lunes, 2 de febrero de 2015

LA CHUSMA


 A. Casas.

           
CHUSMA: La gente de servicio de la galera. Es nombre italiano, corrompido de la palabra ciurma, que vale chusma, quasi turma. Algunas veces significa la gente ordinaria y común de la casa, que no tiene nombre de oficio ni assiento en ella». Por su parte, O’Scanlan  (Diccionario Marítimo Español. 1831), la define de forma escueta, pero clara, como: En general ó según todos los escritos que tratan de esta voz, se entiende por el conjunto de los forzados ó galeotes de una galera.
           Covarrubias (Tesoro de la lengua castellana o española. 1611).
  
 El Diccionario de la R.A.E. entre sus diversas acepciones la define como

Conjunto de los galeotes que servían en las galeras reales.
Del griego κέλευσμά (kéleusma): Canto acompasado del remero jefe para dirigir el movimiento de los remeros.

   La navegación a remo era esencial en las galeras, o gurapas, bien por estar el viento en calma, o jolito, necesitando la fuerza humana para moverlas, bien por aumentar la velocidad complementando la que proporcionan las velas, ya para huir del enemigo, o, por el contrario, para alcanzarlo o cazarlo: apretó la chusma los remos, impeliendo las galeras con tanta furia que parecía que volaban. (Don Quijote. II-63).
   Tenían, pues, las galeras, su propia jerga que las distinguían de otros tipos de embarcaciones, y así conocemos la palamenta, que era el conjunto de remos de que iban armadas y generalmente se traían de Nápoles y Sicilia por ser más baratos. Los remos o galochas solían ser de unos 12 m. de largo y construidos de madera de haya, y manejados, cada uno, por 4 o 5 hombres, los remeros, remadores, bogadores, o boyas, que de todas estas formas eran nombrados y conocidos entre los moros como bagarinos.

  Los buenas boyas eran los remeros voluntarios y asalariados equiparándose a la gente de cabo (oficiales, marineros, lombarderos y artilleros); entre las buenas boyas destacaba el espalder o bogavante, llamado así porque era el que iba más a popa y daba la espalda a todos los demás, marcando el ritmo de la palada; este puesto lo ocupaban los más diestros y gozaban de ciertos privilegios, principalmente ser libres. En 1530  Carlos I sugirió a Andrea Doria que los cristianos cautivos de los berberiscos fueran liberados, pero que sean pagados por el tiempo que sirvieren, que de otra manera sería cosa injusta e inhumana.
   Otra clase de la que se componía la chusma eran los forzados del rey, individuos que por sus delitos se condenaban a remar en las galeras, encadenados a un banco, por lo que también recibían el nombre de bancos y galeotes, aunque eran elegidos más teniendo en cuenta su salud y robustez que la gravedad del delito cometido.

Vidriera, esta noche se murió en la cárcel un banco que estaba condenado a la horca. (Cervantes. “El Licenciado Vidriera”).

Esta es la cadena de galeotes, gente forzada del rey que va a las galeras (Don Quijote. I-22).

     En algunas crónicas también los titulan talamites. La pena mínima que se imponía a un forzado era de dos años al remo, uno de entrenamiento, y la máxima, o muerte civil, de diez años amarrado al banco. Por último estaban los esclavos, el principal motor humano del que se valían los turcos y berberiscos para impulsar sus naves; cerca de veinte mil esclavos cristianos se liberaron en la batalla de Lepanto. Su uniforme generalmente consistía en lo  irónicamente se llamaba la ropa del rey, dos pares de calzones de lienzo, almilla y bonete rojos, además de llevar rapadas la cabeza y la barba.
   La clave para que la chusma se pusiera inmediatamente en posición y disposición de encajar el remo en el escalamo (tolete) para bogar con todas sus energías, estaba en el grito !fueraropa! lanzado por el cómitre, y que el citado Covarrubias define como:

Término de la galera quando se ha de remar con higado, razón por la que los remeros, para estar más libres en la faena, se desembarazaran de todo lo que podia estorbarles, como camisas e incluso pantalones, quedándose en taparrabos para cubrir su desnudez; pasóse el cómitre en crujía y dio señal con el pito que la chusma hiciese fuera ropa, que se hizo en un instante. Sancho que vio tanta gente en cueros, quedó pasmado (Don Quijote. II-63).

   Si era necesario, y frecuentemente lo era, el esfuerzo de los remeros era estimulado a base de latigazos, pero este brutal castigo que a más de uno le costaba la vida, hubo de ser suavizado ante la falta cada vez mayor de buenas boyas y forzados, sobre todo a partir de mediados del siglo XVI, ordenándose que los azotes no les golpeasen la cabeza, las manos y las piernas, de donde viene la expresión mosqueo, pues parecía que se trataba de espantarles las moscas del cuerpo: hizo señal el cómitre que zarpasen el ferro, y saltando en mitad de la crujía con el corbacho o rebenque, comenzó a mosquear las espaldas de la chusma (Don Quijote. II-63).
   El mosqueo era un simulacro de azote ya que en realidad el cómitre lo que hacía era restallar el látigo sobre las espaldas de los forzados casi sin rozarlas. Esta suavización del castigo estaba motivada por la falta cada vez mayor de buenas boyas, de modo que la chusma se componía casi exclusivamente de forzados y esclavos, así como de desgraciados rapiñados en las levas. Por lo tanto, no se trataba de una medida humanitaria sino práctica, pues la necesidad obligaba a que se les mantuviese en la mejor forma posible, e incluso se apoyó la solicitud de la Cofradía de la Piedad y Caridad de las Galeras de fundar un Hospital Real en la iglesia de San Juan de Letrán en el Puerto de Santa María, auspiciado por D. Luis de Requeséns y D. Juan de Austria para atender a la curación de los enfermos, entierros y misas de la chusma procedente de las galeras de guerra. Asimismo, por Real Cédula de 28 de Abril de 1598, se establece que los navíos de SM deben proveer la plaza de cirujano de galera con sueldo crecido, siendo de advertir que una vez nombrado para un viaje no se puede revocar el nombramiento.

  En 1539, Carlos I trató de pactar con el pirata más famoso de la Historia, Jeiriddin Barbarroja, enviando a Juan Gallego para lograr un acuerdo, proponiendo entre otras condiciones que debía liberar a todos los cautivos y galeotes españoles y genoveses. Desgraciadamente, Barbarroja prefirió aliarse con Francisco I, procediendo a saquear los puertos de Cadaqués, Colimbre, Rosas, Villajoyosa, Ibiza, Mallorca y Guardamar.
   De todas formas, don Quijote no aceptaba esta inhumana situación, porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres. (I-22), y como decía el doctor Alcalá, la vida del galeote es vida propia del Infierno: no hay diferencia de una a otra, sino que la una es temporal y la otra eterna. Que se lo digan al almirante Brochero que estuvo aherrojado cinco años en una nave de Uluch Alí.
   Lo dijo fr. Antonio de Guevara (Arte de navegar):  La vida en la galera, dele Dios a quien la quiera.
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sábado, 3 de enero de 2015

PASAR UNA CRUJÍA



Alberto Casas.

Suele suceder, a veces con demasiada frecuencia, que a lo largo del camino por el que transcurren nuestras vidas, con velocidad constante e inalterable, según afirma Petrarca, nos toque sufrir ¿y a quién no? algún que otro quebranto, ya sea de índole económico, ya sea de naturaleza familiar, o que afecte dolorosamente a nuestra salud física y mental, eventos que inevitablemente nos instalan en una situación más o menos angustiosa y, en todo caso, incomoda; son trances amargos a los que nos referimos coloquialmente diciendo que estoy pasando una crujía, o he pasado una crujía cuando la mala racha se ha superado, con mayor o menor fortuna.
   Esta castiza forma de calificar los percances que padecemos o hemos padecido, ya se utilizaba, que se sepa, en el siglo XV, y Cervantes, ya metidos en el XVII, la emplea en la obra versificada Viaje del Parnaso:

Hecha ser la crujía se me muestra
de una luenga y tristísima alegría,
que no en cantar, sino en llorar es diestra
(por ésta entiendo yo que se diría
lo que suele decirse a un desdichado
cuando lo pasa mal: pasó crujía).
           
   El significado del vocablo crujía lo encontramos en cualquier diccionario que consultemos, incluso los más actualizados, y nos hemos decantado  (cualquiera otro sirve) por acudir a la Enciclopedia del Mar.
           
Crujía.- Línea central de la cubierta, en el sentido proa-popa y paralela a la quilla. En las galeras, espacio libre o corredor de popa a proa, entre los bancos de los remeros.

   Como vemos, el dicho pasar una crujía guarda una estrecha relación con el término náutico que lo define, y esta vinculación se enmarca dentro de las reglas de policía establecidas en las Ordenanzas Marítimas destinadas a  velar y mantener la disciplina a bordo de los navíos, necesarias para una navegación óptima, tanto en periodos de paz como de guerra, con buen o mal tiempo, prescribiéndose castigos que se estimaban ejemplares y que debían de servir de aviso y escarmiento a los más díscolos y revoltosos, especialmente en las tripulaciones formadas por reclusos, forzados y las enroladas por el casi siempre brutal procedimiento de las levas, que se justificaba proclamando que se trataba de la recolección de ociosos y vagos para el servicio de los bajeles de Su Majestad. En los navíos de guerra a la pena de la crujía se le llamaba correr la bolina, y sufrir la carrera de baqueta en el ejército.
   Sin duda, hoy estimamos excesivamente rigurosos, crueles e incluso inhumanos muchos de los castigos que se imponían y que, sin remisión, se aplicaban con el rigor, no exento de solemnidad, que las leyes penales marítimas determinaban en supuestos tales, como los de desobediencia, negligencia, desidia, rendirse al sueño, robo y el peor de todos, el motín.
   Para cualquiera de estos hechos, y aun de otros, estaban legislados los correspondientes correctivos a ejecutar de acuerdo con la gravedad de la falta o delito juzgados, y entre ellos, podemos destacar algunos, como reducir las raciones alimentarias, así como las del vino y el agua; descargar sobre las espaldas desnudas del convicto una tanda de azotes que oscilaban entre 50 y 200, latigazos que podían ser de mosqueo (como si estuviesen espantando moscas del dorso del reo), o terminar dejándolo tumbado en el catre, boca abajo, sin poderse mover durante una buena temporada; o colgarlo de lo alto de una entena por los pulgares; o pasarlo por debajo de la quilla (éste era de los más temidos); o ahorcarlo del palo mayor, o pasar la crujía, es decir, recorrer la cubierta por el centro, generalmente de popa a proa, recibiendo en la cabeza, la espalda o donde cayeran, los golpes que en su carrera le iban propinando los tripulantes colocados a ambos lados de la crujía. Ni que decir tiene que la contundencia de la pena dependía de la mala uva de los que manejaban los instrumentos de tormento, palos, estrobos mojados, rebenques, etc.
   Sebastián de Covarrubias (Tesoro de la Lengua Castellana o Española. 1611), lo define de esta manera:

Passar crugía es verse en peligro de que unos y otros le maltraten, tomada la semejanza de cierto castigo que se suele hazer en galera, haziendo passar a uno por la crugía hasta el cabo, de popa a poa, t los remeros o forçados de una y otra vanda le dan tantos porrazos que lo medio matan.

   Un buen ejemplo de la efectividad de estas normas coercitivas lo encontramos en el Quijote (II-63), donde se narra el episodio vivido por el caballero andante y su leal escudero, cuando fueron invitados a embarcar en una galera surta en el puerto de Barcelona; las maniobras para hacerse el navío a la mar produjeron en Sancho Panza una gran impresión, mezcla de asombro e incredulidad.

Entraron todos en la popa, que estaba muy bien aderezada, y sentáronse por los bandines; pasóse el cómitre en crujía y dio señal con el pito que la chusma hiciese fuera ropa, que se hizo en un instante. Sancho, que vio tanta gente en cueros, quedó pasmado, y más cuando vio hacer tienda con tanta priesa, que a él le pareció que todos los diablos andaban allí trabajando

   No serían tanto el asombro y la incredulidad de saber las consecuencias que hubiesen recaído sobre la chusma de no haber obedecido, inmediatamente y en un instante, las ordenes del cómitre desde la crujía. Las señales del pito convirtieron a los diablos en angelitos.
   Hasta finales del siglo XIX no se empezaron a suavizar los preceptos de humillación corporal a bordo de los buques.
   Queda claro que la frase pasar una crujía expresa bastante gráficamente la enjundia del pueblo para trasladar a su lenguaje coloquial los malos tragos que, quieras o no, hemos de apurar y soportar, antes o después, o siempre, durante el discurrir por este nuestro valle de lágrimas.


lunes, 1 de diciembre de 2014

EL PASTELERO DE MADRIGAL

Alberto Casas.          

Al norte de Ávila  está situada la villa de Madrigal de Altas Torres, famosa, no sólo por su célebre convento de las madres agustinas de Nuestra Señora de la Victoria, sino porque en ella se fraguó la trágica patraña protagonizada por el farsante Gabriel de Espinosa que montó, o se brindó a interpretar la zafia pantomima con la cooperación del monje agustino portugués fray Miguel dos Santos, vicario del convento desde hacía once años, y en el que se hallaba enclaustrada, desde los seis años de edad, la desgraciada doña Ana de Austria, hija natural del héroe de Lepanto, que se negaba a profesar los votos de la Orden pues imperaba en su espíritu y en su razón la rebeldía ante la injusta y forzada reclusión conventual ordenada por su tío el rey Felipe II, sin que el tiempo ni el austero recogimiento lograran aplacar sus incontenibles ansias de libertad y de disfrutar de la vida mundana que a una mujer de su temple y rango correspondía.
    El fraile se hallaba desterrado por su adhesión al pretendiente don Antonio, prior de Crato,  hijo de una judía llamada la Pelicana y del infante don Luís, duque de Beja, hermano del rey Juan III de Portugal. El azar o el fruto de un plan preconcebido entre 1593 y 1594, aparece por Madrigal un tal Gabriel de Espinosa, de oficio pastelero, acompañado de su ama, la gallega Inés Cid y de una niña pequeña que dice llamarse Isabel Clara Eugenia, como la hija mayor y favorita de Felipe II. Inmediatamente entabla una gran amistad, si es que no provenía de antes, con fray Miguel de Espinosa, quien, a la vez, le presenta a la reclusa conventual doña Ana de Austria, convenciéndola de que se trata del desaparecido don Sebastián I, el verdadero rey de  Portugal, derrotado por los moros en la batalla de Alcazarquivir, en 1578, donde murieron cerca de 30.000  portugueses aunque el cadáver del rey nunca se encontró, lo cual dio lugar a que se produjera un movimiento milenarista llamado sebastianismo, basado en el convencimiento de que el rey estaba vivo y muy pronto aparecería ante su pueblo. Los orígenes de esta doctrina pseudo profética, se remontan a la difusión de la obra Paráfrase e Concordança de Algunas Profecías de Bandarra, escrita entre 1536 y 1540 por el zapatero de la villa de Trancoso (Portugal) Gonzalo Anes Bandarra, en la que, en una serie de trovas, profetiza la venida a Portugal de un soberano mesiánico llamado O Encoberto, que instaurará la paz universal y el triunfo de la Cristiandad. Bandarra fue quemado por la Inquisición en el Auto de Fe celebrado en Lisboa en 1542, aunque se duda de que tuviera sangre judía, y muchos historiadores sostienen que fue indultado y desterrado a su pueblo de Trancoso, donde murió.

  La desaparición de don Sebastián y la muerte sin descendencia de su único y legítimo heredero, el anciano cardenal-infante don Enrique en 1580, justifican los derechos de Felipe II, hijo de Dª Isabel, mujer de Carlos I, que a su vez era hija de don Manuel de Portugal, títulos que el monarca español resenta para la unificación de la península ibérica con la anexión de Portugal: “yo  lo heredé, yo lo compré y yo lo conquisté”, alega el Rey Prudente, que en principio fue reconocido por los portugueses en las Cortes de Thomar en 1581, tras la muerte del Infante don Enrique. Sin embargo, parte de los portugueses reaccionan convirtiendo al Encoberto en el añorado don Sebastián, abonando la creencia de que muy pronto se presentará expulsando al usurpador español.
   El fraile Miguel dos Santos, que había conocido al rey en Lisboa, afirmaba que el pastelero era sin duda alguna don Sebastián, y una gran semejanza debía tener según lo describen los cronistas de la época:

en el talle, figura del cuerpo, facciones del rostro, ojos azules, cabello rubio donde no era cano, las cejas del mismo color, la boca y lo demás del aire y compostura, y en el modo de hablar arrojadizo y determinado, en los meneos y modo de andar, de lado. Y aunque era algo más enjuto de rostro que el rey don Sebastián, según su edad, se persuadió de los trabajos que había padecido

   Poco trabajo les costó embaucar a la incauta doña Ana que ya se veía ciñendo la corona de Portugal y casada con el que creía su primo, para lo cual requirió la oportuna licencia del Papa, así como una carta para el pretendiente don Antonio refugiado en París, y otra para el rey de Francia solicitándole ayuda, incluso militar si fuera preciso. El pastelero emprendió viaje con unas joyas que la monja le dio para cubrir sus gastos, pero el fingido rey, una vez llegado a Valladolid, hizo ostentación de las alhajas que llevaba en un burdel donde fanfarroneó de su real condición. La ramera que le acompañaba, sospechando que podían ser robadas, lo denunció a la justicia que inmediatamente procedió a su arresto. Su declaración interesó al Alcalde de Crimen de la Chancillería  don Rodrigo Santillán, que intuyó se trataba de un caso grave e importante y que su intervención podía beneficiarle provechosamente en su carrera, así que retuvo al impostor del que obtuvo la confesión plena de la conspiración urdida, procediendo inmediatamente a su encierro en la cárcel de Medina del Campo, mientras el fraile fue conducido a Madrid. Ambos fueron acusados de alta traición y el pastelero, además, de embustero y que siendo hombre baxo se hizo persona real. Gabriel de Espinosa fue ahorcado el 1 de Agosto de 1595, su cuerpo arrastrado y descuartizado y su cabeza expuesta en el potro de Madrigal, mientras que el fraile, una vez degradado, fue ahorcado en Madrid el 19 de Octubre, y su cabeza clavada al lado de la de su cómplice. Doña Ana fue condenada a encierro perpetuo en un convento de Ävila y la pérdida de todos sus títulos, y la infeliz Inés Cid a sufrir una tanda de azotes y la expulsión del pueblo.
   Felipe II, desde el Escorial, siguió con gran atención las incidencias del proceso, falleciendo en 1598 sin otorgar a su sobrina el perdón que reiterada y vehemente le suplicaba. Más compasión tuvo Felipe III de su arrepentida prima, permitiéndole volver al convento de Madrigal en el que llegó a ser Priora, y más tarde Abadesa del monasterio de las Huelgas en Burgos.








martes, 28 de octubre de 2014

HISTORIA NATURAL DEL LIBRO (Rocas, arcillas, papiros, incunables,... )



  Alberto Casas.

El libro, tal como hoy lo conocemos, en realidad no es más que un producto emanado de la Naturaleza, del liber, o sea de la parte interior de la corteza de las plantas, que la humanidad durante miles de años esperó a que el hombre aprendiera a manifestar sus sentimientos, fantasías y necesidades, a través de una representación ideográfica que pudiera ser entendida con claridad y facilidad. Este instrumento de comunicación visual se constituye, desde el primer instante, en el depósito del pensamiento humano, mensaje precursor de la escritura inventada por el dios Toth (el Hermes griego), que se transmite y evoluciona mediante un milenario proceso mental encaminado a que signos, símbolos y figuras revelen unas reglas vitales de las que dependerá la supervivencia del género humano. Este artilugio intelectual es el fundamento de la escritura, la qubbu sumeria.

 Las primeras muestras ilustradas realizadas por el hombre, la pintura y la escultura, son esencialmente escritura y lectura a la vez. Más tarde, el perfeccionamiento y recreación de estas expresiones gráficas se convierten en arte. Altamira, Cartailhac, Lascaux, Twytelfontein y tantas otras calificadas como santuarios del arte rupestre, en realidad lo son de la escritura rupestre. Fuego, escritura y lectura impulsan la universal peregrinación en la que irán desapareciendo los más débiles, los inadaptados y los analfabetos.
   Con la aparición de la agricultura, la domesticación de algunos animales y el abandono de las cavernas, el hombre comienza a esquematizar las grafías recurriendo al material que tiene a mano, blando, maleable y en abundancia: la arcilla (tittum en sumerio), sustancia que se moldea a discreción y que es la misma que usó el Creador para fabricar al primer hombre. El bisonte, el buey, el toro y el camello se representan con trazos muy simples: es el Aleph, cuyo desarrollo culmina en el Alefato y posteriormente en el Alfabeto, invención, dicen, de los fenicios, allá por los 1.100 a. C.: aquellos fenicios que vinieron con Cadmo trajeron a la Hélade el alfabeto que hasta entonces había sido desconocido, creo yo, por los griegos (Homero).
   Las tabillas de barro pueden considerarse los primeros libros de la Historia, siendo famosas las alrededor de 20.000 encontradas en 1849 en Ninive por Layard en la biblioteca del rey Assurbanipal, y de las más famosas en el mundo entero son las que contienen el Poema de Gilgamesh, y estamos hablando de hace unos 5.000 años. Las tablillas se grababan con un instrumento duro, delgado y afilado, el estilo, de hueso, madera o metálico, precursor del cálamo, hecho de la parte hueca de la caña o de la pluma de las aves. La tablilla podía fabricarse del tamaño que conviniera y lo escrito podía borrarse o conservarse mediante su secado. Era portátil, fácil de transportar y almacenarse.              
   Pero casi simultáneamente, en las riberas inundadas del Nilo crecía y abundaba el papiro (cyperus papyrus), usado, desde tiempos muy antiguos como remedio curativo y nutritivo. Cabe la conjetura que de su manipulación terapéutica surgiera la idea de unir las delgadas láminas del tallo para elaborar lienzos aptos para escribir sobre ellos. El proceso, complejo y secreto, proporcionaba folios (hojas) de hasta 5 y 6 metros de largo por 1 de ancho que, para guardarlos en vasijas o transportarlos de un lado a otro, necesitaban ser enrollados sobre un cilindro de madera o de metal al que los romanos daban el nombre de  umbilicus (ombligo): es así como aparece el volumen: Dícese de los libros que antiguamente eran como hojas o cortezas de los árboles que se enrollaban o envolvían, aunque se generalizó la acepción de rollos, o cartas, según los griegos. El papiro permitía, no sólo una escritura más pulcra, sino que los signos iban articulándose con un valor fonético concreto para cada uno de ellos, fundamento del alfabeto que los fenicios adaptaron a sus peculiaridades lingüísticas y caligráficas, propagándolo por todos los pueblos del Mediterráneo.

    Seguramente, la biblioteca de Alejandría es la más famosa de la Historia y se señala su fundación en el siglo IV a. J.C., bajo el reinado de Ptolomeo I Sóter. En dos grandes edificios, el Museo y el Serapeum, se empezaron a colocar la ingente cantidad de libros que llegaban de todo el mundo conocido, hasta alcanzar la cifra de 700.000 rollos o volúmenes, perfectamente ordenados y clasificados por autores, temas, antigüedad, lengua y procedencia. Guerras, incendios, saqueos y terremotos acabaron con unos de los bienes culturales más valiosos de la humanidad. En Grecia abundaron las bibliotecas privadas y fue tal la afición a la lectura, que se inventó el verbo pateo para expresar que se patea un libro cuando es leído, repetidamente, una y otra vez.
   El rey de Pérgamo, Eumenes, se empeñó en tener una biblioteca capaz de competir, en cantidad y calidad, con la de Alejandría, pero Ptolomeo V prohibió la exportación de papiros previendo una competencia que le dañaría gravemente. Esta carencia se suplió probando la escritura con los cueros de diversos animales, ensayos origen del empleo de las pieles de ovejas, debidamente pulidas y tratadas, sustituyendo ventajosamente al papiro; estas pieles se bautizaron con el apelativo de pergaminos en homenaje a la ciudad de Pérgamo. Se trataba de un material más duradero, fuerte y flexible, en el que se podía escribir por ambas caras e incluso borrar lo escrito y escribir otra obra distinta; este nuevo texto se llama palimpsesto, y el artificio fue muy utilizado en la Alta Edad Media. Existía un tipo de pergamino de mejor calidad y más fino, la vitela,  que se obtenía de reses recién nacidas o nonatas. Un método innovador fue la invención de coser unas con otras hasta completar el discurso, denominándose Códice (del latín Codex: libro, obra manuscrita. Por derivación, Código) al bloque de hojas manuscritas y cosidas, conceptuándose como Códices los libros de esta traza, hasta la aparición de la imprenta.
   En la Edad Media, los monjes implantaron el sistema de agregar a los Códices las portadas, es decir, la primera hoja del libro en la que se consigna el título, nombre del autor, fecha y cualesquiera otros datos identificativos de la obra, a la que más tarde se añadieron las cubiertas o tapas protectoras, así como el colofón, donde, al final, se explicaba el trabajo realizado, significado de las abreviaturas, etc. (suele haber cierta confusión al distinguir la portada de la tapa o cubierta). En esta época, se producen Códices iluminados y miniados, principalmente los Beatos, portentosas obras de arte, únicas e irrepetibles.

   Sobre el siglo XII aparece el papel (etimológicamente, de papiro) y en España hay constancia de que en 1150 se fabricaba en Játiva. En principio se le consideró un material ruín, llegando a prohibirse como elemento útil de escritura. Con la invención de la imprenta, la industria del libro sufre un cambio radical, pues el manuscrito desaparece prácticamente para dejar paso a la letra impresa. El inicio del revolucionario sistema se data el 15 de Agosto de 1456, con la impresión, página por página, de la Biblia de 42 líneas del orfebre Juan Guttemberg (1399-1468), en su taller de Maguncia. A partir de este momento, la imprenta se establece en Europa y el papel va imponiéndose sobre el pergamino. En España, varias ciudades se disputan el honor de haber instalado la primera imprenta, aunque parece ser que fue en Segovia, en 1471/2. Todos los libros impresos entre 1456 y 1500 reciben el nombre de Incunables.

   Con la imprenta, el libro tuvo una gran difusión, pues de un mismo ejemplar podían tirarse cientos y miles de copias que facilitaban la lectura y el acceso a la cultura del pueblo llano y, especialmente, a las Universidades. El imperio del papel y las nuevas técnicas en la impresión, linotipia, fotograbado, offset, informática, etc., han contribuido, y contribuyen, al desarrollo cultural de los pueblos. No olvidemos que el vocablo liber, libro, significa también libre, y liber-tas, libertad.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

EXPULSION DE LOS JUDIOS

            El 30 de marzo de 1492 los Reyes Católicos publican el Decreto de expulsión de los judíos:

por la qual mandamos a todos los judíos y judías, de cualquier edad que sean, que bien e moran e estan en los dichos nuestros reynos y señorios, asy los naturales dellos como los non naturales, que en cualquier manera y por cualquier causa hayan venido y estan en ellos, que, fasta en fin  del mes de julio primero que viene deste presente año, salgan todos de los dichos nuestros reynos y señorios, con sus fijos e fijas e criados e criadas, e familiares judios, assi grandes como pequenyos, de cualquier edad que sean…

   Se trataba de una medida drástica, irreversible y polémica pero de estricto y puntual cumplimiento, que no por esperada y en gran parte deseada, produjo ante el hecho consumado, consternación y desasosiego que el propio Colón anota en el proemio de su Diario de Navegación: Así que después de haber echado fuera todos los judíos de todos vuestros reinos y señoríos…. Indudablemente había un clamor general contra las aljamas judías denunciando sus falsas conversiones, abusos y crímenes, muchos inventados o atribuidos, creando una situación de inquina, desprecio y odio hacia ellos, marranos, alborayques, tornadizos y otras calificaciones despectivas, inquina que se venía gestando desde muy antiguo y que culminó con la matanza en 1391 de más de 4000 judíos en Sevilla, provocada por las virulentas predicaciones del Arcediano de Ecija Ferrán Martínez, ¡conversión o muerte!, tumulto trágico con la aquiescencia de Roma, situación que determinó se produjeran conversiones masivas, muchas de ellas de las principales autoridades civiles y religiosas de la comunidad hebrea, como la del gran rabino de Castilla Abraham Seneor, que al bautizarse, apadrinado por los Reyes Católicos, adoptó el nombre de Fernando Pérez Coronel (se suponía marchito el linaje Coronel) y su yerno Mayr, de Trujillo, el de Fernando Núñez Coronel. Otro Coronel, Pedro, colaboró con el cardenal Cisneros en la redacción de la Biblia Poliglota.
   A pesar  de todo fueron muchos los que desempeñaron en la Corte cargos de gran relieve y responsabilidad, como el tesorero de la Santa Hermandad. Samuel Abolafia, que fue nombrado Comisionado de Subsidios para la guerra de Granada. El gran rabino de Burgos Salomón Ha-Leví, se cristianó como Pablo de Santa María, llegando a ocupar  los puestos de Obispo de Cartagena, de Burgos y Gran Canciller del Reino. De familias de conversos (anuzim ) eran Alonso de Cartagena, hijo de Santa María, que representó a Castilla en el Concilio de Basilea. Andrés de Cabrera, casado con Beatriz de Bobadilla, personas de la mayor confianza de Isabela la Católica. Gabriel Sánchez, tesorero general. Josué Ha-Lorqui, bautizado como Jerónimo de Santa Fe fue médico personal del Papa Benedicto XIII (Papa Luna) al que representó en la Disputa de Tortosa (1413-1414) enfrentándose a 22 rabinos con la misión de convencerlos para que confesaran los errores de la doctrina mosaica y reconocieran la fe cristiana como la única verdadera; ante presiones y amenazas de toda índole, los rabinos optaron por declarar la falsedad del judaísmo y su voluntad de abrazar el cristianismo, actitud que siguieron miles de adeptos, labor en la que intervino eficazmente San Vicente Ferrer que además colaboró con el Papa en la redacción de la bula Contra los Judíos. Asimismo, en la elaboración de la ya mencionada Biblia Poliglota participaron, al lado del citado Pedro Coronel, los conversos Alonso de Zamora, Juan de Vergara, Demetrio Ducas, Diego de Zúñiga y Hernán Núñez el Pinciano.
   Uno de los casos más sorprendentes y de integridad es el de de Isaac ben Yeshuda Abravanel, agente financiero de la reina Isabel a la que sacó de grandes apuros económicos en diferentes ocasiones y siempre dispuesto a ayudarla; padre de León Hebreo, el filosofo autor de los célebres Diálogos, se negó a apostatar de su religión, prefiriendo el exilio: Por centurias, vuestros descendientes pagarán por los errores de ahora; a pesar de tan duras palabras dirigidas a los reyes y de la prohibición de que los judíos non saquen  oro, nin plata, nin moneda arrendada, a Abravanel se le permitió embarcar en Valencia llevándose prácticamente toda su fortuna.
   Desde 1465 se había prohibido la construcción de nuevas sinagogas y decretada la separación de su emplazamiento de las comunidades cristianas, y en 1485 se les obliga a permanecer en sus aljamas durante los domingos y festividades cristianas, así como la prohibición de entrar en ellas a las mujeres cristianas o que sirviesen a judíos.
   El número de expulsados que salieron principalmente por los puertos de Cádiz, Puerto de Santa María, Cartagena, Valencia, Barcelona y Laredo, han sido y continúan siendo discutidas, discutibles y discrepantes sus listas. Para Abraham Zacuto entre 150.000 y 200.000, Abravanel calcula 300.000, mientras que Muntzer lo deja en 100.000, el padre Mariana llega hasta los 8000.000 y Zurita rebaja la cantidad a la mitad, 400.000, mientras Kamen solo estima 40.000 o 50.000, aunque las cifras más fiables se centran entre los 120.000 y 150.000, que se acercan bastante a las 35.000 familias que evalúa el eclesiástico Bernáldez (1450-1513), el Cura de los Palacios (Memorias de los Reyes Católicos), 35.000 casas de judíos, de los que muchos murieron en el camino, bien por hambre, enfermedad, atracos, expolios y otras causas, y por otro lado, entre 25.000 y 50.000 prefirieron convertirse y regresar nuevamente a España, Sefarad, aunque que una parte se dispersó por el norte de África, incluido Egipto, Palestina, Siria y Turquía, y otra se instaló en Bulgaria, Inglaterra, Países Bajos, Sicilia y algunos llegaron hasta la India y China. En Portugal les permitieron la estancia de 8 meses pagando una cantidad. La realidad es que no se trató solamente de una decisión dura y aislada, sino que la misma o de mayor gravedad y escarnio la habían venido sufriendo a lo largo y ancho de la Historia, y un nuevo Holocausto les esperaba en pleno siglo XX.


domingo, 24 de agosto de 2014

LUIS I, REY DE ESPAÑA




Alberto Casas.        

Este rey, desconocido por gran parte de los españoles, era el mayor de los cuatro hijos que Felipe V, nieto de Luis XIV y el primer Borbón que reinó en España, tuvo con su primera esposa María Luisa Gabriela de Saboya: Luis, Felipe Pedro, Felipe Pedro Gabriel y Fernando, que a la muerte de su padre reinó como Fernando VI. Al morir su esposa, el rey vuelve a contraer nupcias el 24 de Diciembre de 1714 con Isabel de Farnesio, mujer inteligente, autoritaria y ambiciosa que le dio siete hijos: Carlos, Francisco, Mariana Victoria, Felipe que fue rey de Parma, María Teresa Antonia Rafaela, Luis Antonio Jaime y María Antonieta Fernanda.
   Luís Antonio a los ocho años de edad ya lucía el capelo cardenalicio como Primado de España, pero colgó la purpúrea capa para contraer matrimonio morganático con María Teresa de Villabriga y Rozas y ostentar el título de XIII conde de Chinchón.
   Carlos heredó el trono de Nápoles y Sicilia, siendo el primero que ordenó se hicieran excavaciones arqueológicas de manera exhaustiva hasta sacar a la luz las ruinas de Pompeya y Herculano, sepultadas por la lava y cenizas arrojadas por la erupción del Vesubio en el año 79 d. J.C.; al fallecer su hermanastro Fernando VI sin sucesión, fue nombrado rey de España como Carlos III, llamado el mejor alcalde de Madrid. 
   Luis de Borbón y Saboya, el primogénito de Felipe V, había nacido en Madrid el 25 de Agosto de 1707, día que se conmemora la festividad de San Luís de Francia, motivo por el que se bautizó con ese nombre, y dos años más tarde, el 7 de Abril de 1709 fue proclamado príncipe heredero. Al morir su madre sólo tenía siete años de edad y su madrastra, Isabel de Farnesio, lo alejó de la Corte dejándolo en manos de tutores, entre ellos a Anne Maríe de la Trémoille, princesa de los Ursinos, que había sido Camarera Mayor de la fallecida reina y actuaba como agente de Luis XIV. Mientras tanto el rey se va despreocupando cada vez más de los asuntos de la nación debido, entre otras causas, a las continuadas crisis depresivas y neurasténicas que padece, así como estados prolongados de melancolía que en ocasiones le sumían en una total indolencia hasta el extremo de la pérdida del respeto de si mismo, incluso en sus actos más íntimos, llegando a recibir las visitas de personajes de la corte, diplomáticos, ministros y embajadores mientras hacía sus necesidades, ya fuera de pie o en cuclillas.
   En estas circunstancias, el rey en sus momentos más lúcidos, toma conciencia de que debe retirarse, posible decisión a la que se oponen tenazmente la reina y una serie de cortejadores, como el poderoso e influyente marqués de Grimaldo que, entre otras razones, aducen la juventud e inexperiencia del heredero, mientras que son muchos los partidarios del Príncipe de Asturias, argumentando que sobre cualquier otra consideración deben primar razones de Estado convenientes. El rey, finalmente y sorpresivamente, aunque las verdaderas causas no están demasiado claras, abdica en su hijo el 10 de enero de 1724, que sube al trono a los diecisiete años de edad como Luís I, y a quien el pueblo recibe con alborozo, calificándolo como un nuevo Moisés que ha de conducir a la nación a recuperar su verdadera identidad frente al espíritu galicano que se ha tratado de imponer, ya sea en las costumbres, en la vestimenta, la cocina, la arquitectura, etc; otros lo comparaban con don Pelayo, y circulaba un pasquín anónimo por Madrid en el que se leía: recobrará la perdida honra nuestra colocándonos en el antiguo trono de la fama, guiándonos valeroso por la senda de los triunfos.
    Ante estas esperanzas puestas en el nuevo rey, cariñosamente apodado Luisillo, empieza a llamársele también el Bienamado, el rey Liberal y otros títulos por el estilo, aunque los adeptos de la Farnesio le aplican otros más bochornosos aireando sus  travesuras de robar frutas en los huertos.
   Con 15 años de edad, el 20 de enero de 1722 lo casan en Lerma (Burgos) con la princesa francesa Luisa Isabel de Orleans que tenía entonces 12 años, razón por la que, ante la presencia de las autoridades eclesiásticas y Notarios del Reino, dejaron que durante un breve periodo de tiempo los recién casados se acostaran juntos, pero sin que consumaran el matrimonio, de lo que dieron fe los ínclitos testigos. La elección de la consorte resultó una decisión desafortunada o, por el contrario, perversamente planeada. Cuando ambos reinos, España y Francia, acordaron el enlace, la princesa ni siquiera estaba bautizada, y la Corte francesa rápidamente la cristianó con el nombre de Luisa Isabel. Algunos cronistas de la época insinúan que además era analfabeta, y su conducta como reina consorte, desde el principio fue escandalosa, procaz e inmoral; deslenguada y descarada, comía y bebía con una voracidad insaciable y ponía en serio compromiso al personal de palacio paseando por los salones desnuda o semidesnuda con ademanes obscenos y provocativos. La desunión y desavenencias entre la pareja eran cada vez más notorias, e incluso el rey la encerró bajo llave durante unos días como castigo, correctivo que no sirvió para nada. Únicamente había armonía entre ellos cuando satisfacían su desenfrenado apetito sexual. Pero en los corrillos aristocráticos corría el rumor  que existía la orden de que con gran secreto se sondeara en Roma cuál sería la disposición del Papa en el caso de que se solicitara el divorcio.   
   Inesperadamente el rey enfermó diagnosticándosele una viruela maligna con escasas perspectivas de atajarla, como así ocurrió, acentuándose la gravedad, falleciendo el 31 de agosto de 1724, finalizando el reinado más corto de la Historia de España, solo 229 días. Es de justicia decir que su esposa le atendió solícitamente sin apartarse de su lado, aun a costa de contagiarse, como así ocurrió, pero teniendo la fortuna de curarse. Dos o tres días antes del óbito, el Presidente del Consejo de Castilla, el Inquisidor General y el Arzobispo de Toledo le presentaron un documento declarando a su padre heredero del trono, diploma que el rey firmó seguramente sin haberlo leído ni saber de que se trataba. Sin embargo, se propaló el rumor de que el rey fue envenenado por un grupo particularmente afín a Isabel de Farnesio: el cirujano parmesano Servi, que supuestamente fue el que le administró el veneno, ayudándose de una tal Laura, ama de leche, el padre Guerra, confesor de la Farnesio y el marqués Scotti, consejero artístico  y durante la infancia del infante don Luís fue nombrado su ayo.
   A Luis I correspondía sucederle su hermano Fernando, que ese mismo año fue investido príncipe de Asturias, pero al solo tener once años de edad, su padre, Felipe V,  de acuerdo con el dictamen del Consejo de Castilla y una Junta de Teólogos, logrado a duras penas, nuevamente se hizo cargo de la Corona reinando hasta el año 1746, fecha de su muerte a los sesenta y tres años de edad, curiosamente el reinado mas largo de nuestra historia (1700-746).
   En cuanto a la reina viuda, Luisa Isabel, fue invitada a salir de España, trasladándose a Francia, muriendo en 1742 a los 33  años de edad.


viernes, 1 de agosto de 2014

LA MATRICULA DE MAR



Alberto Casas.





            A partir del descubrimiento de América, España tuvo que asumir la responsabilidad de administrar un vasto imperio, terrestre y marítimo, para la que no estaba preparada ni social, ni política, ni económicamente.
   Para el control de los mares necesitaba pilotos, marineros y buenas boyas para gobernar sus navíos en el Mediterráneo, en el Atlántico, en el Caribe y en Filipinas. Las galeras debían custodiar nuestras costas para interceptar a los piratas berberiscos y a las armadas turcas; En el Atlántico tenían que luchar contra franceses, ingleses y holandeses, y proteger las flotas de Indias de piratas y corsarios.
   La escasez de recursos humanos para sostener esta gigantesca maquinaria política, militar y comercial, repercutió en la marina real, imposibilitada de enrolar tripulaciones expertas, teniéndose que recurrir a las levas y a los presidios, especialmente para completar la chusma de las galeras.
   Las dificultades del enrole, 20 hombres por tonelada de arqueo, es denunciada al rey (8 de Junio de 1606) por el duque de Medina Sidonia, Capitán General del Mar Océano y de las costas de Andalucía, recordándole la falta de marineros que hay en estos Reynos. Por otro lado, empiezan a llover sobre la Corte quejas de los Concejos, Juntas y Merindades sobre los daños que las levas están originando:

Siendo como somos nosotros caseros y personas que vivimos con la labranza de las tierras, casas y caseríos, y en hacer carbón y en oficio de carpintería y de herrería, y en otros ministerios semejantes, y no siendo como no somos marineros que ni hemos vivido en oficio de marinería, ni siendo útiles para ello, nos han alistado para marineros y metidonos en suertes para que los seamos y sirvamos en las armadas de SM, haciéndonos para ello fuerza, vejación y molestias y prendiéndonos para ello.

   El Consejo de Guerra Real decide aplicar un sistema de reclutamiento naval semejante al Ruolo veneciano, como fórmula para terminar con el caos que el sistema vigente origina, dictaminando que se realice una matricula general en las costas de estos Reyno de toda la gente que usa en ellos el arte y oficio de la marinería. Con este nuevo programa de alistamiento naval, las Cofradías de Mareantes estaban obligadas a llevar un Registro de todos aquellos que ejercieran oficios de mar: pilotos, cómitres, marineros, grumetes, calafates, etc., de los cuales podría disponer el rey para su armada con el fin de dotarla de un personal cualificado, evitando, de paso, los graves perjuicios que ocasionaban las levas en las tierras del interior. La Matricula de Mar, que también alcanzaba a los barqueros del Guadalquivir, pasó por una serie de vicisitudes que anulaban su eficacia.
   Las Reales Cédulas de 1533 y de 1606 no resolvían el cuestionable problema de los bajísimos salarios que percibía la marinería, muchas veces con un retraso de dos años, o más, además del rechazo de las Juntas de los Puertos de la Hermandad de las Marismas (Santander, Laredo, Castro-Urdiales, Vitoria, Bermeo, Guetaria, San Sebastián y Fuenterrabía) oponiéndose frontalmente a las levas marineras que los Comisarios reales ejecutaban haciendo la compañía donde fuera, como fuera y conviniera
   En Octubre de 1625, se establece la Matricula con carácter obligatorio, ordenando que se cumpla

…y no consientan ir contra ello en ninguna forma, sin embargo de cualquier causa, razón, excepción, ó derecho que se quiera alegar, ni leyes que haya en contrario que declaro nulas y de ningún valor.

Esta prescripción se consolidó en las Ordenanzas de 1737, estableciendo que
sólo podrán navegar los inscritos en las Listas de Marinería de las Cofradías de Mareantes que expedirán los correspondientes certificados.

   En 1800 las fuerzas navales del reino estaban constituidas por 76 navíos, 51 fragatas y 181 buques menores que requerían por lo menos una dotación de unos 111. 000 hombres, de los que solamente se disponía de unos 50.000, situación que se remedió vaciando los presidios por las escotillas de los navíos, medida que a la postre se reflejó en la relajación de la disciplina a bordo (motines, deserciones y riñas), a pesar de los durísimos castigos que se imponían.

  Varias propuestas encaminadas a asimilar la recluta de mar con la de tierra, introduciendo el sistema de reemplazos, quintas y sorteos, culminaron con la reforma del 27 de Noviembre de 1867, en la que se implantaban, además de mejoras salariales y sociales, conceptos morales que procuraban dignificar la profesión marinera. Pero a pesar de los pesares, esta Institución nunca gozó del favor de los Gremios de Mareantes, ni de gran parte de juristas y políticos, que consiguieron su derogación y sustitución por la Ley de Inscripción Marítima, de 22 de Marzo de 1873, en la que se dotaba al profesional de la mar (mercante, pesca, etc.) de una Libreta de Inscripción Marítima, donde la Autoridad de Marina anotaba los embarques y desembarques realizados, así como de una Cartilla Naval, a efectos de su incorporación activa a la Marina de Guerra (servicio militar).
   Actualmente, además de la Libreta, vulgarmente llamada Folio, es obligatorio presentar el Certificado de Competencia Marinera para poder ejercer los oficios de mar.