domingo, 15 de junio de 2014

LA MISA SECA O NÁUTICA.

Alberto Casas.

                La cuestión sobre si debían de celebrarse oficios religiosos en altamar, especialmente a bordo de los navíos que cumplían misiones reales, se plantea a partir del momento en el que las Ordenanzas de las Armadas Navales de la Corona e Aragón, dictadas por Pedro IV el Ceremonioso (1354), establecen que, en un acto solemne, el rey entregue el estandarte real al Almirante o Capitán General de la Armada para su exhibición en el castillo de popa de la nave Capitana.
   El protocolo exigía que las tripulaciones, antes de hacerse a la mar, debían oír misa, confesar y comulgar, sacrificio que se realizaba en tierra dado el poco espacio de las naves para que a bordo se celebrara, quedando exentos del cumplimiento de esta obligación los componentes de la chusma, es decir, los remeros de las galeras que en aquella época la formaban voluntarios asalariados, buenas boyas, que embarcaban con una serie de privilegios, especialmente en cuanto a su religiosidad, forma de expresarse, conducta en tierra firme, o tropelías que  se pasaban por alto en consideración a la dureza del trabajo que desarrollaban.
   Las expectativas empeoraron en cuanto la chusma se cubrió con galeotes y esclavos, moriscos, gitanos, y gente, en general, constituida por delincuentes, infieles y descreídos, capaces de cualquier desmán (motines, traiciones, etc), situación de ninguna forma adecuada para llevar el Santísimo Sacramento en las galeras durante sus navegaciones. Por lo tanto, la presencia de al menos un sacerdote a bordo de la nave Capitana era meramente testimonial, de auxilio a los moribundos, escuchar su confesión y poco más, ya que la pequeñez de la nave, humedad, habitual compañía de ratas, malos olores, temporales, encuentro con enemigos, peligro de naufragio, posibilidad de ser apresada por  piratas, sobre todo turcos y berberiscos, excluía cualquier otra misión, como la de decir misa ante la práctica imposibilidad de guardar y cuidar, con la solemnidad necesaria, los ornamentos sagrados, especialmente el cáliz y las sagradas formas, sin olvidar la importancia que se daba a la calidad del aceite, de la cera y del vino de la consagración. En algunas crónicas, incluso se lee que la Eucaristía no puede estar en ningún lugar donde libremente se usen un lenguaje blasfemo e irreverente, en clara alusión a la conducta escandalosa de la  chusma.
   Por estas razones, la misa quedaba limitada a su celebración en tierra, antes de zarpar las naves, y en puerto a su arribada. Es un acuerdo que tácitamente se establece entre las autoridades eclesiásticas y las civiles, acuerdo que Roma corrobora tácitamente, aunque en ninguna Bula o en otro documento pontificio se aluda expresamente a su prohibición. Al respecto, una consulta que se hace  a Juan Burkardo, maestro de ceremonias del Papa, éste constesta:In loco fluctuante vel in mari et fluminibus celebrare non licet alicui.  Este interdicto se justifica, además, con la sentencia que se prescribe a raíz del Concilio de Trento, donde se ordena a los obispos que no toleren que se celebre este santo sacrificio por seculares o regulares, cualesquiera que sean, fuera de la Iglesia y oratorios dedicados únicamente al culto divino, que los propios ordinarios han de señalar y visitar. Obviamente, y a tenor de esta norma, un navío no reunía los requisitos para dedicarlo a dicho culto divino.        
   El Obispo de Mondoñedo, Antonio de Guevara, de su experiencia de un viaje por mar que hizo acompañando a Carlos V, escribió en tono irónico y satírico  El Arte de Marear, que trata de los muchos peligros, abusos e incomodidades  a que estarán sometidos los que por motivo de un viaje o cualquier otra cuestión ajena a la vida marítima embarquen en una galera, y refiriéndose a la chusma dice:

La mar es capa de pecadores y refugio de malhechores, porque en ella a ninguno dan sueldo por virtuoso ni le desechan por travieso.

   En definitiva se queja de que en la galera no se deja de jugar, hurtar, adulterar, blasfemar, trabajar, ni navegar, ni en domingos y días festivos, ni en Pascua, Semana Santa o Cuaresma. Esta y otras lindezas explican, sobradamente, la exclusión de la misa a bordo.

Es previlegio de la galera que ni marineros, ni remeros, ni ventureros, ni los otros oficiales que andan en la mar tomen pena, ni aun tomen conciencia por no oír las fiestas misa.

   Eugenio de Salazar, en 1573, dice de los galeones que hacían la Carrera de Indias:

Me aliñé lo mejor que pude, y salí del buche de la ballena o camareta en que estábamos y vi que corríamos en uno que algunos llamaban caballo de palo y otros rocín de madera. Y otros pájaro puerco, aunque yo lo llamo pueblo, y ciudad, mas no la de Dios, que descubrió el glorioso agustino, porque no vi en ella templo sagrado, ni casa de la justicia, ni a los moradores se dice misa.

   La falta de este auxilio espiritual en la mar, se compensaba, como ya se ha dicho, con la obligación de obtenerlo en tierra:

Es saludable consejo que todo hombre que quiera entrar en la mar, ora sea en nao, ora sea en galera, se confiese y se comulgue y se encomiende a Dios, como bueno y fiel cristiano, porque tan en ventura lleva el mareante la vida como el que entra en una aplazada batalla.

   Este saludable consejo se convirtió en ley mediante Real Cédula expedida por Felipe II en Lisboa el 10 de Febrero de 1582, prescribiendo que no se le pague ni gane sueldo a quienes no cumplan con esta obligación. En la misma se establece que tanto los agustinos, como los dominicos, franciscanos y jesuitas repartan sus sacerdotes en Sanlúcar de Barrameda y Cádiz para decir las misas completas y administrar los sacramentos a las tripulaciones y pasajeros de las naves que vayan a zarpar a las Indias.
   Sin embargo, la duración de los viajes trasatlánticos y sus peligros evidentes dio lugar a la invención de la misa seca, en la que el sacerdote oficiaba el santo sacrificio exceptuando la consagración y comunión, con la ventaja de que el sacerdote podía decirla en cualquier momento e incluso varias veces al día ya que, al no comulgar, no necesitaba estar en ayunas, como era preceptivo.
   La misa seca ya se había practicado en la antigüedad y era llamada también misa náutica, aunque fue suprimida por los abusos que con esta modalidad se cometieron, pero parece ser que fue restablecida por los navegantes portugueses en sus largas y penosas singladuras a la India, viajes que, con suerte, no se realizaban en menos de dos o tres meses, expuestos, además de los avatares propios de toda navegación, a otras situaciones, como enfermedades (escorbuto, por ejemplo); esta práctica litúrgica (la misa seca) se trasladó a los navíos españoles que hacían la Carrera de Indias, sin que haya constancia fehaciente de la intervención de las autoridades eclesiásticas en dicha decisión, que duró un  siglo aproximadamente, hasta que estalló la polémica entre teólogos y canonistas sobre la licitud y validez de este tipo de celebración en las naves.  Por un lado, se argumentaban la falta de seguridad y de respeto debidos que se exigían en viajes tan largos; la seguridad se garantizaba en cuanto la celebración sólo tenía lugar en días de calma, y el respeto se mantenía, bien en la cámara de popa, o en la cubierta donde se podían levantar el altar con las colgaduras, tapices y reposteros que dieran el realce que el ritual se merecía, y, asimismo, el peligro de la chusma había desaparecido, excepto en las galeras mediterráneas, ya que los grandes navíos, naos y galeones, únicamente utilizaban las velas como medio de propulsión.
   En el debate intervinieron las más importantes Universidades de España y Portugal, siendo decisivos los dictámenes de Salamanca, Alcalá, Coimbra y Evora, que se unieron a los tres puntos del P. Francisco Suárez :

1).-  Es lícita la celebración sin dispensa del Papa.
2).- Es conveniente, sin embargo, solicitar de los obispos para los    viajes a la India y a las Indias, al no existir peligro de efusión de la Sangre de Cristo, debitis cautelis (celebración en lugar decente).
3).- Es un gran consuelo para los navegantes saber que en peligro inminente de muerte pueden recibir el Viático.

   La opinión del P. Suárez fue determinante para la aprobación, de palabra, de los Papas Clemente VIII y Paulo V. Por otra parte lado, el Arzobispo de Goa, Alejandro de Meneses, y con la aprobación, oral también, del Nuncio de Lisboa y ante la presión de los jesuitas, autorizó el Santo Sacrificio de la misa a bordo de los galeones indianos. Esto ocurría alrededor del año 1610, aunque constancia de su celebración completa en alta mar no se tiene hasta 1617, durante el viaje que realizó desde Goa a Lisboa el carmelita español Fr. Redento de la Cruz, acompañando al embajador de Persia.
   Los españoles no lograron este privilegio hasta el año 1621 gracias a una gestión que por tal motivo realizó en Roma el misionero leonés Hernando de Villafañe. La práctica continuada avaló la licitud de la misa completa a bordo de los navíos, ritual que se estableció obligatorio en las Ordenanzas de la Armada de finales del siglo XVVIII
   De todas formas, el triunfo de los canonistas tuvo durante mucho tiempo el parecer contrario de los teólogos que, en 1627, ordenan al Arzobispo de Manila que prohiba la celebración de misas en los barcos. La negación del privilegio llega al extremo de no tolerarse ni aun estando las naves en puerto (respuesta de la Congregación de Ritos a una consulta del Arzobispo de Lima)..
   La insistencia de los teólogos se basaba en que no existía ningún documento pontificio autorizando o propiciando la misa en el mar, documento que  aparece en 1706 en el que Clemente X otorga, expresamente, el privilegio a la Orden de Malta.  Sólo se excluyó del privilegio de la Santa Misa a las galeras, incluso la Real de D. Juan de Austria, que antes de entrar en combate contra el turco en Lepanto (1571), se arrimó a la Fosa de San Juan para que en tierra se dijera la misa del Espíritu Santo oficiada por don Jerónimo Manrique, Vicario General de la Armada de la Santa Liga.





miércoles, 21 de mayo de 2014

LA DEDICATORIA DE CERVANTES AL MARQUÉS DE GIBRALEÓN



Alberto Casas

Al Duque de Béjar, Marqués de Gibraleón, Conde de Benalcázar y Bañares, Vizconde de la Puebla de Alcocer, Señor de la Villas  de Capilla, Curiel y Burguillos.

En fe del buen acogimiento y honra que hace Vuestra Excelencia a toda suerte de libros, como príncipe tan inclinado a favorecer las buenas artes, mayormente las que por su nobleza no se abaten al servicio y granjerías del vulgo, he determinado sacar a luz al Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha al abrigo del clarísimo nombre de Vuestra Excelencia, a quien, con el acatamiento que debo a tanta grandeza, suplico le reciba agradablemente en su protección, para que a su sombra, aunque desnudo de aquel precioso ornamento de elegancia y erudición de que suelen andar vestidas las obras que se componen en las casas de los hombres que saben, ose parecer seguramente en el juicio de algunos que, continiéndose en los limites de su ignorancia, suelen condenar con más rigor y menos justicia los trabajos ajenos; que, poniendo los ojos la prudencia de Vuestra Excelencia en mi buen deseo, fío que no desdeñará la cortedad de tan humilde servicio.
Miguel de Cervantes Saavedra.

 
  La gran mayoría de los historiadores consideran que la dedicatoria de la Primera Parte del Quijote a don Alonso Diego de Zúñiga y Sotomayor, sexto duque de Béjar y séptimo marqués de Gibraleón, es, además de superficial, personalista, pensar que dicen puntualmente la verdad los tales elogios es disparate (prólogo de la Novelas ejemplares). El entreverado panegírico al prócer, descubierto y denunciado por don Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880), adolece de falta de originalidad y mesura, independientemente de que se trata de la primera y única vez que el alcalaíno menciona al noble, pues ya no vuelve a nombrarlo en ninguna de sus obras y, naturalmente, tampoco en la segunda parte del Quijote, sin que, además, lejos de esmerarse, como  la ocasión lo requería, se limitara a copiar párrafos enteros de la dedicatoria a don Antonio de Guzmán, 5º marqués de Ayamonte que veinticinco años antes Fernando de Herrera escribió en las Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones, y añadiéndole alguna que otra frase suelta del proemio de Francisco de Medina a dicha obra.
   La dedicatoria cervantina carece de erudición y de la usual retórica que disimule un exceso de loa y casi de humillación al solicitar la protección del aristocrático mecenas, supuestas virtudes de las que Cervantes reniega, como expresamente lo manifiesta en el capitulo IV del Viaje del Parnaso

Tuve, tengo y tendré los pensamientos,
merced al cielo que a tal bien me inclina,
de toda adulación libres y esentos.
Nunca pongo los pies por do camina
la mentira, la fraude y el engaño,
de la santa virtud total rüina.

actitud de la que también deja constancia en el mentado prólogo de las Novelas ejemplares, o en la dirigida al conde de Lemos en dichas obras: en la carta que llaman dedicatoria, que ha de ser muy breve y sucinta, muy de propósito y espacio, ya llevados de la verdad o de la lisonja, se dilatan en ella en traerle a la memoria, no solo las hazañas de sus padres y abuelos, sino las de todos sus parientes, amigos y bienhechores.

  

Se aventura si esta farsa se debe a que el riquísimo prócer ignoró a Cervantes, como éste reconoce: Quisiera yo, si fuera posible, lector amantísimo, excusarme de escribir este prólogo, porque no me fue tan bien con el que puse en mi don Quijote, que quedase con gana de secundar con éste. Los motivos se desconocen, aunque se especula si el duque actuó por consejo de su director espiritual, y que, según algunos, queda retratado en el capítulo 32 la Segunda Parte, donde el caballero andante y su escudero Sancho tropiezan con el rechazo insultante del sacerdote: un grave eclesiástico destos que gobiernan las casas de los principes, destos que queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados les hacen ser miserables. En un momento determinado, el clérigo con mucha cólera dice al duque:

Vuestra Excelencia, señor mío, tiene que dar cuenta a Nuestro Señor de lo que hace este buen hombre. Este don Quijote, o don Tonto, o como se llame, imagino yo que no debe de ser tan mentecato como Vuestra Excelencia quiere que sea, dándole ocasiones a la mano para que lleve adelante sus sandeces y vaciedades.

   A tan áspera y dura reprensión, respondió don Quijote:

El lugar donde estoy, y la presencia ante quien me hallo, y el respeto que siempre tuve y tengo al estado que vuestra merced profesa, tienen y atan las manos de mi justo enojo; y así por lo que he dicho como por saber que saben todos que las armas de los togados son las mesmas que las de la mujer, que son la lengua, entraré con la mía con igual batalla con vuestra merced, de quien se debía esperar antes buenos consejos que infames vituperios.
               
   ¿Convenció el mentado sacerdote al marqués de Gibraleón de que se rebajaba  aceptando la dedicatoria de una vulgar novela de caballería?
   Hay quienes opinan que fue escrita con urgencia y precipitación a instancias del editor y mercader de libros Francisco de Robles, y los hay, asimismo, que sospechan que fue compuesta por el propio Robles,
cosa bastante improbable, ante el apremio de la impresión de la novela.
   La realidad es que Cervantes se olvidó del noble, para siempre jamás, excepto en los satíricos versos de cabo roto de Urganda la Desconocida, en los que su desdén, mal o nada disimula al compararlo irónicamente con Alejandro Magno:

Y pues la espiriencia ense-
que el que a buen árbol se arri-
buena sombra le cobi-,
en Béjar tu buena estre-
un árbol real te ofre-
que da principes por fru-,
en el cual floreció un du-
que es nuevo Alejandro Ma-:
llega a su sombra; que a osa-
favorece la fortu-.

   Sin embargo, es opinión generalizada que veladamente vuelve a ser recordado en la conversación que mantiene don Quijote con el licenciado que lo acompaña hasta la Cueva de Montesinos, el cual le manifiesta su deseo de publicar lo que ha escrito. Al preguntarle el hidalgo qué a quien piensa dedicarlo, el licenciado le contesta: Señores y Grandes hay en España a quien puedan dirigirse. A lo que don Quijote le hace la siguiente reflexión:

No muchos; y no porque no lo merezcan, sino que no quieren admitirlos, por no obligarse a la satisfacción que parece se debe al trabajo y cortesía de sus autores.

   Se cree que es una clara alusión al señor de Béjar, a pesar de que Góngora le ensalzó como duque esclarecido, y Lope de Vega de gran valor y entendimiento, pero no faltan quienes aseguran que el duque era analfabeto y de muy pocas luces, así que la pregunta sigue esperando  respuesta, ¿por qué le escribió Cervantes esta dedicatoria?




 



miércoles, 30 de abril de 2014

HISPANIC SOCIETY OF AMÉRICA


Alberto Casas.



La Hispanic Society of América es uno de los museos más importantes del mundo, especialmente en la parte dedicada al arte español en sus variadas facetas, desde la más remota antigüedad hasta los tiempos actuales. Esta institución es la culminación de un proyecto que desde su más temprana edad bullía en la mente y sentimientos de su creador y fundador, Archer Milton Huntington, que desde niño cuenta con el apoyo total de su madre, Arabella Duval, que asume como propia la vocación de su hijo. Le hace aprender el griego y el latín clásicos, además de otros idiomas como el francés, el árabe y el español. En sus viajes a Europa, visitas obligadas  las constituyen los museos, la National Gallery de Londres, el Louvre de Paris, sin contar el exhaustivo conocimiento que tiene del Metropolitan Museum de su ciudad natal, Nueva York, en la que había nacido el 10 de marzo de 1870, pero es como consecuencia de la lectura de The Zincali de G. Borrow, y de sus viajes a México y Cuba, cuando siente la irrefrenable llamada hispanófila sobre la que, sin saber muy bien por qué, vuelca toda su pasión, tomando la crucial decisión de conocer su cultura y estudiarla personalmente, in situ.

   Su estancia en España le pone en contacto con los personajes más notables, tanto nacionales como extranjeros, con los que además de una fructífera relación profesional y humana, participa y colabora en el conocimiento del rico patrimonio, tanto el conocido como el oculto en yacimientos que le estimulan a proyectar un templo de la cultura hispánica que, según sus propias palabras, ha de tratarse de un museo que ha de abarcar las bellas artes, las artes decorativas y las letras… lo que quiero es ofrecer el compendio de una raza. Con esta idea vital, en 1904 funda la Hispanic Society of America, cuyo primer edificio, situado en Manhattan, lo inaugura en 1908.
   Para lograr sus objetivos, no sólo dispone de  una inmensa fortuna (350 mlls. de dólares), que hereda de su padrastro Collis Potter Huntington, sino que empieza a rodearse de gente comprometida, como don Alejandro PidaL y Mon, que poseía un manuscrito original del Poema del Mio Cid (siglos XII o XIII) que se lo dejó al norteamericano para que los estudiara y lo tradujera al inglés; Pidal y Mon estaba emparentado con el gran historiador y medievalista don Ramón Menéndez Pidal.
   Apenas llegado a España estableció contactos con el investigador anglo francés Jorge Bonsor que había llegado a España en 1879, y comprado por 2.000 pesetas el castillo de Mairena del Alcor (Sevilla) en 1902, que convirtió en museo de los objetos hallados en sus excavaciones en Carmona, los Alcores, Itálica, Baelo Claudia (Bolonia – Cádiz). Huntington estuvo dispuesto a financiar las excavaciones en Doñana con el alemán Adolf Shulten, que había obtenido un resonante éxito en el yacimiento de Numancia, pero en la búsqueda de Tartessos comenzaron a primar criterios enfrentados entre germanófilos y anglófilos, situación que le hizo retirarse del proyecto. Formaban parte también del grupo que se relacionaba con Huntington arqueólogos, como el francés Arthur Engel, con el que trabajó en las excavaciones de Itálica, el belga Louis Siret, cuyos trabajos como ingeniero de minas le permitieron el descubrimiento de los depósitos prehistóricos de El Algar y Los Millares; los españoles José Ramón Mélida, Anticuario de la Real Academia de la Historia, Pericot, García Bellido, Boch Gimpera, el escultor Mariano Benlliure, los pintores Ignacio Zuloaga, Santiago Rusiñol, Madrazo, Ramón Casas, Sorolla que pintó su monumental mural en 14 paneles de 3,5 m. de alto por 70 m. de largo que tituló Visión de España; la inglesa Elena Wishaw, experta en bordados andaluces que realizó excavaciones en Niebla (Huelva), Concha Espina, Emilia Pardo Bazán, María de Maeztu, Alice B. Gould investigadora de los viajes colombinos; la escultora norteamericana miss Gertrude Vanderbilt Wihtney, autora en 1929 del colosal monumento a la Fe Descubridora en Huelva, financiado por la Columbus Memorial Foundation; el duque de Alba, Juan Cabré, el padre Fidel Fita, el francés abate Freuil, Enrique de Aguilera y Gamboa marqués de Cerralbo, don Manuel Pérez de Guzmán y Boza, marqués de Jerez de los Caballeros, al que compró su magnifica biblioteca por medio millón de francos; adquirió también parte de la biblioteca de Canovas del Castillo, trasiego que produjo alarma y la atención de Alfonso XIII que sacó del mecenas yanqui la promesa de respetar el patrimonio bibliográfico español.

   Tuvo relaciones muy sólidas prácticamente con toda la intelectualidad y personas vinculadas directa o directamente con el arte, la ciencia y la investigación: Unamuno, Gregorio Marañón,  Menéndez Pidal, Juan Ramón Jiménez, Falla, Ramón y Cajal, Ortega y Gasset, Benigno de la Vega Inclán y Flaquer que colaboró con el norteamericano en la creación de la Casa del Greco en Toledo, la Casa de Cervantes en Valladolid, y el Museo Romántico en Madrid; el marqués de la Vega Inclán fue también un gran impulsor del turismo, promoviendo la explotación de Paradores Nacionales y construcción de hoteles de la categoría y calidad del Palace de Madrid, o el Alfonso XIII de Sevilla. Con él,  Huntington mantuvo una gran amistad, compartiendo tertulias y mesa en su casa, a las que frecuentemente asistía Alfonso XIII.
   Su pasión hispanista y naturalmente su inmensa fortuna, facilitaron su labor filantrópica, permitiéndole realizar una incansable labor de coleccionista, ya sea de libros, más de 300.000 y unos 250 incunables, varios Beatos, la primera edición de Os Lusiadas de Camoens, etc., además de manuscritos, mapas, cartas de navegación, monedas (unas 53.500), cerámicas, obras de arte ibéricos, fenicios, romanos y árabes, vidrios, marfiles, joyas, mobiliario, tapices, pinturas (Velazquez, Murillo, Goya, Zurbarán, el Greco…), aunque por razones éticas casi todas sus compras las realiza en el extranjero, principalmente en París, entre ellas las colecciones numismáticas de Rafael Cervera y Francisco Codera, los bronces íbero-romanos del académico Antonio Vives Escudero, lo cual es una muestra evidente de que gran parte del tesoro artístico español, prehistórico, antiguo y moderno, había sido objeto de expolio por anticuarios y marchantes extranjeros que encontraban lo que buscaban y adquirían sin que una legislación adecuada pudiera evitar un despojo que comenzó principalmente con la desamortización de Mendizábal de 1836; esta insólita situación se remedió algo con la Ley de 7 de Julio de 1911. La célebre Dama de Elche, descubierta en 1897, fue comprada por el arqueólogo francés Pierre París por 4.000  francos (algo más de 5.000 pesetas al cambio de entonces) y entregada al museo del Louvre. Afortunadamente, en 1941, el Gobierno provisional de Vichy (mariscal Petain) la devolvió a España con otros objetos de gran valor histórico.

   Uno de los tesoros que guarda la  HSA es la colección de más de 176.000 fotografías, en las que se encuentran las tomadas por fotógrafos tan famosos como el francés Jean Laurent, el sevillano Emilio Beauchy, el onubense Calle, el alemán Kurt Hielscher, o las 1.500 regaladas por el marqués de Vega Inclán, pero sobre todo por las alrededor de 15.000 que realizó, por encargo expreso de Huntington, Ruth Matilda Anderson que viajó por todo el país, captando imágenes de las costumbres, tradiciones, indumentaria, bodas, bautizos, folklore, Semana Santa, ferias, corridas de toros, y en general de la vida cotidiana de sus gentes.
   Archer Milton Huntington falleció sin descendencia en 1955 en su granja Stanerigg Farm, en Connecticut, pero dejando una obra portentosa reconocida y premiada: Gran Cruz de Isabel la Católica, Plus Ultra, Alfonso X el Sabio, Comendador de la Orden Civil de Alfonso XII, miembro de las Reales Academias de la Lengua, de la Historia, de Bellas Artes de San Fernando y de Palma de Mallorca, del Ateneo de Madrid, Hijo Adoptivo de la ciudad de Sevilla a la que había donado una estatua ecuestre del Cid y 2 cuadros de Valdés Leal, Doctor Honoris causa de diversas Universidades, etc.

   Estuvo casado dos veces: con su prima  Helen Gates Criss, de la que se divorció muy pronto, y con la escultora Anna Vaughn Hyatt, destacando entre sus obras las estatuas ecuestres del Cid de las que hay cinco, en Nueva York, San Diego, San Francisco, Buenos Aires y la de Sevilla, situada en una céntrica avenida, cerca de la Universidad.



viernes, 11 de abril de 2014

LOS ESTATUTOS DE LIMPIEZA DE SANGRE



En enero de 1449, Pedro Sarmiento, alcalde mayor de Toledo, encabeza una rebelión contra el condestable don Álvaro de Luna, valido de Juan II de Castilla, por la exacción extraordinaria de un millón de maravedís que impone a la ciudad como ayuda a soportar los gastos de la guerra con Aragón. El propio rey se dirige a Toledo donde es rechazado por Sarmiento que además pregona su adhesión al príncipe don Enrique, después Enrique IV, enemigo declarado del favorito de su padre. Los amotinados culpan al converso Alonso Cota de ser el creador del impuesto, que por supuesto repercutirá en su beneficio y en el de la comunidad judeo-cristiana, considerada inadaptada y hereje. La masa, conducida por el edil, se dirige a la casa de Cota que asaltan, saquean e incendian, y la barbarie se extiende a las casas de los conversos principalmente las del barrio de la Magdalena. Los judíos tratan de defenderse, y bajo el mando de Juan de Cibdad se enfrentan a los alborotadores, pero son masacrados y su jefe con otros seguidores ajusticiados en la plaza de Zocodover colgándolos de los talones.

  Es la victoria de un conflicto que comienza por motivos fiscales evolucionando a políticos, para convertirse también en un problema racial y de fe que demanda una resolución contundente y rigurosa. Con esta idea, Sarmiento y sus leales, entre ellos los canónigos de la catedral, Juan Alfonso y Pero López Gálvez, sin la autorización del Arzobispo, y el bachiller Marcos García de Mora, conocido como Marquillos, líder intelectual de la revuelta que se cree iluminado por el Espíritu Santo, se reúnen en el Ayuntamiento con alcaldes, alguaciles, caballeros y escuderos, común y pueblo, donde promulgan la Sentencia-Estatuto, atendiendo el bien universal de la ciudad, e de los privilegios, exempciones y libertades a ella dados e otorgados… los conversos del linage de los judíos no pueden haber oficios ni beneficios públicos ni privados, interdicción de ámbito general, pero especialmente dirigida a una serie de personas concretas, advertidas de que la infracción de la Sentencia les acarrearía graves consecuencias penales: López Fernández Cota; Gonzalo Rodríguez de San Pedro; el bachiller Juan Núñez y sus hermanos Pedro y Diego; Juan López del Arroyo; Juan González de Illescas; Pero Ortiz; Diego Ramírez; Diego Martínez de Herrera; Juan Fernández Cota, Diego González Jarada y su hijo Pero:

cada uno de ellos, por ende, los declaramos ser privados e los privamos de cualquier escribanías, e otros oficios e beneficios que tengan e hayan tenido en esta ciudad y en su término y jurisdicción. Y mandamos a los dichos conversos que viven e moran en ella y en la dicha su tierra, término y jurisdicción y propios, que de aquí en adelante no den fe ni usen de los dichos oficios pública ni escondidamente directe ni indirecte, especialmente de las dichas escribanías públicas y de la exención y exenciones de ellas, so pena de muerte e de confiscación de todos sus bienes  para los muros de la dicha ciudad y república de ella.

   Sofocada la revuelta, a Sarmiento se le permitió la salida de Toledo con todo sus bienes, incluso los robados y fruto del pillaje, necesitando más de doscientas acémilas cargadas con el botín de sus tropelías, oro, plata, tapicerías, brocados, muebles, etc., todo por un valor de más de treinta  millones de maravedís, pero Juan II, en las Cortes de Zamora convocadas en 1451, le acusa de traición:

Oida por por todos la razon que el rei les habia dicho, el doctor Alonso Garcia Cherino, su juez mayor de Vizcaya, en nombre de los caballeros é perlados que alli estaban dijo que por derecho y guardando nuestras conciencias, V.A. lo debe condenar a muerte y a perdimiento de todos sus bienes.
  
   Pero la Sentencia-Estatuto había abierto la vieja herida de la intolerancia antisemita que en repetidos periodos de la historia se había manifestado, prácticamente en toda Europa, y en Castilla aún estaba presente el progrom provocado en 1391 por Fernán Martínez, el arcediano de Ecija, que con sus violentas prédicas atizó el odio del pueblo contra la comunidad hebrea arrasando la judería a sangre y fuego, causando, según algunos cronistas, más de cuatro mil muertos sin que se respetaran mujeres, niños y ancianos. Desgraciadamente, los hechos posteriores demostraron que aquella fobia no sólo era sevillana, sino que inflamó el resto de las aljamas del reino, Cuenca, Toledo, Madrid, Córdoba, Ciudad Real… El miedo, la ocasión de ascender en la escala social y las polémicas predicaciones del dominico Vicente Ferrer, produjeron una masiva conversión de judíos, se especula alrededor de 35.000, y de moros unos 8.000, lo que, en definitiva, no hizo más que aumentar las distancias entre cristianos viejos o puros y cristianos nuevos o marranos. Sin duda, los disturbios de 1391 influyeron en la conversión del rabino de Burgos Salomón Ha Leví, cristianado como Pablo de Santa María, que llegó a ser obispo de su ciudad. Erasmo de Rotterdam llegó a decir, en España apenas hay cristianos.
   En Castilla, y en Aragón (el asesinato del inquisidor Pedro de Arbués en 1485 reclamó justicia severa contra los conversos aragoneses: los Santángel, los Caballería y otros que fueron apresados y ejecutados; los proverbios más corrientes en boca del pueblo eran: en judío no hay amigo; no te fíes del judío converso, ni de su hijo, ni de su nieto; judío o mujer que jura, malicia segura… son factores, entre mil más, que alimentan el Edicto de Expulsión dictado por los Reyes Católicos el 31 de marzo de 1492:

… después de muchísima deliberación se acordó en dictar que todos los judíos y judías deben abandonar nuestros reinados y que no sea permitido nunca regresar…

   Todas estas medidas, extremas y reivindicativas, justifican el establecimiento, con matices según cada caso, de la Sentencia-Estatuto de 1449 en la mayoría de las instituciones del reino, religiosas,  judiciales, militares, universitarias, administrativas, etc., convirtiéndose en el gozne que abre la legalidad de la intolerancia y la humillante estigmatización de conversos, moros, herejes y gentes de mala raza: el Colegio Mayor de San Bartolomé (Salamanca) en 1482. Los Colegios de Santa Cruz y San Ildefonso (Valladolid), el primero en 1488 y el segundo rn 1516. El Monasterio de Santo Tomás (Ávila) en 1496. Los Cabildos de las catedrales, de Badajoz en 1511, de Sevilla en 1516, de Toledo,  propuesto por el cardenal Juan Martínez Guijarro Siliceo, en 1547. La Orden de los dominicos en 1489, de los jerónimos en 1493 y de los franciscanos en 1525. También introdujeron Estatutos de Limpieza de Sangre las Ordenes Militares de Santiago, Calatrava y Alcántara, en las fundaciones de Mayorazgos y debían presentar los pasajeros que deseaban trasladarse a las Indias,

   La limpieza de sangre se identifica con la nobleza, y es requisito necesario e imprescindible para el ingreso en academias militares, como en la Real Compañía de Caballeros Guardiamarinas, fundada en 1717 por el Intendente General de la Armada y Secretario del Despacho de Marina don José Patiño, que exigió a los aspirantes pruebas de Nobleza, de Legitimidad (ser hijo legitimo de matrimonio legitimo), ser Católico, Limpieza de Sangre (no tener sangre de moro, judío, converso, de penado por la Inquisición, villano, etc.), Limpieza de Oficios (no haber ejercido oficios viles o baxos ni mecánicos, carpinteros, barberos, zapateros, etc.). Pero son muchas, y cada vez más, las voces autorizadas que proclaman que nuestra España, por la  misericordia divina, está expurgada de judíos, moros y hereges, que con el paso del tiempo están integrados en la sociedad y han asimilado los valores y formas de vida y comportamientos culturales de los cristianos viejos. Con este sentimiento general, el 16 de mayo de 1865, reinando Isabel II, se suprimen definitivamente las pruebas de limpieza, que  sólo subsistían en los Colegios Militares:

Articulo único: Quedan suprimidas las informaciones de Limpieza de sangre que todavía se exigen a determinadas clases y personas, ya para contraer matrimonio, como para ingresar en algunas de las carreras del Estado.
   Por tanto:
Mandamos á todos los Tribunales, Justicias, Jefes, Gobernadores y demás Autoridades, así civiles como militares y eclesiásticas, de cualquier clase y dignidad, que guarden y hagan guardar, cumplir y ejecutar la presente ley en todas sus partes.
  



jueves, 20 de marzo de 2014

LA ESTAFA DE LA ESCUADRA RUSA

Alberto Casas.



Una gran mayoría de historiadores consideran el reinado de Fernando VII el más nefasto de la Historia de España, no sólo por sus resultados políticos y sociales, sino por la catadura personal del monarca, proclamado por el pueblo al principio como el Deseado, y después despreciado y moteado como el Narizotas, el Felón y otras perlas que definían a un soberano que hacía de la hipocresía, el cinismo, la cobardía y la ingratitud la norma que regía sus actos y conducta, ante su familia (enemigo de su padre y de su madre), ante sus supuestos amigos, ante  el gobierno, ante el pueblo y la Constitución. La reina Carolina de Nápoles, madre de María Antonia, la primera mujer del entonces Príncipe de Asturias, dice de su yerno: un marido tonto, ocioso, mentiroso, envilecido, solapado y ni siquiera hombre físicamente…

  Su repugnante sometimiento a las humillaciones a que le sometía Napoleón, al que efusivamente felicitaba cada vez que el ejército invasor de su patria obtenía un triunfo, comienza su reinado aboliendo la Constitución de 1812, restableciendo la Inquisición y ordenando persecuciones, detenciones y destierros, incluso aplicando la tortura y alguna que otra pena de muerte, aunque prohibidas por la ley,  dictadas, firmadas y ejecutadas por voluntad expresa del rey, incapaz de enfrentarse a los gravísimos problemas, nacionales e internacionales, cuyo tratamiento y decisiones dejaba en manos de su camarilla, formada, entre otros, por el trasnochador duque de Alagón, por Antonio Ugarte, por Perico Chamorro, que cambió su nombre por Pedro Collado, aguador de la Fuente del Berrio, espía y putero; un barbero llamado Moscoso, el general Eguía alias el Coletilla, el intrigante canónigo Escoiquiz, Ramirez de Arellano, y Lozano Torres, que ponían y quitaban ministros, generales, diputados, consejeros, etc., palmeros del rey en sus noctámbulos enredos con chulaponas, prostitutas, bailarinas, chisperos y bandoleros (se dice que conoció a Luís Candelas) en tugurios como el Cuclillo o el Traganiños, e incluso negocios con Pepa la Malagueña y con la Tirabuzones.
   Un ejemplo triste y vergonzoso de la relajación de los gobernantes, fue el escandaloso episodio de la compra a Rusia de una serie de buques de guerra destinados a renovar la escuálida flota de España, tanto en cantidad, calidad y efectividad, casi nula tras los desastres de San Vicente, Trafalgar y la lucha de las colonias hispanoamericanas por su independencia.

  El plenipotenciario ruso Vladimir Pavlovich Tatischev aprovechó su privilegiada posición diplomática para medrar en los negocios a través de la Compañía Gral. y de Comercio de los Cinco Gremios Mayores de Madrid, trasiegos oscuros donde conoce a un personaje singular y listo, a pesar de su  calaña social y absoluta falta de escrúpulos y de principios morales. Se trata de Antonio Ugarte Larrazabal, ex esportillero, ex escribiente, ex bailarín, con el que el ministro zarista forma equipo logrando introducirlo en la sacrosanta camarilla real en la que se gana la confianza del rey y sus consejos admitidos y seguidos. Con su aparente leal cooperación el ruso sirve sus propios intereses y los de su amo el zar Alejandro I, afianzando las relaciones hispano rusas, gestión que Su Católica Majestad agradece otorgándole, en secreto, el Toisón de Oro.
   Ugarte convence al rey de la necesidad de contar con una gran flota para dominar la rebelión de los países americanos. Con el real consentimiento y bajo el más estricto secreto, se firma el acuerdo en 1817, sin que ministros (Vázquez de Figueroa lo era de Marina) y autoridades navales tengan conocimiento del pacto. La operación consistió en la compra de cinco navíos de línea y tres fragatas, bajo las siguientes condiciones:

Se entregará dicha escuadra completamente armada y equipada y en estado de poder hacer un  viaje de largo curso. Será provista de suficiente número de velas, de áncoras, de cables y otros utensilios necesarios, con inclusión de munición de guerra y demás objetos, precisos par el servicio de la artillería como también de provisiones de boca para cuatro meses.
La escuadra armada, equipada y con provisiones, municiones, etc., se evalúa en 13.600.000 rublos…
… S. M. Católica cede a S. M. Imperial la suma de 400.000 libras esterlinas concedidas por Inglaterra a título de indemnización por la abolición del tráfico de negros…
Los marineros rusos que hubieren conducido dicha escuadra a Cádiz, inmediatamente después serán embarcados en buques de transporte, que estarán preparados en dicho puerto `para restituir a aquellos a su patria. El flete de dichos buques y la manutención de los referidos marineros rusos serán de cuenta del Gobierno español…

   Los buques objeto de la compra eran 5 navíos de línea de 74 cañones, y tres fragatas:
Navíos: “Tres Obispos” (Velasco). “Äguila del Norte” (España). “Neptuno” (Fernando VII). “Dresde” (Alejandro I). “Lübeck” (Numancia). Fragatas: “Astrolabio”. “Mercurio”. “Patricio” (Reina María Isabel).
   La escuadra partió de Kromstadt el 27 de septiembre de 1817 y arribó a Cádiz 146 días después, una travesía que normalmente se realizaba entre 55 ó 60 días. Sin embargo, los barcos, apenas engolfados en el canal de la Mancha, comienzan a tener dificultades, especialmente en sus aparejos, lo que los obliga a refugiarse en puertos ingleses para las oportunas reparaciones que duraron cerca de dos meses. Otra muestra de las condiciones en que los buques se hicieron a la mar se evidencia en que el trayecto desde el puerto ruso a Londres duró 74 días.

  La presencia de la escuadra en la bahía gaditana, el 21 de febrero de 1818, alarmó a la ciudad y a su comandante Hidalgo de Cisneros que dispuso los medios de defensa ante el posible ataque de una flota desconocida, ignorante de que se trataba de navíos comprados por Su Majestad. La misma desagradable sorpresa recibió el Ministro de Marina, Vázquez de Figueroa. Sometidos a inspección en La Carraca, el diagnostico fue contundente y negativo: ni uno de los barcos estaba en condiciones de navegar, salvo si eran reparados a costes altísimos y prohibitivos, alrededor de 5 millones de reales de vellón, por lo que uno a uno fueron desguazados y sus cascos vendidos como chatarra. El Dresde (Alejandro I) se destinó al Perú, pero al cruzar el Ecuador tuvo que volver a Cádiz para ser desguazado en 1823. El Patricio (Reina María Isabel) fue apresado por los rebeldes chilenos en el Puerto de Talcahuano el 28 de octubre de 1818.  El propio zar comprendió la situación y trató de compensarla regalando a España la fragatas Ligera, Pronta y Viva. La Viva se hundió en La Habana, la Ligera en Santiago de Cuba en 1822, mientras que la Pronta, tras unos servicios costeros acabó en el desguace en 1820
   Los últimos diez años del reinado, de 1823 a 1833, han quedado grabados en la historia como La Década Ominosa, que para mantener su poder absoluto no duda en requerir la ayuda del ejército francés (los 100.000 hijos de San Luís) que al mando del marqués de Angulema invade España. ¿Qué más se puede decir de un país sumido en la más aflictiva situación que repugna a la memoria? Fernando VII muere el 29 de septiembre de 1833.



lunes, 3 de marzo de 2014

EL ALMIRANTE PAPACHÍN



Alberto Casas

            Una de las causas más disparatadas que originó una serie de conflictos navales de trágicas y costosas consecuencias, tanto en pérdidas y graves daños en los navíos enfrentados, como en el absurdo y dramático coste de miles de vidas humanas, no fue otra que el uso y abuso del poder y de la soberbia, exigiendo el poderoso pleitesía al más débil invocando reglas y normas que debían de ser de cortesía, reconocimiento y respeto, como era la inveterada, tradicional y antiquísima costumbre de saludarse en alta mar, o al entrar y salir de un puerto, bien con música y redobles de tambor y el grito repetido tres veces por la tripulación de ¡uh!, ¡uh!, ¡uh!, o el ¡hurra!, ¡hurra, ¡hurra! de las naves nórdicas, o, por ejemplo, el ¡ah!, ¡ah!, ¡ah! de las galeras venecianas. Este ceremonial público de caballerosidad ya es citado por Virgilio en la Eneida y Cervantes relata el embarque de don Quijote y Sancho en unas galeras, en Barcelona:

apenas llegaron a la marina, cuando todas las galeras abatieron tienda, y sonaron las chirimías; arrojaron luego el esquife al agua, cubierto de ricos tapetes y de almohadas de terciopelo carmesí, y en poniendo que puso los pies en él don Quijote, disparó la capitana el cañón de crujía, y las otras galeras hicieron lo mismo, y al subir don Quijote por la escala derecha, toda la chusma le saludó como es usanza cuando una persona principal entra en la galera, diciendo: ¡Hu, hu, hu! tres veces.

   Con la aparición de navíos expresamente construidos para misiones de guerra y provistos de una potente artillería en batería y capaces de liderar el dominio de los mares, algunas potencias marítimas, como manifestación de su poderío, comienzan a exigir que en alta mar se les rinda homenaje mediante el saludo correspondiente, consistente en el abatimiento de banderas y estandartes, arriar las gavias o amolar las velas (abrirlas hasta que el viento las hinche pero procurando que no flameen; con esta maniobra el navío pierde velocidad) y disparar una serie de salvas, siempre un número impar, ritual que una vez efectuado sería contestado por el navío reverenciado. El incumplimiento de esta regla injustificadamente impuesta por el más fuerte, se consideraba un agravio y justo motivo de casus belli.
   Esta falta de acatamiento, sumisión y docilidad dio lugar a un trágico incidente entre el almirante español Honorato Bonifacio Papachino, comúnmente llamado Papachín,  que en 1688 recibe la orden de dirigirse a Alicante, desde Nápoles de donde zarpa el 28 de mayo de dicho año, con dos naves de la flota de Flandes, el galeón Carlos III y la fragata San Jerónimo, y estando el 2 de Junio a la demora de Altea, se les acercaron por barlovento tres navíos franceses, al mando del Caballero de Tourville, que solicitó se le hicieran los honores que exigía le correspondían, privilegio que Papachino negó que tuviera y que por lo tanto no tenía obligación alguna de rendir saludo a la flota francesa, ni a otra nación, más que en régimen de reciprocidad, tal como el Reino de España lo tenía establecido con Francia, Inglaterra, Portugal, Polonia, Dinamarca, Suecia y los Estados Pontificios, máxime estando en aguas propias, en cuyo caso la cortesía incumbe al navío forastero.
   Con esta respuesta a la conminatoria demanda, los franceses trataron de abordar las naves españolas cañoneándolas, y tras haber sufrido unas 60 bajas, el San Jerónimo se rindió, mientras que Papachino, después de una heroica y desigual defensa ante fuerzas muy superiores, hubo de hacerlo forzosamente al haber perdido el palo mayor y el timón, impidiéndole maniobrar y contando ya con unos 120 hombres muertos, situación límite que le obligó a hacer el saludo, que no cortesía, que se le exigía; satisfecho, se dignó contestar Tourville desde su navío insignia Content.
   Efectuadas las reparaciones más indispensables, el Carlos III pudo navegar hasta Benidorm para su reparación y descarga de los efectos y documentos consignados a la Corte. El Rey aprobó sin reservas el proceder de Papachino, mientras al comandante de la San Jerónimo, Juan Amant Bli, se le sometió a Consejo de Guerra.
   Honorato Bonifacio Papachino nació en la isla de Cerdeña, y siendo muy joven se alistó como soldado en los Tercios de Mar, ascendiendo muy rápidamente en reconocimiento a sus acciones en misiones de guerra, en el Mediterráneo contra los berberiscos y los turcos, y en el estrecho de Gibraltar, al mando de 6 bajeles apresó un navío francés, a un argelino de 40 cañones, y un convoy holandés de 6 naves con pertrechos a un puerto francés. Asimismo destacó en la defensa del Peñón de Alhucemas; escoltó a los galeones de Indias e intervino eficazmente en la defensa de Barcelona. En 1664 fue nombrado Capitán de Mar y en 1667 se le concedió el título de Almirante ad honore por los muchos años que ha servido con diferentes plazas hasta la de Capitán y por los viajes, ocasiones y combates en que obró con valor y crédito de soldado y marinero.
   En 1679, el VI duque de Veragua, don Pedro Manuel Colón de Portugal y de la Cueva, ensalzando sus buenas condiciones de marinero y soldado, así como por la experiencia y valor con que ha servido tantos años y haber cumplido como bueno en las ocasiones de pelear que se han ofrecido, lo propone para Almirante de la flota de Flandes, compuesta por los galeones Carlos III y San Pedro Alcántara, la fragata San Jerónimo y el patache Castilla; en 1684 se le otorga un sobresueldo de 500 escudos y el titulo de Almirante Real; en 1694 es nombrado Jefe Superior de la Armada, retirándose del servicio activo en 1697, pasando sus últimos años en el Puerto de Santa María.

   Sin embargo, su fama proviene de negarse a cumplimentar le etiqueta impuesta por el rey francés Luis XIV, y que sólo la superioridad del enemigo lo hizo doblegar para evitar más muertes entre sus hombres, acción naval de bizarría y dignidad de la que nació el refrán: la escuadra de Papachin, un navío y un bergantín, expresando la inferioridad de una flota en combate.

martes, 18 de febrero de 2014

HUELVA EN LAS ISLAS GALÁPAGOS

Alberto Casas.
           
Vasco Núñez de Balboa, acompañado de su perro Leoncico (hijo del célebre Becerrillo que tenía paga de ballestero) y por un grupo de 66 españoles, entre los que iba Francisco Pizarro y varios de Huelva, como Pedro Martín de Palos, Juan de Beas, Juan García, Juan Gallego, y Pedro Fernández, de Aroche, entre otros, descubrió la Mar del Sur, que también fue llamada Lago Español, y Magallanes bautizó con el definitivo de Océano Pacifico. Del evento de Vasco Núñez de Balboa levanta la preceptiva acta el escribano Andrés de Valderrábano:
   Y en martes veinte e cinco de aquel año de mil e quinientos trece, a las diez horas del día, yendo el capitán Vasco Nuñez en la delantera de todos los que llevaba por un monte raso, vido desde encima de la cumbre dél, la Mar del Sur…
   El citado monte raso lo identifican con el actual Cerro Gigante. En la relación el escribano explica que el descubridor, metiéndose en el agua hasta las rodillas dio vivas a

Los muy altos e poderosos señores don Fernando e doña Juana, reyes de Castilla e de León, e de Aragón, etc., en cuyo nombre e por la corona real de Castilla tomo e aprehendo la posesión real e corporal e actualmente destos mares e tierras, e costas, e puertos, e islas australes…

   El acontecimiento, de suma trascendencia, suponía la posibilidad del descubrimiento de nuevas tierras, de la explotación de sus riquezas y el establecimiento de un puente marítimo con las islas de las Especierías en las Indias Orientales. Asimismo, abría rutas para la exploración de la costa occidental americana en la búsqueda de un paso que comunicara los dos océanos, labor en la que también destacaron marinos de Huelva, como Andrés Niño, Antón Martín y Alonso Quintero.
   Con la fundación de Panamá comienzan las expediciones marítimas del Pacifico, principalmente de las aguas que bañaban las costas al sur de la Castilla del Oro y que realizan navegantes, como el Adelantado Pascual de Andagoya y, especialmente, el moguereño Bartolomé Ruíz, uno de los 13 de la fama, el verdadero descubridor del Perú y el primero que llevó a Panamá noticias del fabuloso imperio de los Incas. Bartolomé Ruiz bojeó aquellas costas cartografiándolas, siendo el primero también que atravesó la línea equinoccial del Pacifico reconociendo el litoral norte del Arauco (Chile) y dando cuenta de la existencia de una poderosa corriente que hoy se llama de Humboldt, exploración que más tarde continuó y completó el también moguereño Juan Fernández Ladrillero, del que Andagoya dice en una carta que escribió a Carlos V que es el hombre de más verdad, ciencia y habilidad que había encontrado.

   La conquista del Perú originó una serie de conflictos entre pizarristas y almagristas sobre los límites de sus respectivas gobernaciones, enmarcadas en territorios tan amplios como poco conocidos, situación que decidió al Emperador a nombrar al obispo de Panamá, Tomás de Berlanga, para que arbitrara en tan enojosa cuestión. El obispo fracasó en la misión encomendada por la intransigencia tanto de Pizarro como de Almagro, pero ha pasado a la historia como el descubridor de las islas Galápagos, el 10 de marzo de 1535.
   Situadas en el Océano Pacífico y atravesadas por la línea del Ecuador, latitud 0º y longitud 90º oeste, el archipiélago, que también se llama de Colón, se halla a unas 600 millas del lugar más próximo de la costa occidental suramericana. Formado por diecinueva islas principales y más de 200 islotes e innumerables peñascos, se halla en un punto geográfico que constituye una auténtica encrucijada de corrientes y contracorrientes que hacen que su navegación, a vela, se convierta en una peligrosa aventura, tanto a la ida como a la vuelta, aunque todo indica que hasta ellas llegaran algunas expediciones precolombinas que no se asentaron por sus nulas condiciones de habitabilidad al carecer de agua potable, de tierras cultivables y de minas productivas, circunstancias a las que se añaden una intensa actividad volcánica y los accidentes meteorológicos que cubren las derrotas de ida y retorno.

   El obispo Berlanga remite al Emperador un detallado informe del descubrimiento, en el que explica como las naves se engolfaron arrastradas por los alisios del nordeste y la corriente surecuatorial, que puede alcanzar los 3 nudos de velocidad, hasta que divisaron las islas en las que recalaron con grandes dificultades. Al efectuar los correspondientes cálculos náuticos hallaron con sorpresa que se habían alejado de la costa unas 600 leguas. La vuelta hacia tierra firme constituyó un prodigio de pericia del piloto que maniobró hasta meterse en la corriente ecuatorial que corría hacia el este. Berlanga las describe como pobladas por lobos marinos e tortugas e galápagos tan grandes que llevaban cada uno un hombre encima, e muchas iguanas que son como sierpes.
   Sin embargo, este descubrimiento pasó casi desapercibido por las causas mencionadas, por lo que durante mucho tiempo sirvieron de refugio de piratas y de balleneros que fueron dando nombre a cada una de las islas, que enumeradas  de mayor a menor, según su extensión territorial:

Albermarle, Indefatigable, Narborough, James, Chatham, Charles, Bindloe, Hood, Abingdon, Baltra, Barrington, Duncan, Tower, Jervis, Mosquera, Wenman, Brattle, Bartolomé, Darwin.

   





El 12 de Abril de 1831 la República del Ecuador tomó posesión del archipiélago fundando la capital, Puerto Baquerizo Moreno, en la isla San Cristóbal, que es la que reúne las mejores condiciones para sostener una población y tiene buenos fondeaderos para los buques.
   El estudio de la fauna y flora de estas islas fueron determinantes en la elaboración de las teorías de Darwin, que las visitó en 1835 durante su periplo a bordo del Beagle, mandado por el capitán Fitz Roy..

   Con motivo del IV Centenario del Descubrimiento (1892), que se celebró en Huelva, el gobierno del Ecuador decidió y aprobó una nueva titulación de las islas Galápagos, homenajeando la gesta colombina, que desde entonces es la siguiente:

Isabela, Santa Cruz, Fernandina,  San Salvador/ Santiago, Cristóbal, Santa María, Marchena, Española, Pinta, Baltra, Santa Fe, Pinzón, Genovesa, Rábida, Seymour Norte, Wolf, Tortuga, Bartolomé, Darwin.   


   En 1981, la Unesco las declaró Patrimonio de la Humanidad.