Alberto Casas.
Dice la Biblia en El libro de Job:
Había en tierra de Hus un hombre, por nombre Job, y él era hombre sencillo y temeroso de Dios, y que se apartaba del mal» (I,1).
Y le nacieron siete hijos, y tres hijas» (I,2).
Y fue su posesión siete mil ovejas, y tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, y quinientos borricos, y muchísima familia: y este varón era grande entre todos los orientales» (I,3).
En resumen, Job, además de bueno era un acaudalado burgués, cualidades que el Señor ponía como ejemplo de que se puede ser ambas cosas a la vez, rico y bueno. Pero el camandulero de Satanás, siempre al liquindoi, decía que sí, que era bueno, pero única y exclusivamente por interés, es decir, para que el Señor le amparara y de esta manera tener más ovejas, más camellos, más yuntas de bueyes, más borricos y más hijos, y le argumentaba a Jehová: quítale todo lo que posee y verás lo que te bendice y lo bueno que es (I,11).

Ante tanta desgracia, al más que bueno de Job que lo que había perdido en riquezas lo había ganado en paciencia, no se le ocurrió otra cosa que decir: desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá: el Señor lo dio, y el Señor lo quitó. Como agradó al Señor, así se ha hecho: bendito sea el nombre del Señor. Satanás, que es un agonía, no se dio por vencido e insistió: con salud todo se aguanta; así que el Señor de nuevo consintió en que le perjudicara la salud, aunque, eso sí, conservándole la vida, que no es poco. Y el Maligno puso manos a la obra, y aquí es donde radica el meollo de la cuestión: a Job se le ulceró todo el cuerpo, desde la planta del pie hasta lo alto de la cabeza. Y él sentado en un estercolero, con un casco de teja se rascaba la podre. Para mejor comprender la gravedad del caso hay que aclarar que en aquellos tiempos no había Seguridad Social y los únicos remedios consistían en frotarse con la aloe-vera y tomar jalea real que tampoco resultaron eficaces, y por si Job no sufría bastante, va la arpía de su mujer y le zampa: ¿aún te estás tú en tu simplicidad? Bendice a Dios, y muérete.
En verdad, es justo y necesario reconocer que Job no sólo era bueno, pobre y paciente, sino, además, santo. Otro cualquiera hubiera reaccionado a cayado limpio, pero lo suyo no era la violencia de género, así que bajó la cabeza y siguió rascándose. El quid, como se ha dicho, estriba en saber qué males padeció en todo este infausto proceso sobre el que los exegetas no se ponen de acuerdo. Para unos, las úlceras eran pústulas fétidas llenas de gusanos y pus de un olor insoportable. Otros aseguran que eran secas, y para Crisóstomo se trataba de una lepra que le atacaba hasta los huesos, opinión que se sostiene en los Setenta.

Como los tiempos adelantan que es una barbaridad, creo que hoy con la medicina nuclear, los Tab, las resonancias, las células madre, los embriones, el ADN y el bicarbonato, debe ser cosa de coser y cantar descubrir el misterioso virus que dejó al mentado Job como lo dejó: hecho un asco y sin un euro. Sin duda, pertenecía a esa clase de santos que según algunos Padres de la Iglesia provocaban la envidia de los ángeles y el odio de los demonios.
