Alberto Casas.
A causa del traslado de la Corte a Madrid, Cervantes abandona
Valladolid y sigue al real cortejo instalándose en la nueva capital del Reino, donde continuamente
cambia de domicilio, hasta que en 1614 se muda a la calle Huertas, humilde choza mía (Viaje del Parnaso),
de renta muy barata de acuerdo con la exigua situación económica que atravesaba.
La cutre vivienda estaba situada frente a la del príncipe Muley Xeque, conocido
como el Principe Negro, sultán
de Marruecos que fue destituido por su primo Muley Meluc ayudado por los
piratas argelinos. En el convento de las Descalzas Reales se bautizó con el
nombre de Felipe de África, apadrinado por el príncipe Felipe (después Felipe
III) y la infanta Isabel Clara Eugenia, la hija preferida de Felipe II. Existen
indicios de que Cervantes, cuando actuaba como Comisario de la Armada Invencible , le
conoció en Sevilla, aunque de forma expresa haba de él y lo menciona en la Adjunta
de su Viaje del Parnaso:
A Miguel de Cervantes
Saavedra, en la calle de las Huertas, frontero de las casas donde solía vivir
el príncipe de Marruecos, en Madrid.

Pero su salud se agrava de tal forma que su mujer y amigos se alarman y
temen lo peor. El médico que le atiende recomienda un cambio de aires más puros
y conforme al diagnostico es trasladado a Esquivias, en Toledo, donde Catalina
de Salazar tiene casa y tierras, pero el cambio no surte los efectos deseados,
sino todo lo contrario, por lo que ante la evidencia retorna a la Villa y Corte.
No se puede olvidar que Cervantes pertenecía a una familia de galenos y
su propio padre lo ejercía a pesar de su sordera, por lo que empieza a asumir
la trascendencia de su enfermedad, percepción que manifiesta en su desgarrada
despedida en el citado Prólogo de Los
trabajos de Persiles y Sigismunda, el 19 de abril, a don Pedro Fernández de
Castro, conde de Lemos:
Puesto ya el pie en el
estribo,
Con las ansias de la muerte,
Gran señor, ésta te escribo.
Ayer me dieron la Extremaunción y hoy
escribo ésta… Y finaliza:
¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos;
que yo me voy muriendo, y deseando veros contentos en la otra vida!

Por faltar no le faltaron sinsabores familiares: la fama de sus hermanas
las Cervantas, los disgustos y desagradecimiento de su hija bastarda Isabel, y
las aceradas críticas, cuando no la traición del mundillo literario. Lope de
Vega, que da la sensación que no asimila el clamoroso éxito del Quijote, dijo que de los poetas ninguno hay tan malo como Cervantes, ni tan
necio que alabe a don Quijote. Más sorprendido debió quedar que el Soneto al túmulo de Felipe II en Sevilla escrito
por Cervantes, el pueblo lo recitara de memoria.
¡Voto a Dios que me
espanta esta grandeza,
Y que diera un doblón
por describilla!
Porque ¿ a quién no
sorprende y maravilla
Esta máquina insigne,
esta riqueza?
Por Jesucristo vivo,
cada pieza
Vale más de un millón,
y que es mancilla
Que esto no dure un
siglo, ¡oh gran Sevilla,
Roma triunfante en
ánimo y nobleza!
¡Apostaré que el ánima
del muerto,
Por gozar de este
sitio, hoy ha dejado
La gloria, donde
habita eternamente!
Esto oyó un valentón,
y dijo: es cierto
Lo que dice voacé,
seor soldado,
Y quien dijere lo
contrario ¡miente!
Y luego incontinente
Caló el chapeo,
adquirió la espada,
Miró al soslayo,
fuese, y no hubo nada
¿Qué enfermedad lo llevó a la
tumba?. Se habla mucho de hidropesía,
pero la prescripción no es de Cervantes, sino del estudiante que se lo
encuentra en el trayecto de Esquivias a Madrid (Prólogo al conde de Lemos). Las modernas investigaciones creen
factible que padecía malaria infectada en Italia, con las complicaciones que
agregaron las heridas de Lepanto, las penalidades de Argel, y por último la
vejez, que abrió las puertas para que todo se recrudeciera avanzando
inconteniblemente, produciendo una diabetes
militus y todas las secuelas que el mal genera. Fuera lo que fuera, Miguel
de Cervantes Saavedra, limpias las heridas del cuerpo y del alma, cabalga con
su sosias Alonso Quijano el Bueno por los campos de La Mancha empírea.