa familia de conversos ricos con grandes posesiones de tierras en Andalucía y Castilla, ejerciendo cargos importantes en la Corte, especialmente durante el reinado de Pedro I el Cruel. En Toledo la casa que conocemos como la del Greco, la construyó y vivió en ella Samuel Leví Abulafia.
JUAN ALEMÁN.- Pocasangre (poca sangre cristiana).
PEDRO FERNÁNDEZ CANSINO.- Veinticuatro de Sevilla y Jurado de San Salvador.
ALONSO FERNÁNDEZ DE LORCA.-
GABRIEL DE ZAMORA.- De la calle Francos. Veinticuatro de Sevilla.
AYLLÓN DE PEROTE.- El de Las Salinas.- Reconciliado y habilitado en 1494.
MEDINA el Barbado, hermano de los Baenas. Controlaba el mercado de la carne en Sevilla.
SEPÚLVEDA Y CORDOBILLA, hermanos, y su sobrino el bachiller RODILLA (otras crónicas apuntan que era el padre). Arrendador del pescado salado de las almadrabas de Portugal.
PEDRO ORTIZ MALLITE.- Cambiador de Santa María.
PERO DE JAÉN el Manco, y su hijo JUAN DE ALMONTE.
LOS ADAFES DE TRIANA, que vivían en el Castillo de San Jorge (Triana), que se convirtió en  sede y prisión de la Inquisición.
ALVARO DE SEPÚLVEDA el Viejo, padre de JUAN JEREZ DE LOYA.
CRISTÓBAL PÉREZ MONDADINA (o Mondaduro), de San Salvador.

   En el citado documento aparecen como los primeros quemados de la Inquisición, el primero de febrero de 1481,  siendo quemados seis de los conjurados y algunas mujeres. Tres días más tarde, fueron llevados al quemadero de Tablada, Susón, Benadeva, Abufalia y Alemán, pero en otras crónicas también figuran Lorca, Loya, Manuel Saulí, el mayordomo Bartolomé de Torralba, el fraile trinitario Salvariego, el anciano Foronda que dudaba del éxito del levantamiento, que subieron a la pira  con un Pocasangre.
   Entre el pueblo corría una coplilla que repetía:

Benadeva, dezí el Credo.
¡Ay que me quemo!

    La represión y persecución se extendió a todo el reino castellano, y de ella no escapó un privado  de Alonso de Aguilar acusado de decir, durante la proximidad de parir la reina Isabel, la frase la reina ha de parir o reventar. Cierto es que muchos escaparon, bien mediante sobornos, confiscación de sus bienes e incluso perdonados por una bula del Papa Sixto IV, como la influyente familia de conversos, los Fernández de Sevilla, protegidos del duque de Medina Sidonia.
   La interdicción cogió de sorpresa a Medina Sidonia que no pudo reaccionar, sobre todo ante la pasividad de los reyes, pero favorece la huida de los conversos dándoles refugio en las tierras de sus señoríos, principalmente en Huelva por su proximidad con la raya de Portugal. Los reyes para atraerlo a él y al marqués de Cádiz empiezan a ofrecerles parte de los bienes confiscados a los judíos.

   La Susona, desesperada y arrepentida ingresó en un convento de clausura del que la sacó el obispo de Tiberiades Reginaldo Romero, en algunas crónicas dicen Rubino, del que tuvo uno o dos hijos. Abandonada por el eclesiástico, llevó una vida miserable muriendo en la indigencia amancebada  con un especiero.  En su testamento ordenó que: y para que sirva de ejemplo a las jóvenes y en testimonio de su desdicha, mando que cuando haya muerto, separen mi cabeza de mi cuerpo, y la pongan sujeta en un clavo sobre la puerta de mi casa, y quede allí para siempre jamás. La tétrica calavera estuvo durante muchos años expuesta en su casa del barrio sevillano de Santa Cruz.
    Este fue el principio de una serie interminable de detenciones, torturas, confiscación de bienes, impuestos excesivos (fardas) y muertes, que culminaron con el Edicto de expulsión promulgado el 31 de marzo de 1492:

Nosotros ordenamos que los judíos y judías de cualquier edad que residan en nuestros dominios o territorios que partan con sus hijos… y que no se atrevan a regresar… y si acaso es encontrado en estos dominios o regresa será culpado a muerte y confiscación de sus bienes…

   Incluso Colón se hace eco del Edicto y lo manifiesta en el Diario de Navegación: Así que, después de haber echado todos los judíos de vuestros reinos y señoríos…
   Desgraciadamente la Inquisición no fue el río de sangre que lavó los pecados de una supuesta herejía en un momento concreto, sino que siguió fluyendo durante cuatro siglos más, dejando tras de sí una vergonzosa estela de injusticia, crueldad, vesania y arbitrariedad gratuitas.  

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jueves, 16 de abril de 2015

FALLECIMIENTO DE CERVANTES



Alberto Casas.

A causa del traslado de la Corte a Madrid, Cervantes abandona Valladolid y sigue al real cortejo instalándose en la  nueva capital del Reino, donde continuamente cambia de domicilio, hasta que en 1614 se muda a la calle Huertas, humilde choza mía (Viaje del Parnaso), de renta muy barata de acuerdo con la exigua situación económica que atravesaba. La cutre vivienda estaba situada frente a la del príncipe Muley Xeque, conocido como el Principe Negro, sultán de Marruecos que fue destituido por su primo Muley Meluc ayudado por los piratas argelinos. En el convento de las Descalzas Reales se bautizó con el nombre de Felipe de África, apadrinado por el príncipe Felipe (después Felipe III) y la infanta Isabel Clara Eugenia, la hija preferida de Felipe II. Existen indicios de que Cervantes, cuando actuaba como Comisario de la Armada Invencible, le conoció en Sevilla, aunque de forma expresa haba de él y lo menciona en la Adjunta de su Viaje del Parnaso:

A Miguel de Cervantes Saavedra, en la calle de las Huertas, frontero de las casas donde solía vivir el príncipe de Marruecos, en Madrid.

  En 1616 gracias a la venta de unas obras literarias que le reportan cerca de 300 maravedíes, puede alquilar una casa casi nueva en la calle León, propiedad del escribano Gabriel Martínez, permitiéndole abandonar la anterior cuyas insalubres condiciones afectaron a su salud, ya de por sí resentida, que le obligan a espaciar sus paseos y limitarlos a recorrer la calle donde vive, aunque procura no faltar a misa en el convento de las Trinitarias del que es capellán su amigo el licenciado Francisco Martínez Marcilla, hermano de su arrendador. Sin embargo su mente permanece lúcida y no deja de trabajar en su última novela Los trabajos de Persiles y Sigismunda, pero la fatiga le impide escribir todo lo que él quisiera. De vez en cuando recibía ayuda económica de su protector el conde de Lemos, y es posible, no seguro, que también del arzobispo Bernardo de Sandoval y Rojas. Sus dolores y abatimiento se alivian en parte gracias a los ratos que pasa en la tertulia que pomposamente es conocida como la Academia de Madrid, en la que ya empieza a destacar un jovencísimo poeta llamado Francisco de Quevedo, y también a la compañía y charla con su mujer Catalina de Salazar, con el escribano Gabriel Martínez y la visita de los hermanos de la Orden Tercera Franciscana que tratan de darle consuelo y  prepararlo para el viaje final confiando en la misericordia divina. Cervantes pertenecía desde 1613 a la Venerable Orden Tercera Seglar franciscana fundada por San Francisco de Asís, pero no profesó hasta 1616, lo que le comprometía a una vida cristiana, austera y vestir el hábito, aunque cubierto.

Pero su salud se agrava de tal forma que su mujer y amigos se alarman y temen lo peor. El médico que le atiende recomienda un cambio de aires más puros y conforme al diagnostico es trasladado a Esquivias, en Toledo, donde Catalina de Salazar tiene casa y tierras, pero el cambio no surte los efectos deseados, sino todo lo contrario, por lo que ante la evidencia retorna a la Villa y Corte.
   No se puede olvidar que Cervantes pertenecía a una familia de galenos y su propio padre lo ejercía a pesar de su sordera, por lo que empieza a asumir la trascendencia de su enfermedad, percepción que manifiesta en su desgarrada despedida en el citado Prólogo de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, el 19 de abril, a don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos:

            Puesto ya el pie en el estribo,
Con las ansias de la muerte,
Gran señor, ésta te escribo.
 
    Ayer me dieron la Extremaunción y hoy escribo ésta… Y finaliza:

¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros contentos en la otra vida!
  
   El fatal desenlace, previa confesión por el clérigo Francisco Martínez, se produjo el día 22 de abril, fecha de la que dan fe los escribanos, pero la partida de defunción era expedida por la parroquia correspondiente el día del sepelio, es decir, cuando recibía  sepultura, en este caso el día siguiente 23, registrada en la Parroquia de San Sebastián, folio 270, situada en la calle Cantarranas.  Los hermanos terciarios lo llevaron a hombros     con la cara y la pierna derecha descubiertas.                                                                                                                                                               Dejó el mundo El Príncipe de los Ingenios, el héroe de Lepanto, esclavo durante cinco años en los baños de Argel, el hombre al que la Corte no supo o no quiso reconocer sus  servicios. Calumniado, injuriado, perseguido por la Inquisición que lo excomulgó y encarceló en Écija y en Castro del Río. Comisario para proveer la Armada Real fue mal pagado, estafado y encerrado en la Cárcel Real de Sevilla donde su genio vislumbró al inmortal don Quijote. Se libró de la epidemia de peste que asoló Sevilla, y denunciar las injusticias de la Justicia que en sus carnes sufrió, sería y es el cuento de nunca acabar.
   Por faltar no le faltaron sinsabores familiares: la fama de sus hermanas las Cervantas, los disgustos y desagradecimiento de su hija bastarda Isabel, y las aceradas críticas, cuando no la traición del mundillo literario. Lope de Vega, que da la sensación que no asimila el clamoroso éxito del Quijote, dijo que de los poetas ninguno hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a don Quijote. Más sorprendido debió quedar que el Soneto al túmulo de Felipe II en Sevilla escrito por Cervantes, el pueblo lo recitara de memoria.

¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza,
Y que diera un doblón por describilla!
Porque ¿ a quién no sorprende y maravilla
Esta máquina insigne, esta riqueza?

Por Jesucristo vivo, cada pieza
Vale más de un millón, y que es mancilla
Que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla,
Roma triunfante en ánimo y nobleza!

¡Apostaré que el ánima del muerto,
Por gozar de este sitio, hoy ha dejado
La gloria, donde habita eternamente!

Esto oyó un valentón, y dijo: es cierto
Lo que dice voacé, seor soldado,
Y quien dijere lo contrario ¡miente!

Y luego incontinente
Caló el chapeo, adquirió la espada,
Miró al soslayo, fuese, y no hubo nada

   ¿Qué enfermedad lo llevó a la tumba?. Se habla mucho de hidropesía, pero la prescripción no es de Cervantes, sino del estudiante que se lo encuentra en el trayecto de Esquivias a Madrid (Prólogo al conde de Lemos). Las modernas investigaciones creen factible que padecía malaria infectada en Italia, con las complicaciones que agregaron las heridas de Lepanto, las penalidades de Argel, y por último la vejez, que abrió las puertas para que todo se recrudeciera avanzando inconteniblemente, produciendo una diabetes militus y todas las secuelas que el mal genera. Fuera lo que fuera, Miguel de Cervantes Saavedra, limpias las heridas del cuerpo y del alma, cabalga con su sosias Alonso Quijano el Bueno por los campos de La Mancha empírea.





domingo, 8 de marzo de 2015

LA REBOTICA DEL DESCUBRIMEINTO



Alberto Casas.






            Miles de historias sobre el Descubrimiento y sus protagonistas nos han inundado, y continúan, aunque seguimos confundidos con tanta manipulación, invención y falseamiento de documentos, cartas, mapas y pleitos que tratan de enaltecer e incluso divinizar a unos y de satanizar y minusvalorar a otros. Historias mil, leyendas mil y mentiras mil, obviando puntos claves que velan interesadamente la verdad o parte de ella, empezando por el propio descubridor, Cristóbal Colón, que aún no sabemos si era genovés, gallego, portugués, mallorquín, de Savona, lombardo, de Cerdeña, judío, caballero templario, o pirata que acompañó a un almirante francés también llamado Coulón o Cazenave; o si era hijo de un rey, o de un príncipe, de un papa o de un tejedor; pero lo más sorprendente es que ni sus propios hijos sabían dónde había nacido su padre, como así lo confiesa don Hernando en la Historia del Almirante: más quiso que su patria y origen fuesen menos ciertos y conocidos. El apellido Colón lo había por todas partes; hasta en un pequeño pueblo, Puebla de Guzmán (Huelva), en esa época vivía una familia apellidada Colón.
    Se data la fecha de su llegada a España sobre 1485; entonces ¿desde cuándo su amistad con el ayamontino Rodrigo de Jerez, el primer fumador de la historia, con el clérigo Martín Sánchez o con el hacendado Juan Rodríguez Cabezudo? Sus cuñados viven en Huelva o en San Juan del Puerto, pero apenas si tiene comunicación con ellos, mientras que en Moguer Colón va a todas partes con el clérigo y con Cabezudo, en cuya casa se aloja y tiene la confianza necesaria para dejarle a ambos la custodia y guarda de su hijo Diego cuando zarpa de Palos el 3 de agosto; ¿Se deja un hijo ancá unos desconocidos? Martín Sánchez cree desde el principio en el proyecto de Colón y lo lleva al monasterio de Santa Clara de Moguer para presentarle a la abadesa doña Inés Enriquez, pariente del rey don Fernando e hija de don Fadrique Enriquez, Almirante de Castilla; sin duda la abadesa le favoreció lo suficiente para que en agradecimiento el descubridor prometiera, durante el fortísimo temporal que padeció la Niña (curiosamente su verdadero nombre era Santa Clara) el jueves 14 de febrero de 1493, ir en peregrinación al monasterio moguereño velando una noche y escuchar una misa.
   Es posible que la abadesa le diese cartas de recomendación para los duques de Medinaceli y de Medina Sidonia y, finalmente, lo pusiera en contacto con el poderoso Alonso de Quintanilla (se discute su ascendencia judía) que era la forma más directa de poder llegar hasta los reyes. Probablemente fue Quintanilla el que  convenció a la reina para que no autorizara a Medinaceli organizar una expedición a las Indias al mando de Colón, permiso que la soberana denegó porque tal empresa como aquella no era sino para reyes.
  El complicado embrollo que rodea la gestación del Descubrimiento se ha convertido en un vivero de hipótesis y elucubraciones, de verdades y media verdades, de falsificaciones y fantasías, así qué ¿es verosímil una trama para que Castilla se desentendiese del proyecto colombino y entonces recuperarlo los aragoneses, secretamente capitaneados por el mismísimo rey don Fernando y sus banqueros?; indicios abundan para sospechar de tal intención.
   Juan Rodríguez Cabezudo era judío converso, y como era de rigor, la Inquisición le clavó sus garras en 1495 teniendo en cuenta, más que su condición de marrano, su buena situación económica, imponiéndole a él y a su mujer, Leonor Márquez, una sustanciosa sanción monetaria de ocho millones de maravedíes para ser rehabilitados. Cuando Colón, dicen que desanimado, piensa abandonar España, fray Juan Pérez escribe a la reina pidiéndole audiencia, siendo el portador de la carta el piloto de Lepe Sebastián Rodríguez; la reina accede a recibirle dada la alta estimación que del franciscano tiene y de quien en repetidas ocasiones ha solicitado consejo (le pidió su opinión sobre el proyecto de expulsión de los judíos); y nuevamente aparece Cabezudo facilitándole a Colón una mula de su propiedad para que realice el viaje. En aquella época, disponer de esas bestias era un privilegio que sólo podía obtenerse por concesión real.
  Decretado el embargo de dos carabelas de Palos, surgió la dificultad de no encontrar tripulación, por lo que se pensó en embarcar presos con promesa de indulto si participaban en el viaje, pero el problema persistió al no haber gente de mar suficiente entre los reclusos y solamente tres pudieron ser enrolados: el palermo (natural de Palos de la Frontera) Bartolomé de Torres que había asesinado al pregonero de la villa Juan Martín, y a Juan de Moguer y Alonso de Clavijo que le habían ayudado a escapar de la cárcel. Finalmente, solucionaría la cuestión Martín Alonso Pinzón, aunque algunos, más tarde navegantes famosos, se excusaron, como Juan Bermúdez (el descubridor de las Bermudas), Pedro Ortiz (su mujer no le dejó ir), Gonzalo Alonso (dijo que estaba enfermo), Juan Rodríguez de Mafra (no se fiaba de Colón y además esta recién casado con Catalina Rodríguez), y otros.
   Personajes que intervinieron en otros ámbitos, pero no por ello menos importantes, son  el escribano de Moguer Alonso Pardo, que desde la orilla del río Tinto levantó acta de la partida de las tres naves sobre las cinco y media de la madrugada del 3 de agosto de 1492; y Antón Romero, dueño de una barca, que fue contratado para llevar a las naves provisiones y a los tripulantes que embarcaron el día 2, antes de ponerse el sol, y de él nos queda la información de que fue Martín Alonso Pinzón el que fijó el día y la hora en que debían zarpar las naves. Apenas si la Historia los recuerda, pero forman parte de ella.
           





            

lunes, 2 de febrero de 2015

LA CHUSMA


 A. Casas.

           
CHUSMA: La gente de servicio de la galera. Es nombre italiano, corrompido de la palabra ciurma, que vale chusma, quasi turma. Algunas veces significa la gente ordinaria y común de la casa, que no tiene nombre de oficio ni assiento en ella». Por su parte, O’Scanlan  (Diccionario Marítimo Español. 1831), la define de forma escueta, pero clara, como: En general ó según todos los escritos que tratan de esta voz, se entiende por el conjunto de los forzados ó galeotes de una galera.
           Covarrubias (Tesoro de la lengua castellana o española. 1611).
  
 El Diccionario de la R.A.E. entre sus diversas acepciones la define como

Conjunto de los galeotes que servían en las galeras reales.
Del griego κέλευσμά (kéleusma): Canto acompasado del remero jefe para dirigir el movimiento de los remeros.

   La navegación a remo era esencial en las galeras, o gurapas, bien por estar el viento en calma, o jolito, necesitando la fuerza humana para moverlas, bien por aumentar la velocidad complementando la que proporcionan las velas, ya para huir del enemigo, o, por el contrario, para alcanzarlo o cazarlo: apretó la chusma los remos, impeliendo las galeras con tanta furia que parecía que volaban. (Don Quijote. II-63).
   Tenían, pues, las galeras, su propia jerga que las distinguían de otros tipos de embarcaciones, y así conocemos la palamenta, que era el conjunto de remos de que iban armadas y generalmente se traían de Nápoles y Sicilia por ser más baratos. Los remos o galochas solían ser de unos 12 m. de largo y construidos de madera de haya, y manejados, cada uno, por 4 o 5 hombres, los remeros, remadores, bogadores, o boyas, que de todas estas formas eran nombrados y conocidos entre los moros como bagarinos.

  Los buenas boyas eran los remeros voluntarios y asalariados equiparándose a la gente de cabo (oficiales, marineros, lombarderos y artilleros); entre las buenas boyas destacaba el espalder o bogavante, llamado así porque era el que iba más a popa y daba la espalda a todos los demás, marcando el ritmo de la palada; este puesto lo ocupaban los más diestros y gozaban de ciertos privilegios, principalmente ser libres. En 1530  Carlos I sugirió a Andrea Doria que los cristianos cautivos de los berberiscos fueran liberados, pero que sean pagados por el tiempo que sirvieren, que de otra manera sería cosa injusta e inhumana.
   Otra clase de la que se componía la chusma eran los forzados del rey, individuos que por sus delitos se condenaban a remar en las galeras, encadenados a un banco, por lo que también recibían el nombre de bancos y galeotes, aunque eran elegidos más teniendo en cuenta su salud y robustez que la gravedad del delito cometido.

Vidriera, esta noche se murió en la cárcel un banco que estaba condenado a la horca. (Cervantes. “El Licenciado Vidriera”).

Esta es la cadena de galeotes, gente forzada del rey que va a las galeras (Don Quijote. I-22).

     En algunas crónicas también los titulan talamites. La pena mínima que se imponía a un forzado era de dos años al remo, uno de entrenamiento, y la máxima, o muerte civil, de diez años amarrado al banco. Por último estaban los esclavos, el principal motor humano del que se valían los turcos y berberiscos para impulsar sus naves; cerca de veinte mil esclavos cristianos se liberaron en la batalla de Lepanto. Su uniforme generalmente consistía en lo  irónicamente se llamaba la ropa del rey, dos pares de calzones de lienzo, almilla y bonete rojos, además de llevar rapadas la cabeza y la barba.
   La clave para que la chusma se pusiera inmediatamente en posición y disposición de encajar el remo en el escalamo (tolete) para bogar con todas sus energías, estaba en el grito !fueraropa! lanzado por el cómitre, y que el citado Covarrubias define como:

Término de la galera quando se ha de remar con higado, razón por la que los remeros, para estar más libres en la faena, se desembarazaran de todo lo que podia estorbarles, como camisas e incluso pantalones, quedándose en taparrabos para cubrir su desnudez; pasóse el cómitre en crujía y dio señal con el pito que la chusma hiciese fuera ropa, que se hizo en un instante. Sancho que vio tanta gente en cueros, quedó pasmado (Don Quijote. II-63).

   Si era necesario, y frecuentemente lo era, el esfuerzo de los remeros era estimulado a base de latigazos, pero este brutal castigo que a más de uno le costaba la vida, hubo de ser suavizado ante la falta cada vez mayor de buenas boyas y forzados, sobre todo a partir de mediados del siglo XVI, ordenándose que los azotes no les golpeasen la cabeza, las manos y las piernas, de donde viene la expresión mosqueo, pues parecía que se trataba de espantarles las moscas del cuerpo: hizo señal el cómitre que zarpasen el ferro, y saltando en mitad de la crujía con el corbacho o rebenque, comenzó a mosquear las espaldas de la chusma (Don Quijote. II-63).
   El mosqueo era un simulacro de azote ya que en realidad el cómitre lo que hacía era restallar el látigo sobre las espaldas de los forzados casi sin rozarlas. Esta suavización del castigo estaba motivada por la falta cada vez mayor de buenas boyas, de modo que la chusma se componía casi exclusivamente de forzados y esclavos, así como de desgraciados rapiñados en las levas. Por lo tanto, no se trataba de una medida humanitaria sino práctica, pues la necesidad obligaba a que se les mantuviese en la mejor forma posible, e incluso se apoyó la solicitud de la Cofradía de la Piedad y Caridad de las Galeras de fundar un Hospital Real en la iglesia de San Juan de Letrán en el Puerto de Santa María, auspiciado por D. Luis de Requeséns y D. Juan de Austria para atender a la curación de los enfermos, entierros y misas de la chusma procedente de las galeras de guerra. Asimismo, por Real Cédula de 28 de Abril de 1598, se establece que los navíos de SM deben proveer la plaza de cirujano de galera con sueldo crecido, siendo de advertir que una vez nombrado para un viaje no se puede revocar el nombramiento.

  En 1539, Carlos I trató de pactar con el pirata más famoso de la Historia, Jeiriddin Barbarroja, enviando a Juan Gallego para lograr un acuerdo, proponiendo entre otras condiciones que debía liberar a todos los cautivos y galeotes españoles y genoveses. Desgraciadamente, Barbarroja prefirió aliarse con Francisco I, procediendo a saquear los puertos de Cadaqués, Colimbre, Rosas, Villajoyosa, Ibiza, Mallorca y Guardamar.
   De todas formas, don Quijote no aceptaba esta inhumana situación, porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres. (I-22), y como decía el doctor Alcalá, la vida del galeote es vida propia del Infierno: no hay diferencia de una a otra, sino que la una es temporal y la otra eterna. Que se lo digan al almirante Brochero que estuvo aherrojado cinco años en una nave de Uluch Alí.
   Lo dijo fr. Antonio de Guevara (Arte de navegar):  La vida en la galera, dele Dios a quien la quiera.
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sábado, 3 de enero de 2015

PASAR UNA CRUJÍA



Alberto Casas.

Suele suceder, a veces con demasiada frecuencia, que a lo largo del camino por el que transcurren nuestras vidas, con velocidad constante e inalterable, según afirma Petrarca, nos toque sufrir ¿y a quién no? algún que otro quebranto, ya sea de índole económico, ya sea de naturaleza familiar, o que afecte dolorosamente a nuestra salud física y mental, eventos que inevitablemente nos instalan en una situación más o menos angustiosa y, en todo caso, incomoda; son trances amargos a los que nos referimos coloquialmente diciendo que estoy pasando una crujía, o he pasado una crujía cuando la mala racha se ha superado, con mayor o menor fortuna.
   Esta castiza forma de calificar los percances que padecemos o hemos padecido, ya se utilizaba, que se sepa, en el siglo XV, y Cervantes, ya metidos en el XVII, la emplea en la obra versificada Viaje del Parnaso:

Hecha ser la crujía se me muestra
de una luenga y tristísima alegría,
que no en cantar, sino en llorar es diestra
(por ésta entiendo yo que se diría
lo que suele decirse a un desdichado
cuando lo pasa mal: pasó crujía).
           
   El significado del vocablo crujía lo encontramos en cualquier diccionario que consultemos, incluso los más actualizados, y nos hemos decantado  (cualquiera otro sirve) por acudir a la Enciclopedia del Mar.
           
Crujía.- Línea central de la cubierta, en el sentido proa-popa y paralela a la quilla. En las galeras, espacio libre o corredor de popa a proa, entre los bancos de los remeros.

   Como vemos, el dicho pasar una crujía guarda una estrecha relación con el término náutico que lo define, y esta vinculación se enmarca dentro de las reglas de policía establecidas en las Ordenanzas Marítimas destinadas a  velar y mantener la disciplina a bordo de los navíos, necesarias para una navegación óptima, tanto en periodos de paz como de guerra, con buen o mal tiempo, prescribiéndose castigos que se estimaban ejemplares y que debían de servir de aviso y escarmiento a los más díscolos y revoltosos, especialmente en las tripulaciones formadas por reclusos, forzados y las enroladas por el casi siempre brutal procedimiento de las levas, que se justificaba proclamando que se trataba de la recolección de ociosos y vagos para el servicio de los bajeles de Su Majestad. En los navíos de guerra a la pena de la crujía se le llamaba correr la bolina, y sufrir la carrera de baqueta en el ejército.
   Sin duda, hoy estimamos excesivamente rigurosos, crueles e incluso inhumanos muchos de los castigos que se imponían y que, sin remisión, se aplicaban con el rigor, no exento de solemnidad, que las leyes penales marítimas determinaban en supuestos tales, como los de desobediencia, negligencia, desidia, rendirse al sueño, robo y el peor de todos, el motín.
   Para cualquiera de estos hechos, y aun de otros, estaban legislados los correspondientes correctivos a ejecutar de acuerdo con la gravedad de la falta o delito juzgados, y entre ellos, podemos destacar algunos, como reducir las raciones alimentarias, así como las del vino y el agua; descargar sobre las espaldas desnudas del convicto una tanda de azotes que oscilaban entre 50 y 200, latigazos que podían ser de mosqueo (como si estuviesen espantando moscas del dorso del reo), o terminar dejándolo tumbado en el catre, boca abajo, sin poderse mover durante una buena temporada; o colgarlo de lo alto de una entena por los pulgares; o pasarlo por debajo de la quilla (éste era de los más temidos); o ahorcarlo del palo mayor, o pasar la crujía, es decir, recorrer la cubierta por el centro, generalmente de popa a proa, recibiendo en la cabeza, la espalda o donde cayeran, los golpes que en su carrera le iban propinando los tripulantes colocados a ambos lados de la crujía. Ni que decir tiene que la contundencia de la pena dependía de la mala uva de los que manejaban los instrumentos de tormento, palos, estrobos mojados, rebenques, etc.
   Sebastián de Covarrubias (Tesoro de la Lengua Castellana o Española. 1611), lo define de esta manera:

Passar crugía es verse en peligro de que unos y otros le maltraten, tomada la semejanza de cierto castigo que se suele hazer en galera, haziendo passar a uno por la crugía hasta el cabo, de popa a poa, t los remeros o forçados de una y otra vanda le dan tantos porrazos que lo medio matan.

   Un buen ejemplo de la efectividad de estas normas coercitivas lo encontramos en el Quijote (II-63), donde se narra el episodio vivido por el caballero andante y su leal escudero, cuando fueron invitados a embarcar en una galera surta en el puerto de Barcelona; las maniobras para hacerse el navío a la mar produjeron en Sancho Panza una gran impresión, mezcla de asombro e incredulidad.

Entraron todos en la popa, que estaba muy bien aderezada, y sentáronse por los bandines; pasóse el cómitre en crujía y dio señal con el pito que la chusma hiciese fuera ropa, que se hizo en un instante. Sancho, que vio tanta gente en cueros, quedó pasmado, y más cuando vio hacer tienda con tanta priesa, que a él le pareció que todos los diablos andaban allí trabajando

   No serían tanto el asombro y la incredulidad de saber las consecuencias que hubiesen recaído sobre la chusma de no haber obedecido, inmediatamente y en un instante, las ordenes del cómitre desde la crujía. Las señales del pito convirtieron a los diablos en angelitos.
   Hasta finales del siglo XIX no se empezaron a suavizar los preceptos de humillación corporal a bordo de los buques.
   Queda claro que la frase pasar una crujía expresa bastante gráficamente la enjundia del pueblo para trasladar a su lenguaje coloquial los malos tragos que, quieras o no, hemos de apurar y soportar, antes o después, o siempre, durante el discurrir por este nuestro valle de lágrimas.


lunes, 1 de diciembre de 2014

EL PASTELERO DE MADRIGAL

Alberto Casas.          

Al norte de Ávila  está situada la villa de Madrigal de Altas Torres, famosa, no sólo por su célebre convento de las madres agustinas de Nuestra Señora de la Victoria, sino porque en ella se fraguó la trágica patraña protagonizada por el farsante Gabriel de Espinosa que montó, o se brindó a interpretar la zafia pantomima con la cooperación del monje agustino portugués fray Miguel dos Santos, vicario del convento desde hacía once años, y en el que se hallaba enclaustrada, desde los seis años de edad, la desgraciada doña Ana de Austria, hija natural del héroe de Lepanto, que se negaba a profesar los votos de la Orden pues imperaba en su espíritu y en su razón la rebeldía ante la injusta y forzada reclusión conventual ordenada por su tío el rey Felipe II, sin que el tiempo ni el austero recogimiento lograran aplacar sus incontenibles ansias de libertad y de disfrutar de la vida mundana que a una mujer de su temple y rango correspondía.
    El fraile se hallaba desterrado por su adhesión al pretendiente don Antonio, prior de Crato,  hijo de una judía llamada la Pelicana y del infante don Luís, duque de Beja, hermano del rey Juan III de Portugal. El azar o el fruto de un plan preconcebido entre 1593 y 1594, aparece por Madrigal un tal Gabriel de Espinosa, de oficio pastelero, acompañado de su ama, la gallega Inés Cid y de una niña pequeña que dice llamarse Isabel Clara Eugenia, como la hija mayor y favorita de Felipe II. Inmediatamente entabla una gran amistad, si es que no provenía de antes, con fray Miguel de Espinosa, quien, a la vez, le presenta a la reclusa conventual doña Ana de Austria, convenciéndola de que se trata del desaparecido don Sebastián I, el verdadero rey de  Portugal, derrotado por los moros en la batalla de Alcazarquivir, en 1578, donde murieron cerca de 30.000  portugueses aunque el cadáver del rey nunca se encontró, lo cual dio lugar a que se produjera un movimiento milenarista llamado sebastianismo, basado en el convencimiento de que el rey estaba vivo y muy pronto aparecería ante su pueblo. Los orígenes de esta doctrina pseudo profética, se remontan a la difusión de la obra Paráfrase e Concordança de Algunas Profecías de Bandarra, escrita entre 1536 y 1540 por el zapatero de la villa de Trancoso (Portugal) Gonzalo Anes Bandarra, en la que, en una serie de trovas, profetiza la venida a Portugal de un soberano mesiánico llamado O Encoberto, que instaurará la paz universal y el triunfo de la Cristiandad. Bandarra fue quemado por la Inquisición en el Auto de Fe celebrado en Lisboa en 1542, aunque se duda de que tuviera sangre judía, y muchos historiadores sostienen que fue indultado y desterrado a su pueblo de Trancoso, donde murió.

  La desaparición de don Sebastián y la muerte sin descendencia de su único y legítimo heredero, el anciano cardenal-infante don Enrique en 1580, justifican los derechos de Felipe II, hijo de Dª Isabel, mujer de Carlos I, que a su vez era hija de don Manuel de Portugal, títulos que el monarca español resenta para la unificación de la península ibérica con la anexión de Portugal: “yo  lo heredé, yo lo compré y yo lo conquisté”, alega el Rey Prudente, que en principio fue reconocido por los portugueses en las Cortes de Thomar en 1581, tras la muerte del Infante don Enrique. Sin embargo, parte de los portugueses reaccionan convirtiendo al Encoberto en el añorado don Sebastián, abonando la creencia de que muy pronto se presentará expulsando al usurpador español.
   El fraile Miguel dos Santos, que había conocido al rey en Lisboa, afirmaba que el pastelero era sin duda alguna don Sebastián, y una gran semejanza debía tener según lo describen los cronistas de la época:

en el talle, figura del cuerpo, facciones del rostro, ojos azules, cabello rubio donde no era cano, las cejas del mismo color, la boca y lo demás del aire y compostura, y en el modo de hablar arrojadizo y determinado, en los meneos y modo de andar, de lado. Y aunque era algo más enjuto de rostro que el rey don Sebastián, según su edad, se persuadió de los trabajos que había padecido

   Poco trabajo les costó embaucar a la incauta doña Ana que ya se veía ciñendo la corona de Portugal y casada con el que creía su primo, para lo cual requirió la oportuna licencia del Papa, así como una carta para el pretendiente don Antonio refugiado en París, y otra para el rey de Francia solicitándole ayuda, incluso militar si fuera preciso. El pastelero emprendió viaje con unas joyas que la monja le dio para cubrir sus gastos, pero el fingido rey, una vez llegado a Valladolid, hizo ostentación de las alhajas que llevaba en un burdel donde fanfarroneó de su real condición. La ramera que le acompañaba, sospechando que podían ser robadas, lo denunció a la justicia que inmediatamente procedió a su arresto. Su declaración interesó al Alcalde de Crimen de la Chancillería  don Rodrigo Santillán, que intuyó se trataba de un caso grave e importante y que su intervención podía beneficiarle provechosamente en su carrera, así que retuvo al impostor del que obtuvo la confesión plena de la conspiración urdida, procediendo inmediatamente a su encierro en la cárcel de Medina del Campo, mientras el fraile fue conducido a Madrid. Ambos fueron acusados de alta traición y el pastelero, además, de embustero y que siendo hombre baxo se hizo persona real. Gabriel de Espinosa fue ahorcado el 1 de Agosto de 1595, su cuerpo arrastrado y descuartizado y su cabeza expuesta en el potro de Madrigal, mientras que el fraile, una vez degradado, fue ahorcado en Madrid el 19 de Octubre, y su cabeza clavada al lado de la de su cómplice. Doña Ana fue condenada a encierro perpetuo en un convento de Ävila y la pérdida de todos sus títulos, y la infeliz Inés Cid a sufrir una tanda de azotes y la expulsión del pueblo.
   Felipe II, desde el Escorial, siguió con gran atención las incidencias del proceso, falleciendo en 1598 sin otorgar a su sobrina el perdón que reiterada y vehemente le suplicaba. Más compasión tuvo Felipe III de su arrepentida prima, permitiéndole volver al convento de Madrigal en el que llegó a ser Priora, y más tarde Abadesa del monasterio de las Huelgas en Burgos.